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THE EVIL WITHIN 2: FAN VIDEOCLIP (SPOILERS en el vídeo)

Versión extendida
Nombre de la canción:
“Ordinary World”

Canción original:
Duran Duran

Version: The Hit House
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La casa del bosque - Un relato de Juanma Nova - Terrority.es

🖊Relato: La casa del bosque

La gente lo niega, o simplemente no quiere hablar del tema, pero es bien sabido por todos los habitantes que la vieja casa del bosque está encantada. La llamamos así porque está fuera de los límites del pueblo, ya en terreno virgen del bosque, como si éste la hubiera arrebatado a la civilización y se la hubiera llevado a sus dominios. Los más ancianos cuentan que en sus tiempos de niño, estaba al final de la calle de Los Olmos, pero que la naturaleza salvaje se la había ido llevando consigo, lustro a lustro, década tras década. Supongo que en ese punto se ha exagerado demasiado, que ese rapto no es más que una leyenda, un viejo cuento narrado de boca a boca, generación tras generación, junto al calor de la chimenea en las largas y frías noches de invierno. Pero nadie duda de que aquella antigua mansión está hechizada.

En todos los pueblos, aldeas y caseríos dispersos que nos rodean, hasta varios kilómetros a la redonda, no hay una sola persona con dos dedos de frente que tenga la más mínima duda al respecto. Las bromas y la incredulidad se limitan a los cuatro tontos y chiflados de turno; que haberlos, haylos.

Sin duda, pediréis pruebas o evidencias de que el lugar está encantado. Todo el mundo que se acerca hasta aquí desde lejos pide lo mismo. Primero preguntan que dónde está la casa y si pueden acercarse a verla; después te exigen una narración completa de su historia, hechos acontecidos, genealogía de sus diversos inquilinos y curiosidades varias; y por último, te solicitan algún testimonio, cualquier prueba irrefutable de los fenómenos que allí acontecen. ¡Como si uno fuese el causante de los mismos y pudiera convocarlos a su antojo!

Pero tales evidencias están contrastadas por partida doble; en primer lugar, el testimonio de numerosos testigos desinteresados que han aportado detalladas pruebas sonoras, oculares, y hasta en sus propias carnes; en segundo término, el de la propia casa.  Quizás los primeros puedan ser ignorados, rechazados o vilipendiados por cualquiera de las absurdas y diversas teorías u objeciones que se le ocurra plantear al ingenuo o listillo de turno. Pero hay otros muchos hechos que están al alcance de todos, en los límites de la observación de cualquiera, y que pueden probarse y comprobarse.

Para empezar, la casa del bosque no ha sido habitada, o no ha dejado habitarse, por mortal alguno desde hace casi medio siglo, y junto con sus edificios exteriores, un granero, un establo y un pequeño molino, lleva ya décadas de abandono y decadencia; circunstancia que, ya de por sí y sin más argumentos, llama la atención y nadie en su sano juicio se atrevería a ignorar o desdeñar. Como ya he dicho, está alejada del pueblo, a unos quinientos metros del final de la que debería ser, o fue en otro tiempo, su calle correspondiente, y lo más cercano a ella es un antiguo matadero de reses, ya también en desuso y abandonado desde hace más de quince años, al otro lado del final de la calle que, en ese tramo, continúa siendo de piedra. Cuatro tablas irregulares de lo que queda de una valla medio podrida rodean la parcela; algunas zarzas y espinos dispersos con muy mala leche cercan la valla; y una cosecha de pedruscos, hierbas y cardos, de un suelo que hace siglos ha olvidado lo que es la caricia de un arado, arropan a las zarzas y espinos. Aunque si lo que quieren son pruebas, les animo a que tengan el valor y coraje de venir a visitarla. Mientras tanto, deberán conformarse con el siguiente testimonio que les paso a relatar. Al respecto pueden estar convencidos de su veracidad, pues salió en portada de todos los periódicos regionales, y hasta en alguno de tirada nacional. Si quieren comprobarlo, consulten la hemeroteca.

