La vieja mansión de Villa Olmedo, levantada como si fuese un castillo en aquella colina que coronaba la ciudad, estaba encantada. Al menos eso es lo que siempre escuché cuando era niño. El caserón había pertenecido a varias generaciones familiares desde hacía más de dos siglos. Se contaban historias terribles que acontecieron entre sus muros. La más sangrienta afirmaba que una señora llamada Isabel se volvió loca y asesinó a machetazos a sus tres queridas hermanas varias décadas atrás. También se decía que el señor Andrés se voló los sesos delante de su familia, o que una sirvienta se colgó del roble que había en la parte trasera de la finca. Nadie sabía si aquellas historias eran ciertas o tan solo habladurías de la gente, muy propicia por aquel entonces a adornar sucesos corrientes y vestirlos de leyenda. Lo que sí es cierto es que Tomás, el niño de don Luis Olmedo y doña Elena, se partió el cuello al caerse en extrañas circunstancias por las escaleras de la primera planta. Poco después, su madre se quitó la vida lanzándose al vacío desde la ventana del ático. Don Luis no pudo superar aquella tragedia y puso tierra de por medio marchándose a vivir a Inglaterra. La casa estaba en venta desde entonces, pero, dos décadas después, seguía sin ser habitada.

Hasta que un servidor decidió alquilarla. El administrador de la finca se ofreció a acompañarme a la casa el primer día, pero decliné su invitación. Me entregó un enorme manojo de llaves medio oxidadas. Llegué frente a la verja de entrada y suspiré mirando aquellas ventanas que bostezaban abandono y soledad. Liberé los incontables candados que aseguraban las pesadas cadenas y recorrí un camino de tierra. Al abrir el portón principal, las fauces de la casa exhalaron un aliento fúnebre de muerte y desconsuelo. Aquel vestíbulo daba paso a un patio interior a semejanza de los antiguos palacios, con un precioso empedrado de losas enormes y una escalinata de piedra que ascendía hasta una suerte de invernadero ahora habitado por insectos y malas hierbas. Una cúpula de vidrio, ensombrecida por lustros de excrementos de pájaros y palomas, parpadeaba algo de luz desde lo alto. Llegué a la puerta de entrada y necesité varios minutos para encontrar la llave que encajaba en la cerradura. El mecanismo cedió con un lastimero quejido que sonaba a maldición. La hoja se abrió para dar paso a un enorme corredor atestado de telarañas que ondulaban como algas putrefactas en la tiniebla. Pese a mi escepticismo sobre temas paranormales, era imposible ignorar el aura lúgubre y oscuro que emanaba de cada rincón de aquel lugar. Avancé por aquella larga galería, explorando dormitorios y salones en los que las osamentas de viejos muebles que yacían abandonados asomaban entre una tétrica procesión de sombras. En una amplia sala encontré armarios repletos de ropas raídas, prendas deshilachadas y descoloridas y zapatos mugrientos. Había cajones enteros llenos de fotografías, viejas monedas, relojes de bolsillo congelados en el tiempo y otros objetos antiguos. Algunos rostros siniestros me observaban desde inmemoriales retratos velados de olvido que descansaban sobre desvencijadas cómodas. Encontré una caja de música de madera labrada sobre una mesita de caoba. Soplé la capa de polvo atemporal que la cubría y le di cuerda. El mecanismo emprendió la marcha y sonó una melodía. Era la escalofriante Tocata y Fuga de Johann Sebastian Bach.

La luz cenicienta del atardecer entraba por las vidrieras de colores y pintaba de escarlata y púrpura las siluetas de los muebles y los cuadros de las paredes. Contemplé mi reflejo en un sucio espejo, tan solo un extraño entre las sombras agonizantes de la casa, un espíritu turbio y atormentado que apenas reconocía. Me quedé inmóvil en la penumbra, escuchando el viento que arañaba las ventanas y recorriendo con la mirada el perímetro de aquel salón. Los destellos de luz vaporosa se colaban por los ventanales, insinuando los tenues contornos de un interior lóbrego y sombrío vestido de cortinajes de terciopelo negro que envolvían vitrinas en cuyo interior se exhibían viejas máscaras de estilo victoriano, cartas del tarot, tratados de magia y prácticas espiritistas, y frascos de cristal pulido etiquetados en idiomas desconocidos y que contenían ungüentos de distintos colores.

