La espeluznante y terrible historia que me dispongo a narrar quizá, por descabellada, parezca no tener el menor sentido. Me interesan los misterios y las llamadas historias del más allá, así como sondear en los más oscuros y recónditos secretos del alma humana. Por eso en ocasiones he metido las narices en asuntos que no eran de mi incumbencia, en lugares donde la gente sufre y donde lo racional y cotidiano se mezcla y confunde con lo inescrutable, lo irracional y la locura.

Estos sucesos me los narró su protagonista hace ya algunos años y estoy convencido de que, hasta entonces, nadie más había sido partícipe de ellos. Por un lado, la lógica me aconseja que no busque explicaciones extrañas ni trate de justificar hechos inverosímiles que, aparentemente, se caen y desmoronan bajo su propio peso. Pero por otra parte, algo en mi interior me asegura que hay algo de cierto en su relato, algo de verdad irrebatible e irrefutable. Y aquí nada tiene que ver mi imaginación desbocada, como tal vez podáis estar pensando. Tampoco mi fantasía don quijotesca por el exceso de lectura. A este respecto, me considero una persona bastante racional y equilibrada, capaz de delimitar la frontera que separa lo fantástico de lo real. Intento observar y calibrar todos los acontecimientos extraños que encuentro de forma objetiva y sin dejarme llevar por emociones o supersticiones.

Pero estoy convencido de la veracidad del suceso y de que, cuando me contaba su historia, aquel hombre no mentía. Y no solo porque sus ojos lloraban, ni porque en todo aquello, tan extraño y terrorífico, pudiera existir algún oscuro misterio que lo justificara. Hay algo más que me reafirma en tal convencimiento. Pero ese algo más os lo contaré tras exponeros el relato de aquel pobre hombre sin ninguna adulteración, tal cual él lo narraba. Así todos podremos tener nuestra propia interpretación de los hechos y acontecimientos mientras escudriñamos algunos de los misterios que acechan bajo el aparente y tranquilo mundo que conocemos.

 

 

 

*   *   *

 

 

 

Hace ya algún tiempo me dirigía una noche, como tantas otras, hacia la boca de Metro correspondiente a la línea que todos los días tomaba para hacer el trayecto desde el lugar donde trabajo hacia mi casa.

     No es aquella una parada demasiado concurrida ni transitada. Más bien podría decirse que es solitaria de más, en especial a la hora nocturna en que yo suelo utilizarla, cerca de la medianoche. Aquella noche no era distinta y la estación se encontraba casi desierta. Pasaron varios minutos sin que apareciera ningún tren. Los usuarios miraban sus relojes con impaciencia. Deseosos, como yo, de marcharse de aquel lugar solitario y llegar cuanto antes a sus hogares.

     En ese momento divisé a mi derecha las luces de la cabina del tren iluminando el oscuro túnel. La luz de los vagones hacía parecer a las ventanas enormes sonrisas blancas. El convoy se detuvo, abrió sus puertas y yo entré en el tercer vagón, que era el que se había detenido a la altura del andén en que yo me encontraba. Estaba casi vacío, así que me senté en uno de los muchos asientos libres que quedaban, dispuesto a relajarme unos minutos antes de llegar a casa.

     Solo cuando sonó el silbato de aviso de partida y el tren cerró sus puertas, reparé en que ninguna de las otras personas que esperaban en la estación había subido a bordo. Es más, seguían leyendo sus revistas y mirando los relojes con impaciencia, como si no hubieran advertido su presencia. Era posible que alguno de ellos estuviera esperando a otra persona, tal vez no tenían prisa… ¡quién podía saberlo! Esos fueron los argumentos que me ofrecí a mí mismo. Se encuentra uno a diario tanta gente extraña a su alrededor que no puede ir por ahí intentando analizar y explicar todo lo que no le parece normal o habitual.