Sucedió en otoño, hace ya cinco años. Era una lluviosa y desapacible tarde cuando apareció en el pueblo aquella pareja de médiums, o como quiera que se llamen esos charlatanes que se dedican a perturbar el descanso de los muertos. Llegaron organizando todo el ruido del mundo, preguntando a cada habitante, husmeando en cualquier rincón. Eran un hombre y una mujer jóvenes. Y por la forma en que se miraban y por la complicidad de sus gestos, apuesto a que estaban prometidos, o eran amantes. No llevaban anillo de matrimonio, así que descarto que estuvieran casados. Pero todo eso son suposiciones mías, claro está. Lo cierto es que querían pasar una o dos noches en el interior de la casa. Para investigar, poner alguna grabadora, magnetófono o artilugio modernos de esos que están tan de moda en los círculos esotéricos. Para intentar contactar con aquello que habitaba la casa. Todo el mundo les dio el mismo consejo y recomendación; que se volvieran por donde habían venido y no hurgaran en aquel lugar.

Pero tras mucho insistir y suplicar, al fin consiguieron obtener el consiguiente permiso del ayuntamiento, que desde hacía casi cincuenta años, y tras la muerte de sus últimos inquilinos y la renuncia a la herencia de sus herederos, era el propietario de la finca. Finca que, huelga la aclaración, no se había conseguido vender o alquilar desde entonces. Y como esta gente que se dedica a la investigación de tan escabrosos temas, son un tanto raros y peculiares y no están del todo muy dentro de sus cabales, decidieron que se iban a encerrar a solas dentro de la casa una noche entera. Pero allá cada cual con sus cosas y demonios…

Me correspondió a mí, como alguacil del consistorio, hacer los honores de darles la bienvenida al lugar y de hacer de guía y anfitrión. La mansión, pese al abandono e inevitable azote de los años, no se encontraba en tan mal estado como se podría suponer. Estaba sucia y muy despintada por el paso del tiempo; maltrecha en algunas zonas y con necesidad de arreglos en muchas otras: pero el interior no estaba en ruinas para llevar tres décadas dejado de la mano de Dios. La mayoría de las ventanas sí que necesitaba la visita del cristalero, ya que la población infantil de varias generaciones había hecho causa común con la variada y numerosa colección de piedras de los alrededores para mostrar la resistencia del vidrio ante su fuerza y puntería.

La casa tiene una altura de tres plantas, ático y sótano, y es de planta casi rectangular. Su fachada delantera posee una única puerta de entrada, flanqueada a los lados por dos ventanas rotas recubiertas de tablones medio podridos por la lluvia. Hay algunas ventanas de los pisos superiores que no están protegidas y que permiten la entrada del sol, la lluvia, el frío y cualquier alimaña que merodee por allí. La maleza y malas hierbas se han adueñado del jardín y, los cuatro árboles que aún sobreviven, parecen viejas osamentas apuntando más al suelo que al cielo.

Ni siquiera el hecho de que fuera en aquella misma morada donde hace medio siglo el Tuerto, nombre por el que se conocía al entonces propietario de la casa por la cuenca vacía de su ojo izquierdo, órgano del que nadie sabía su paradero, decidió cortarles la garganta a su esposa, sus dos hijos y cuatro hijas y también a los tres perros que poseían, antes de volarse la tapa de los sesos con una escopeta, hizo echarse atrás en su empeño a la pareja de cazadores de fenómenos sobrenaturales.