Una puerta crujió con un quejido metálico y amenazador. Tenía la sensación de que un par de ojos invisibles me vigilaban desde las sombras. Me volví esperando encontrar una figura tras de mí, pero no había nadie. Encaminé mis pasos hacia el corazón de la casa, tanteando entre las tinieblas de aquel antiguo laberinto de pasadizos, cámaras ocultas y, seguramente, maldiciones. Subí las escaleras que conducían a la primera planta, la madera gimiendo bajo mi peso. Un largo pasillo terminaba en una sala oval, sin duda la torre redonda que se veía desde el exterior. Me acerqué a la ventana y entreabrí los postigos invitando a entrar algo de claridad. Una neblina de cristales de luz atravesó la tiniebla y dibujó el perfil de la cámara. Suspiré y el eco devolvió mi sollozo desde todas direcciones, hundiéndose en las entrañas de la mansión como una piedra cayendo en un abismo sin fondo. Sentí una ráfaga de viento helado a mi espalda. Me giré hacia el arco de madera por donde había entrado y entonces observé una pequeña apertura en lo que parecía el enorme retrato de cuerpo entero de un anciano de blancos bigotes y mirada feroz. Moví el cuadro hacia la izquierda y ante mí se abrió un oscuro túnel flanqueado por muros cubiertos de oscuras cortinas de seda. Al otro extremo del corredor se abría un nuevo aposento circular con suelos de mosaico y un mural de cristal en el que se distinguía la figura de una escultura demoníaca de dos cabezas, una sonriente y la otra que parecía proferir un agonizante aullido de dolor. Una escalera de caracol ascendía en espiral hacia otro piso superior. Me detuve al pie del primer peldaño al escuchar el sonido de unos pasos tras de mí. Silencio. ¿Era probable que lo que hubiese oído fuese tan solo el eco de mi propio caminar? La casa estaba sumida en un silencio absoluto y los ecos mortecinos surgían por doquier. Ascendí aquella nueva escalinata y me detuve en un rellano donde se podía contemplar otra amplia habitación. Estaba llena de siniestros maniquís, muñecos de ventrílocuo articulados y aterradoras muñecas de porcelana y ojos de cristal. Una butaca vacía se mecía de manera casi imperceptible, pero el sonido de la madera chirriando sobre el suelo de piedra podía escucharse con claridad. ¿Corrientes de aire? Sin duda, las había por toda la casa. Deseché cualquier pensamiento funesto y seguí adelante. Mis pasos dejaban un visible rastro de huellas sobre la delicada alfombra de polvo que cubría el suelo. Una puerta entreabierta en la pared del fondo del salón de los muñecos se balanceaba ligeramente. El vaho de aire helado procedente del otro lado me congeló el rostro. Me aproximé con cautela, intentando no mirar aquella escalofriante y variopinta congregación de autómatas acechantes, maniquís desmembrados y muñecas sonrientes. Llegué hasta el fondo del salón y con una mano detuve el balanceo de la puerta. La abrí con cautela mientras sollozaba con un aullido doloroso sobre sus goznes. Un dormitorio cuyos muebles estaban cubiertos por sábanas blancas. Las ventanas estaban cerradas y olía a una mezcla rara de perfume, cera quemada y humedad. El olor a vela procedía de unos cirios recién consumidos y que aún humeaban en un tenebroso rincón de la habitación. La cama estaba hecha pulcra y concienzudamente, como si alguien acabara de estirar las sábanas aquella misma mañana. Frente al lecho, el único mueble que no estaba cubierto por lienzos blancos era una cómoda alta. Sobre ella reposaban una serie de retratos enmarcados. En todos posaba, en distintas estancias de la mansión, un niño de cabello oscuro y expresión ceñuda vestido de blanco. El sonido de un balbuceo tras de mí me sobresaltó de nuevo y al volverme lo vi…

El niño de pelo negro y ataviado con un uniforme blanco inmaculado estaba sentado en un rincón, mirándome divertido con una sonrisa malévola. Era Tomás, el mismo infante de las fotografías. Se incorporó a medias y comenzó a gatear hacia mí susurrando algo ininteligible. Antes de que pudiese salir corriendo, se aferró a uno de mis tobillos. Me volví y le agarré del pelo al tiempo que con todas mis fuerzas le daba un puntapié lanzándolo lejos de mí y arrancándole un mechón de cabello. Cuando cruzaba como un relámpago la sala de los muñecos, pude ver por el rabillo del ojo como algunos autómatas y maniquís se incorporaban y estiraban sus brazos hacia mí. Bajé las escaleras mientras la risa del niño aguijoneaba mis tímpanos y, sin saber cómo, logré escapar de aquella casa embrujada y salir a la calle.

Ahora estoy en un manicomio o, como ellos prefieren llamarlo, un sanatorio mental. Según me cuentan los médicos, unos vecinos me hallaron de rodillas frente a la casa, santiguándome repetidamente y con los ojos en blanco. Me costó creerlo, pero al final he tenido que aceptar que nunca alquilé la casa a ningún administrador y que entré allí sin llave alguna. Si lo que narran los periódicos que me han enseñado es cierto, Villa Olmedo sufrió un incendio diez años atrás y ardió de arriba abajo quedando en ruinas y calcinada por completo. Lo que nadie pudo esclarecer, ni tampoco explicarme a mí, es de dónde salió aquel mechón de pelo negro ensangrentado que tenía aferrado en mi mano cuando me encontraron.

 

Juanma Nova