     El tren arrancó e inmediatamente dejó atrás la estación sumergiéndose en las tinieblas del túnel. Había tomado asiento en uno de los extremos del vagón. Miré hacia el otro, tal y como por curiosidad o inercia hacemos casi siempre, para observar al resto de viajeros. Había tres mujeres al otro lado del vehículo, de pie, apoyadas sus espaldas contra la pared del tren y charlando entre ellas. Me sorprendió su actitud en exceso seria y como malhumorada. Las tres llevaban el pelo teñido de negro. Parecían llevar los ojos pintados también de negro, y los labios de morado. Ello contrastaba en exceso con sus rostros, que tenían una palidez cadavérica. Quizá fuera maquillaje, o tal vez se dirigieran a alguna fiesta. La juventud vestía últimamente de manera tan variopinta y desenfrenada que ya casi nada sorprendía o llamaba la atención. Sin duda, podían pertenecer a alguna de esas tribus urbanas góticas que tanto abundaban y estaban de moda por entonces. Dos de ellas llevaban las uñas bastante largas y pintadas también de negro. La tercera llevaba las manos enfundadas en unos impecables guantes blancos.

     El tren continuaba su marcha y nos estábamos acercando a la siguiente estación. Al llegar a ella, comprobé que tampoco había casi nadie en el andén. Se detuvo y abrió sus puertas para dar entrada a los viajeros. Observé que, una vez más, no subía nadie a bordo. El conductor arrancó de nuevo y seguimos nuestra ruta. Ahora el suceso sí que me había producido una cierta inquietud. Rayaba ya en lo más extraño que en dos estaciones seguidas nadie, excepto yo, hubiera subido a aquel tren. Sobre todo, partiendo de la base de que se suponía que la gente que allí aguardaba esperaba precisamente ese tren. Aunque pensé que tal vez todo fuera fruto de una simple, aunque extraña, casualidad… y que no había motivos para preocuparme en exceso.

     Pero en la siguiente parada volvió a repetirse el mismo fenómeno. Tan solo había dos personas, pero ninguna subió a ningún vagón. Iría más lejos y podría afirmar que parecían no fijarse ni ver el vehículo que se detenía justamente frente a ellos. Esa fue la gota que colmó el vaso. Lo que estaba sucediendo allí dentro no parecía nada normal.

     Inquieto, miré hacia el fondo del vagón y vi que las tres mujeres miraban de reojo en mi dirección, manteniendo aquella misma actitud seria e irascible. Empecé a intranquilizarme y aparté la mirada. Ya nos aproximábamos a la siguiente parada y me estaban entrando ganas de bajarme en ella, pese a que no era la que me correspondía. Sin embargo, me contuve. Decidí aguantar pensando que todavía faltaban varias estaciones más y que era una tontería innecesaria perder más tiempo. Esperé deseando subir a alguien. Vana esperanza, nadie lo hizo.

     Volví a echar una ojeada a mis acompañantes femeninas. Seguía percibiendo en ellas algo indefinible que me inspiraba temor y desconfianza. Si bien su indumentaria podía pasar desapercibida en una gran ciudad, había algo extraño en ellas… algo que se me escapaba. Una idea cruzó fugazmente mi mente. No eran disfraces ni indumentarias góticas… más bien parecían de otra época. ¡Eso era, eran trajes antiguos! En esos momentos, atisbé un cierto cambio en su actitud. Ahora me observaban con detenimiento y parecían sonreír con una mueca falsa y burlona que me heló la sangre. En la próxima parada me bajaría y esperaría al siguiente tren. No pensaba seguir allí dentro ni un minuto más.

     Me levanté, pero cuando el tren llegó a la estación no se detuvo. En el andén había gente, pero parecía como si fuésemos invisibles y no advirtiesen nuestro paso. Mis jóvenes acompañantes sonreían cada vez más abiertamente y me sobrecogió la perversidad que parecía esconderse tras aquellas sonrisas de bufón y aquellos ojos pintados y envueltos en sombras. Angustiado, tiré del freno de emergencia, pero el tren no hizo intento alguno de detenerse. Unas carcajadas, entre siniestras y diabólicas, resonaron por todo el vagón arrastrándome hasta el mismísimo abismo y paroxismo de la locura. Las tres mujeres se reían y deleitaban con mi terror. Estaba tan angustiado que no podía pensar con claridad, no sabía qué hacer…

     El tren había cogido una velocidad endiablada, infernal. Pasamos varias paradas más, entre ellas la mía, sin que hiciera el más mínimo ademán de detenerse. Por el contrario, aumentaba cada vez más y más la velocidad. Imposible de describir con palabras el horror que me atenazaba en aquellos momentos. Y la gente de fuera continuaba impasible, sin reparar en nuestra presencia.

