Robert había muerto.

Su vida hab√≠a sido plena, feliz y maravillosa. Supo sacar provecho a sus a√Īos, pese a que no fueron demasiados. Resumiendo, podr√≠a decirse que hab√≠a vivido. Pero su llama se hab√≠a apagado de repente. Es curioso c√≥mo algunas almas se marchitan o desvanecen de forma tan sutil, poco a poco, mientras que otras brillan y se apagan furiosas como un rel√°mpago.

Su otrora esbelto cuerpo lleno de vida, descansaba ahora inerme en un opulento ata√ļd de √©bano como si fuera una espl√©ndida estatua griega. Hab√≠a sido hermoso. A uno al verlo siempre le ven√≠a a la cabeza la sugerente definici√≥n de hermoso. Su expresi√≥n irradiaba algo formidable que siempre inspir√≥ confianza en todos aquellos que se acercaban a √©l. Sus ojos verdes, grandes y alegres, enamoraron a muchas damas de la sociedad de la √©poca; su sonrisa, afable y embriagadora, se encarg√≥ de conquistar los corazones de otras tantas. Pero en el suyo solo hubo amor para una mujer. Ellen.

Los concienzudos y meticulosos preparativos del funeral habían sido tan pulcra y correctamente ejecutados que ni el propio difunto los hubiera dispuesto mejor de haber podido imaginar su funeral. Las exquisitas facciones de su rostro, tal y como podía mostrarse tras el reluciente cristal, seguían ejerciendo una irresistible atracción ante todo aquel que se acercaba a mirar: mostraba una cándida y tierna sonrisa y, aunque la muerte tampoco había sido dolorosa, no parecía apenas desfigurado después del excelente trabajo realizado por los empleados, y a la vez propietarios, de la funeraria.

A las tres en punto de la tarde, sus allegados y amigos iban a reunirse en la catedral de San Patricio para ofrecer un √ļltimo adi√≥s a un hombre que ya no necesitaba de adioses, allegados ni amigos. Los numerosos presentes se fueron acercando al f√©retro uno tras otro, en silencio, con aspecto serio y abatido, a derramar sus dolorosas l√°grimas sobre el pulido cristal.

Todo hab√≠a sido demasiado r√°pido, tan fugaz como un suspiro arrancado a destiempo de unos labios sellados. El ataque al coraz√≥n result√≥ fulminante. Parec√≠a extra√Īo en alguien de aspecto tan saludable, de vida lujosa e intensa, pero al mismo tiempo sana, sin vicios conocidos salvo alguna copa de brandy o vino en la soledad y quietud nocturnas de su biblioteca. Pero cuando La Parca viene a buscar a alguien no da explicaciones de sus motivos. Se lleva su alma y adi√≥s.

La inmensa fortuna de Robert quedaba ahora en su totalidad en manos de su esposa. No hab√≠an logrado concebir hijos. Se rumoreaba que ella era est√©ril y no pudo darle ning√ļn heredero. Pero la verdad en lo referente a este asunto se desconoce. Y lo que se cuenta no son m√°s que las t√≠picas habladur√≠as con que tanto gusta de entretenerse la gente. Tampoco el fallecido contaba con m√°s parientes vivos. As√≠ que Ellen era su √ļnica beneficiaria a todos los efectos.

Pasados unos minutos de las tres de la tarde, los asistentes comenzaron a acercarse a la primera fila y, después de ofrecer el ceremonial pésame y consuelo a la afligida viuda, imponente toda vestida de negro y con una palidez de ultratumba que destacaba sobremanera entre aquellos ropajes oscuros que enmarcaban su rostro como un cuadro gótico. Tal y como mandan los cánones, fueron tomando asiento de forma solemne en los inmaculados bancos de madera pulida de la catedral. Entonces llegó el sacerdote y, ante su imponente presencia, el resto de luces y las numerosas velas y cirios parecieron apagarse y dejar de brillar.

Con tono ceremonioso, el ministro de la iglesia comenz√≥ el rutinario elogio de los muertos y su semblante l√ļgubre, acompa√Īado de aquella letan√≠a pesarosa, parec√≠a ascender y descender, subir y bajar, acercarse y retroceder, como el murmullo de las olas meciendo un mar compungido. El f√ļnebre d√≠a parec√≠a oscurecerse m√°s y m√°s a medida que hablaba; una pesada cortina de oscuras nubes ensombreci√≥ el cielo y las fr√≠as y tristes gotas de lluvia no tardaron en hacer tambi√©n acto de presencia en el funeral. Era como si el cielo tambi√©n quisiera llorar la muerte de Robert.

Tras un discurso casi interminable, el reverendo concluyó la eucaristía con una oración por el alma de los difuntos; se cantó un himno solemne, y los que iban a ocuparse de llevar el féretro a hombros ocuparon sus respectivos lugares junto al mismo. Entonces los apagados sollozos de la viuda se transformaron en compungidos lamentos que inundaron todos los huecos, recorriendo los laterales y arcos de la nave y subiendo hasta la bóveda donde reverberaron de forma lastimera.

Al tiempo que las √ļltimas notas y compases del himno se extingu√≠an con un eco apagado, Ellen corri√≥ hacia el ata√ļd, se arroj√≥ sobre el cristal y comenz√≥ a llorar de un modo hist√©rico que hel√≥ el coraz√≥n a todos los presentes. Un par de monaguillos y varias conocidas suyas intentaron ofrecerle consuelo y darle √°nimos, con lo que poco a poco se fue calmando y recobrando la compostura. Mientras el sacerdote la instaba a acompa√Īarla de vuelta a su asiento, los ojos de Ellen buscaron de nuevo el rostro de Robert bajo el cristal. Entonces se llev√≥ las manos a la cara y, dando un alarido de p√°nico y horror, cay√≥ al suelo perdiendo el conocimiento.

Como un resorte, los dolientes corrieron hacia el p√ļlpito, precipit√°ndose sobre el f√©retro. Un trueno retumb√≥ en el exterior, haciendo estremecerse todas las hermosas vidrieras de colores, al mismo tiempo que del √≥rgano de la catedral se escapaban unas l√ļgubres y desacompasadas notas que ninguna mano visible produc√≠a. Todos se quedaron observando el rostro de Robert al tiempo que las campanas del reloj de la torre volv√≠an a ta√Īer en honor de las tres de la tarde, cuando hac√≠a ya casi media hora que hab√≠an sonado dando con puntualidad por primera vez dicha hora. Un cuervo negro surgi√≥ de entre las sombras y fue a posarse con majestuosidad sobre el altar. Grazn√≥ una, dos, tres veces. Seguidamente call√≥.

La catedral qued√≥ en silencio. Cuando todos los presentes se volvieron dando la espalda al ata√ļd, parec√≠an envejecidos, p√°lidos y moribundos. Un monaguillo, intentando huir horrorizado de aquella visi√≥n escalofriante, tropez√≥ con el f√©retro cayendo al suelo con torpeza. Cuando el sacerdote se acerc√≥ a mirar por el cristal, casi se desmaya ante la imagen que all√≠ encontr√≥. El difunto ten√≠a los ojos abiertos, pero su otrora mirada dulce ahora rezumaba ira. Su tibia sonrisa se hab√≠a evaporado dando paso a un rictus mezcla de odio, rabia y tristeza. Como si hubiera vuelto a respirar, el interior del cristal se hab√≠a empa√Īado. En la fina capa de vaho que hab√≠a aparecido, se hab√≠an formado tres palabras perfectamente legibles:

‚ÄúElla me envenen√≥‚ÄĚ.

 

Juanma Nova García