La casa no tenía luz ni agua corriente, pero nada de ello importó a los nuevos huéspedes. Aseguraban que se las apañarían con velas, leña para la chimenea y alguna comida que habían traído consigo. Aparte de ello, cargaban con equipo y material como para llenar un almacén y que a mí me pareció excesivo. Nada más cruzar el umbral de la puerta de entrada, algo maligno, como una fuerza negativa que se aferrara a mi pecho, hizo que se me encogiera el corazón. Cada vez que por mi cargo había tenido que entrar a enseñar la casa a algún posible comprador, o para alguna reparación o labor de mantenimiento, había experimentado la misma inquietante y angustiosa sensación. Así que no me disgustó demasiado que mis acompañantes me dijeran que no necesitaban nada más de mí y que, a partir de aquel momento, se quedaban solos. No me avergüenza decir que salí pitando de allí como alma que lleva el diablo.

Había quedado en pasar a recogerlos a media mañana del día siguiente. Qué habían hecho y cómo lo habían pasado nuestros visitantes dentro de la casa durante aquella noche, fue una pregunta que me formulé en repetidas ocasiones en aquel mismo intervalo de tiempo. Llegué pasado el mediodía, pues había tenido que atender antes algunas cuestiones en el ayuntamiento. Llamé varias veces sin recibir contestación alguna. Supuse que quizás estarían dormidos si habían pasado la noche y la madrugada en vela acechando espíritus descarnados y fantasmas burlones. Así que utilicé mi llave y volví a cruzar de nuevo el escabroso umbral de aquel lugar hechizado. De nuevo me atenazó aquella extraña sensación que me oprimía el pecho, la intuición de que había allí dentro algo siniestro que acechaba, que vigilaba todos mis movimientos, que no me miraba con buenos ojos…

Recorrí toda la planta baja, habitaciones, pasillos, cocina y despensa sin encontrar a ninguno de los huéspedes. Pero casi me rompo el cuello al tropezar varias veces con una caterva de trastos, aparatos y extraños inventos que yo no conocía y que tenían esparcidos y diseminados por todas partes. Subí las desvencijadas escaleras hasta el primer piso. La madera carcomida crujía a cada paso como un coro de almas condenadas en el infierno. Y fue allí, en la primera planta, donde hallé el macabro descubrimiento.

La habitación maldita, como la llamaban todos por ser donde se producía la mayoría de fenómenos extraños, parecía vacía… pero no lo estaba. Cuando mis ojos se acostumbraron a la penumbra, pude distinguir algo en el rincón más alejado de la puerta. Era una figura humana. La mujer estaba acurrucada en una esquina. Me acerqué con cautela y la figura fue definiéndose con mayor claridad. Estaba sentada de espaldas a la pared; las manos con las palmas hacia fuera delante del rostro, como protegiéndose de algo, y los dedos curvados como si fueran garras; tenía el semblante pálido como una máscara, con una expresión de terror indescriptible, la mandíbula desencajada en una mueca grotesca de horror y los ojos desmesuradamente abiertos. Estaba muerta. Su mirada se dirigía al otro extremo de la habitación. No quería volverme. Sin embargo, tenía que hacerlo. Lentamente, como si el mundo se hubiera detenido, me giré hacia atrás. Tampoco me cuesta reconocer que, en aquella ocasión, me oriné encima. El hombre estaba en el suelo, con el cuello degollado. A su alrededor, las figuras fantasmales de tres perros lamían el charco de sangre que se había acumulado a su alrededor.

 