     Próximo ya a la desesperación, advertí un ligero movimiento en las jóvenes del fondo. Se estaban acercando hacia mí sin parar de reír. Con lentitud, casi a cámara lenta. Haciendo un esfuerzo de concentración y de autocontrol de mi angustia y mis sentidos, cogí el paraguas (por suerte para mí había llovido aquel día y lo llevaba encima) y con fuerza y decisión golpeé repetidamente una de las ventanas del vagón hasta romper el cristal.

     Ellas seguían acercándose, parsimoniosas como zombis, mostrándome sus sangrientas encías en una sonrisa maquiavélica, alargando sus brazos, que entonces me parecieron enormes, hacia mí. Me encaramé con cuidado a la ventana en el preciso instante en que cruzábamos la siguiente estación. Sin pensarlo dos veces, salté fuera en el preciso momento en que unas largas uñas intentaban aferrar uno de mis tobillos.

     Caí al suelo con estrépito y, tumbado en él, observé como aquel tren del infierno se alejaba a gran velocidad, sumergiéndose entre las sombras mientras, desde la ventana rota, las tres mujeres me miraban con una expresión de infinita rabia, odio y maldad. El resto del tren iba vacío. Pude fijarme en el número pintado en el lateral del vagón: 103. 

     La estación también estaba vacía, así que para mí contrariedad nadie fue testigo de los hechos y de cómo me arrojaba del tren en marcha. Me levanté intentando sosegarme. En un bar cercano tomé un par de copas mientras pensaba en todo lo acontecido. Los huesos me dolían a causa de la caída y el subsiguiente golpe. Pero, por fortuna, parecía no haberme roto ninguno.

     Volví a casa y ya en la cama (eso sí, con la luz encendida, pues la oscuridad devolvía aquellos rostros fantasmales a mi memoria), rodeado de la serenidad y sosiego que proporcionan el descanso y el silencio, repasé mentalmente la película de los hechos que me acababan de acontecer en aquella extraña noche.

     Al día siguiente me dirigí a las oficinas del Metro. Allí pregunté por algún responsable que pudiera informarme sobre un tema relacionado con aquella línea que yo utilizaba. Me pasaron con uno de los jefes de mantenimiento. Inventé una excusa que justificase mi presencia allí y le expliqué a aquel hombre que el día anterior había montado en dicha línea y había perdido la cartera pero que, por casualidad, recordaba el número del tren en el que había viajado. Así que le rogué que mirase si, por suerte, la cartera hubiera aparecido. El número del tren era el 103. Mi interlocutor consultó unos libros y, tras unos minutos, meneó la cabeza negativamente y me dijo:

     —Sin duda debe de tratarse de un error. El tren número 103 fue mandado al desguace hace ya veinte años, después de un terrible accidente en el que perecieron tres chicas jóvenes.

     Asentí, admitiendo que sin duda debía tratarse de un error por mi parte al visualizar el número que vi escrito en el vagón. Le pedí disculpas por las molestias y me despedí cortésmente. Él, por su parte, se brindó con amabilidad a informarme de inmediato si aparecía la cartera.

     El fresco aire matinal despejó en parte mi mente de la conmoción que acababa de sufrir al recibir tan espeluznante información. ¿Cómo podía ser cierto aquello? ¿Cómo podía haber viajado en un tren desguazado veinte años antes? No podía aceptar aquella revelación, así como así. Además, parecía que yo era la única persona capaz de verlo y viajar en él. Por supuesto, ¿cómo iba a subir la gente a bordo si aquel tren no existía? Pero ¿por qué yo si podía? No era capaz de hallar ninguna respuesta lógica o coherente.

     Pasó el tiempo y mi único deseo durante ese periodo fue olvidar el suceso. Me dolía y quemaba su recuerdo, por lo que hice todos los esfuerzos posibles por borrarlo de mi mente. Poco a poco, el trabajo, la rutina y la vida diaria consiguieron que fuera quedando relegado al baúl de los olvidos.