Juanma Nova García

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🖊Reseña: No respires

NO RESPIRES 2016
Dirigida por Fede Álvarez artífice del genial remake de Evil Dead (2013) de la obra de Sam Raimi. El guion escrito por el mismo director Rodo Sayagues. Con una fotografía a cargo de Roque Baños.
Interpretada por Jane Levy,  Dylan Minnette,  Stephen Lang,  Daniel Zovatto,  Sergej Onopko, Jane May Graves,  Jon Donahue,  Katia Bokor,  Christian Zagia,  Emma Bercovici, Brak Little,  Michael Haase.
Unos jóvenes ladrones creen haber encontrado la oportunidad de cometer el robo perfecto. Su objetivo será un ciego solitario, poseedor de miles de dólares ocultos. Pero tan pronto como entran en su casa serán conscientes de su error, pues se encontrarán atrapados y luchando por sobrevivir contra un psicópata con sus propios y temibles secretos.
Con poco mas de cuatro actores un perro y una casa Álvarez compone una obra redonda del genero de thriller/terror alejándose de banales artificios y sustos gratuitos nos ofrece por el contrario un juego del gato y ratón intenso lleno de una asfixiante tensión.
El director demuestra ante todo una capacidad extraordinaria para desarrollar la historia que desea contar dotándola de terror y peligro bien construido en base a las situaciones que el mismo desarrolla según avanza la trama.
Así mismo el manejo de la cámara y del tiempo usando de forma muy hábil recursos como la oscuridad, la quietud y sobre todo el silencio asientan la película en unos cimientos sólidos que según transcurre la película permiten que esta no decaiga ni un solo instante.
Los personajes están muy bien construidos ya que todos tienen unas motivaciones para sus actos, incluso el “villano” sus motivaciones son más que definidas, justificadas o no , dotándole de una personalidad que lo aleja del típico psicópata mata, mata tan manido.
Los actores están todos perfectos en sus papeles pero es Lang el que destaca sobre todos con su arrolladora presencia y una interpretación sobresaliente.
Una sorprendente película que te deja sin aliento, con algunos giros muy logrados, un potente ejercicio estilista. No me atrevo de calificarla de obra maestra pero si no lo es poco le queda. Fede Álvarez un director al que hay que seguir la pista.
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🖊Reseña: Ghostland | Pesadilla en el infierno

País Canadá
Dirección Pascal Laugier
Guion Pascal Laugier
Fotografía Danny Nowak
Reparto
Crystal Reed,  Anastasia Phillips,  Mylène Farmer,  Taylor Hickson,  Emilia Jones, Rob Archer,  Suzanne Pringle,  Adam Hurtig,  Alicia Johnston,  Ernesto Griffith, Erik Athavale,  Kevin Power,  Paul Titley,  Terry Ray
Productora
Coproducción Canadá-Francia; 5656 Films / Logical Pictures / Mars Films
Sinopsis
Una madre y sus dos hijas heredan una casa. Pero en su primera noche, aparecen unos asesinos y la madre se ve obligada a luchar para salvar a sus hijas.

Regresa Pascal Laugier ( Martyrs 2008) en plena forma demostrándonos que se puede, todavía, hacer buen cine de terror, Podemos asegurar que Ghostland es una de las joyas del genero de los últimos años que destaca, aun mas,  si tenemos en mente la infinidad de bodrios que se llevan produciendo a diario.
Pascal firma un guion , dejando de la lado el impacto visual para centrarse en la narrativa, en el que utiliza ciertos elementos para confundir al espectador y provocar ciertos giros en el desarrollo de la historia. Así, el director, de forma muy inteligente, juega con varios sub-géneros del cine de terror (hasta nos deja un pequeño guiño al mundo de lo sobrenatural ) donde destaca el perfil psicológico que es vital en la narrativa para su concepto y desarrollo.
Gracias a estos giros en la propia historia, tan bien pensados, podemos disfrutar de una película que en su forma se nos hace novedosas y sobretodo muy agradecida en su visionado.
la ambientación malsana y las situaciones de angustia que sufren sus protagonistas unido a esos dos depravados de lo mas retorcidos hacen de esta película un producto redondo.
Hay que destacar las muy buenas actuaciones de las dos hermanas interpretadas por Crystal Reed y Anastasia Phillips.

Pascal no consigue nada novedoso eso es bien cierto pero si no regala una fantástica película llena de cosas muy buenas y sobretodo orquestadas con mucho talento. A su trabajo no se le puede reprochar nada en absoluto solo la intención de ofrecernos algo de calidad que se sustenta sobretodo en un magnifico guion y una brillantez de su director a la hora de narrar dicha historia.
Una película muy dura y cruel al mismo tiempo que propone un pequeño ensayo sobre la locura mas depravada y la formas de como una persona utiliza su mente para huir o esconderse de la realidad por medio de la imaginación.

Marck Evelyn Monroe

El difunto . Por Juanma Nova. Terrority.es

🖊Relato: El difunto

Robert había muerto.

Su vida había sido plena, feliz y maravillosa. Supo sacar provecho a sus años, pese a que no fueron demasiados. Resumiendo, podría decirse que había vivido. Pero su llama se había apagado de repente. Es curioso cómo algunas almas se marchitan o desvanecen de forma tan sutil, poco a poco, mientras que otras brillan y se apagan furiosas como un relámpago.

Su otrora esbelto cuerpo lleno de vida, descansaba ahora inerme en un opulento ataúd de ébano como si fuera una espléndida estatua griega. Había sido hermoso. A uno al verlo siempre le venía a la cabeza la sugerente definición de hermoso. Su expresión irradiaba algo formidable que siempre inspiró confianza en todos aquellos que se acercaban a él. Sus ojos verdes, grandes y alegres, enamoraron a muchas damas de la sociedad de la época; su sonrisa, afable y embriagadora, se encargó de conquistar los corazones de otras tantas. Pero en el suyo solo hubo amor para una mujer. Ellen.

Los concienzudos y meticulosos preparativos del funeral habían sido tan pulcra y correctamente ejecutados que ni el propio difunto los hubiera dispuesto mejor de haber podido imaginar su funeral. Las exquisitas facciones de su rostro, tal y como podía mostrarse tras el reluciente cristal, seguían ejerciendo una irresistible atracción ante todo aquel que se acercaba a mirar: mostraba una cándida y tierna sonrisa y, aunque la muerte tampoco había sido dolorosa, no parecía apenas desfigurado después del excelente trabajo realizado por los empleados, y a la vez propietarios, de la funeraria.

A las tres en punto de la tarde, sus allegados y amigos iban a reunirse en la catedral de San Patricio para ofrecer un último adiós a un hombre que ya no necesitaba de adioses, allegados ni amigos. Los numerosos presentes se fueron acercando al féretro uno tras otro, en silencio, con aspecto serio y abatido, a derramar sus dolorosas lágrimas sobre el pulido cristal.

Todo había sido demasiado rápido, tan fugaz como un suspiro arrancado a destiempo de unos labios sellados. El ataque al corazón resultó fulminante. Parecía extraño en alguien de aspecto tan saludable, de vida lujosa e intensa, pero al mismo tiempo sana, sin vicios conocidos salvo alguna copa de brandy o vino en la soledad y quietud nocturnas de su biblioteca. Pero cuando La Parca viene a buscar a alguien no da explicaciones de sus motivos. Se lleva su alma y adiós.

La inmensa fortuna de Robert quedaba ahora en su totalidad en manos de su esposa. No habían logrado concebir hijos. Se rumoreaba que ella era estéril y no pudo darle ningún heredero. Pero la verdad en lo referente a este asunto se desconoce. Y lo que se cuenta no son más que las típicas habladurías con que tanto gusta de entretenerse la gente. Tampoco el fallecido contaba con más parientes vivos. Así que Ellen era su única beneficiaria a todos los efectos.

Pasados unos minutos de las tres de la tarde, los asistentes comenzaron a acercarse a la primera fila y, después de ofrecer el ceremonial pésame y consuelo a la afligida viuda, imponente toda vestida de negro y con una palidez de ultratumba que destacaba sobremanera entre aquellos ropajes oscuros que enmarcaban su rostro como un cuadro gótico. Tal y como mandan los cánones, fueron tomando asiento de forma solemne en los inmaculados bancos de madera pulida de la catedral. Entonces llegó el sacerdote y, ante su imponente presencia, el resto de luces y las numerosas velas y cirios parecieron apagarse y dejar de brillar.