     Pero no he podido volver a subir a ningún vagón de metro o tren. Un par de veces lo he intentado sin conseguirlo. Una terrible sensación de pánico, claustrofobia y ansiedad se apodera entonces de mí. El mero hecho de ver una parada del suburbano me provoca ya un intenso desasosiego.

     Parece ser, al menos hasta donde yo sé, que he sido yo la única persona capaz de ver y subir a ese fantasmagórico vagón de tren. Pero ante todo quiero dejarle claro que nunca he tenido ninguna otra experiencia similar o alucinación. Y por supuesto, crea usted que no me lo invento…

 

 

 

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Nunca más he vuelto a ver al desdichado protagonista de la historia. Un hombre cuyo único deseo era dejar, ante todo, demostrada su cordura. Ya he dicho que estoy acostumbrado a escuchar cientos de relatos y sucesos relacionados con el más allá. Algunos son meras invenciones y fraudes de gente deseosa de darse publicidad u obtener pingues beneficios. En ocasiones son meras ilusiones y fantasías. Y hay muchas también producto de la demencia y la locura. Mucha falsedad y demasiada propaganda, ya que todo lo macabro, misterioso o inexplicable vende y puede ser un filón de oro para gente sin escrúpulos, capaz de exprimirlo hasta la saciedad a costa de la ignorancia o desesperación de gente necesitada. El dinero y la codicia pueden llevar al hombre a cruzar los límites más insospechados. Pero tras mucho sondear y bucear en el mundo de lo paranormal, he podido llegar a la conclusión de que hay debajo de ese mundo oscuro mucho más de lo que lo parece y que esas señales que vemos a veces, son tan solo la punta del iceberg.

Aquel hombre no buscaba propaganda o publicidad ya que, tanto en su círculo de amistades como en su puesto de trabajo, donde ocupaba un cargo de relevancia en una importante empresa, lo que menos necesitaba era inventarse y alardear de un suceso de tales características, pudiendo ser tomado por un chiflado y arriesgándose a perder así todo aquello por lo que había luchado y tantos esfuerzos le había costado conseguir.

Tampoco perseguía dinero. Que yo sepa jamás vendió su relato y, según creo, soy el único o uno de los pocos afortunados en conocerlo. Y, como él mismo me confesó, solo buscaba desahogarse, quitarse un peso de encima y hacer a otro partícipe y conocedor de su experiencia. Tales sucesos, cuando se guardan dentro, al igual que sucede con determinados sentimientos, y aunque parezcan muertos, están apenas aletargados y, cuando uno menos lo espera, la más leve corriente de aire los aviva originando el peor de los incendios. Es como si al contarlos, consiguiera uno desprenderse en parte de ellos.

Creo en la historia de aquel hombre. Y no solo por las lágrimas que vertió mientras la contaba, ni por la coherencia que mostró durante todo el relato, donde no se contradijo ni una sola vez pese al interrogatorio a que le sometí. Como ya comentaba al principio del relato, hay algo más. Esta historia me fue referida hace varios años y yo, al igual que su protagonista, ya la había guardado en el cajón del olvido de la memoria. Pero hace cosa de un mes, sucedió algo que me hizo darme de nuevo de bruces con ella.

Me encontraba yo casualmente, pues no utilizo con demasiada frecuencia el transporte público, en la misma línea de metro que protagonizaba nuestra narración. Y no había reparado siquiera en ello hasta que el tren hizo acto de presencia en el andén de la estación. Para mi sorpresa, llegó con más velocidad de la que era habitual si debía, como era su obligación, detenerse allí.

Mi asombro fue aún mayor cuando vi que pasaba de largo. Una tuerca giró entonces sobre otra hasta encajar en el engranaje de mis recuerdos al mismo tiempo que algo en el tren llamaba mi atención. El tercer vagón llevaba una ventana rota. En su interior había tres pálidas mujeres jóvenes vestidas de negro, de pie y en actitud en exceso seria y apesadumbrada. El número pintado en el lateral del vagón era el 103.