Con tono ceremonioso, el ministro de la iglesia comenzó el rutinario elogio de los muertos y su semblante lúgubre, acompañado de aquella letanía pesarosa, parecía ascender y descender, subir y bajar, acercarse y retroceder, como el murmullo de las olas meciendo un mar compungido. El fúnebre día parecía oscurecerse más y más a medida que hablaba; una pesada cortina de oscuras nubes ensombreció el cielo y las frías y tristes gotas de lluvia no tardaron en hacer también acto de presencia en el funeral. Era como si el cielo también quisiera llorar la muerte de Robert.

Tras un discurso casi interminable, el reverendo concluyó la eucaristía con una oración por el alma de los difuntos; se cantó un himno solemne, y los que iban a ocuparse de llevar el féretro a hombros ocuparon sus respectivos lugares junto al mismo. Entonces los apagados sollozos de la viuda se transformaron en compungidos lamentos que inundaron todos los huecos, recorriendo los laterales y arcos de la nave y subiendo hasta la bóveda donde reverberaron de forma lastimera.

Al tiempo que las últimas notas y compases del himno se extinguían con un eco apagado, Ellen corrió hacia el ataúd, se arrojó sobre el cristal y comenzó a llorar de un modo histérico que heló el corazón a todos los presentes. Un par de monaguillos y varias conocidas suyas intentaron ofrecerle consuelo y darle ánimos, con lo que poco a poco se fue calmando y recobrando la compostura. Mientras el sacerdote la instaba a acompañarla de vuelta a su asiento, los ojos de Ellen buscaron de nuevo el rostro de Robert bajo el cristal. Entonces se llevó las manos a la cara y, dando un alarido de pánico y horror, cayó al suelo perdiendo el conocimiento.

Como un resorte, los dolientes corrieron hacia el púlpito, precipitándose sobre el féretro. Un trueno retumbó en el exterior, haciendo estremecerse todas las hermosas vidrieras de colores, al mismo tiempo que del órgano de la catedral se escapaban unas lúgubres y desacompasadas notas que ninguna mano visible producía. Todos se quedaron observando el rostro de Robert al tiempo que las campanas del reloj de la torre volvían a tañer en honor de las tres de la tarde, cuando hacía ya casi media hora que habían sonado dando con puntualidad por primera vez dicha hora. Un cuervo negro surgió de entre las sombras y fue a posarse con majestuosidad sobre el altar. Graznó una, dos, tres veces. Seguidamente calló.

La catedral quedó en silencio. Cuando todos los presentes se volvieron dando la espalda al ataúd, parecían envejecidos, pálidos y moribundos. Un monaguillo, intentando huir horrorizado de aquella visión escalofriante, tropezó con el féretro cayendo al suelo con torpeza. Cuando el sacerdote se acercó a mirar por el cristal, casi se desmaya ante la imagen que allí encontró. El difunto tenía los ojos abiertos, pero su otrora mirada dulce ahora rezumaba ira. Su tibia sonrisa se había evaporado dando paso a un rictus mezcla de odio, rabia y tristeza. Como si hubiera vuelto a respirar, el interior del cristal se había empañado. En la fina capa de vaho que había aparecido, se habían formado tres palabras perfectamente legibles:

“Ella me envenenó”.

 

Juanma Nova García

La Maldición - Un relato de Juanma Nova - Terrority.es

🖊Relato: La Maldición

Pequeñas llamas de fuegos secretos se encienden en los confines del firmamento, allá donde las estrellas dibujan en indescifrables alfabetos los designios de los actos de los hombres. Con la luna nueva el flujo de la marea enfurece a las olas que se agitan y comienzan a romper contra acantilados de recuerdos, perfilando máscaras sombrías y rostros extraños. El día languidece. La tarde expira y trenza arco iris con la lluvia que cae y el sol que la ilumina. Cae la noche como el telón de un teatro prohibido, un telón de orquídeas perversas en un paraíso donde los disfraces son gurús y vigías de los ritos funerarios cuando el alma peregrina se va. Una enrarecida lluvia de pesares y tristezas se queja de su sed y de su hambre; hambre de montañas perdidas y sed de desiertos compungidos. El mundo hace tiempo que ha olvidado y se halla sordo, ciego e insensible al ocaso del sol y al despertar de la luna. Tan sólo queda soledad. Y silencio. Un silencio apenas roto a ratos por el aullido de un lobo o una lechuza ululando al astro de azul y plata.

Es el cauteloso momento que ella ha escogido para su particular e imprevista puesta en escena. Ha esperado con cautela la visita de Morfeo a todos los vecinos del pueblo y desde la montaña más alta, baja ladera abajo con su báculo nacido de la escarcha de la luna y del fuego de las lágrimas del sol. De repente, las campanas de la iglesia comienzan a tañer y se rompe el embrujo del silencio. No se oyen, pero se sienten unos pasos. Alguien se acerca. Alguien que jamás ha sido aceptado por aquel pueblo. No es una noche cualquiera. Es la conmemoración del Samhain, la noche de brujas, y ella desciende sin temor con sus largos cabellos encanecidos por la edad y que se derraman como hilos de meteoro sobre su rostro moreno y arrugado por el azote de la lluvia y el beso del viento. Se dirige al camposanto y allí, entre lápidas y muertos conocidos, se arrodilla. De su voz vieja y quebrada surge una especie de letanía, una oración en la que profetiza y maldice a todos sus antiguos vecinos que aún siguen vivos y pide y ruega porque la soledad que la acompaña desde que la desterraron de allí sea compartida por ellos en todos los años que les resten de vida. Los difuntos allí encadenados a la muerte la escuchan, y en silenciosa procesión se levantan de sus fosas para acercarse a ella. “Ven”, le susurran. “Ven con nosotros”… Ella enfurecida por la ira, escupiendo rabia les planta cara: “¡¡Malditos seáis pobres engendros!! ¡¡Sois igual que los pecadores de este maldito pueblo!!… Pero ¿cómo no ibais a serlo si vosotros mismos fuisteis sus antiguos vecinos y habitantes?¡¡ Los mismos que me lacerasteis la espalda a latigazos!!… ¡¡Dejadme en paz!!”, les grita.

 

La Maldición - un relato de Juanma Nova

Intenta escapar, huir del cementerio. Pero en un breve relámpago de tiempo se ve rodeada por cientos de cadáveres putrefactos y en estado de descomposición. Se acercan a ella, la acarician, la agarran… la empujan al suelo. Le

 susurran palabras prohibidas y olvidadas. Rasgan sus vestidos con deleite hasta dejarla completamente desnuda, desamparada ante el frío invernal. La violan. Se deleitan con el sabor de su sangre. La quieren enterrar viva. Ella se debate, forcejea y lucha, pero no puede hacer nada; su afán de supervivencia se torna impotente ante la fuerza sobrenatural de aquellos muertos desharrapados. A lo lejos, los vecinos del pueblo escuchan ecos lastimeros, huesos que se quiebran, aullidos guturales. Nadie se atreve a asomarse a la ventana, a abrir la puerta. Entre gritos y sollozos, la noche se va consumiendo en sus cenizas.

Tras lo que parece una noche eterna, por fin el alba se asoma en el horizonte. La gente comienza a levantarse y va acudiendo con resignación a la habitual rutina de sus trabajos. Una de esas personas es el sepulturero. Cuando llega al camposanto encuentra las verjas de la puerta de entrada abiertas. Se asoma con temor y sus ojos asombrados apenas pueden dar crédito a la escena que se muestra ante ellos; las lápidas están levantadas y todas las tumbas vacías. En una esquina del cementerio, se ha erigido una enorme montaña de miles de huesos y cráneos humanos. Enterrados en ella y en una postura grotesca, se asoman la cabeza y el torso desgarrados de una anciana. Una docena de cuervos se pelea por arrancarle unos ojos que, con pavor y ya sin vida, parecen contemplar horrorizados algo más allá del vacío…

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🖊Reseña: The Descent (2005)

Película del reino unido dirigida y escrita por Neil Marshall (que venía de dirigir la flojísima Dog Soldiers) con una fotografía de Sam MacCurdy y música a cargo de  David Julyan. Interpretada por Shauna Macdonald,  Natalie Jackson Mendoza,  Alex Reid,  Saskia Mulder, Nora-Jane Noone,  MyAnna Buring,  Oliver Milburn,  Molly Kayll,  Craig Conway.
Seis amigas se reúnen en una remota montaña para emprender una expedición espeleológica. Juno, que dirige al grupo es dura, persuasiva y peligrosa. Las demás son las hermanastras Rebecca y Sam, Holly y Beth, una profesora de inglés que va a regañadientes para cuidar de Sarah. Ésta se está recuperando de un colapso mental causado por la muerte de su marido y su hija un año antes. El grupo queda atrapado en una cueva cuando una roca se desprende y bloquea la salida. Mientras buscan otra salida en medio de un laberinto de túneles, son perseguidas por una raza de hambrientos depredadores…
La película ante todo es un ensalzamiento de la figura femenina, algo inusual en el cine, el único hombre que aparece en ella ha muerto. Que a pesar de sus problemas personales son mujeres fuertes y autosuficientes.
La historia se sustenta ante un hecho dramático y los malsanos vínculos que unen al grupo lo cual es algo que influenciara de forma trágica en el desarrollo de la terrorífica aventura. Sarah necesita este viaje para recuperarse de su colapso mental, las hermanastras, rebecca y Sam mantienen una enfermiza relación de interdependencia mientras que Beth, conocedora del secreto de Juno, se une a la expedición con el único propósito de cuidar de Sarah……
Así la película avanza con unos cimientos sólidos, que de por si son suficientes, con personajes adultos, bien definidos que crean una tensión que se hace más evidente una vez quedan atrapadas en la desconocida cueva……pero esto no es suficiente y, el director, se saca de la manga unos horripilantes seres de pesadilla (llamados por el propio Marshall como los rondadores), una especie de nosferatu modernos. Seres adaptados a vivir/luchar dentro de la cueva.
El encuentro del grupo  con dichos seres se traduce en una, justificada, lucha llena de crueldad, salvajismo y mucha sangre dando lugar a una la regresión mental de la chicas al instinto más primitivo y básico como medio para salvar sus vidas……todo ello narrado de forma espléndida, manteniendo en todo momento la expectación y la tensión, con escenas y momentos recreados con mucha brillantez.
El único pero quizás ese final que, con la pretensión de dejar al espectador  fuera de sí, te deja un pequeño mal sabor de boca aun así de todas no afecta al conjunto de la película.
Brutal, sangrienta, terrorífica, sorprendente, espectacular,  inteligente y madura, sin duda una obra maestra del genero.
* Como es lógico y dada la aceptación de la película (dirigida por el propio Marshall) se realizo una segunda parte, Que si bien no es mala y mantiene el nivel técnico, no alcanza el nivel de su primera parte por varias razones…..la falta de originalidad, los personajes (a excepción de los que repiten de la 1º parte) y en si por no es más un refrito de predecesora.
* viendo sus posteriores trabajos (centurión, doomsday) Marshall no ha vuelto a realizar nada a la altura de esta magnífica película esperamos que algún día se le encienda de nuevo la luz, para disfrute de todos.
Próxima parada - un realto de Juanma Nova - Terrority.es

🖊Relato: Próxima parada

La espeluznante y terrible historia que me dispongo a narrar quizá, por descabellada, parezca no tener el menor sentido. Me interesan los misterios y las llamadas historias del más allá, así como sondear en los más oscuros y recónditos secretos del alma humana. Por eso en ocasiones he metido las narices en asuntos que no eran de mi incumbencia, en lugares donde la gente sufre y donde lo racional y cotidiano se mezcla y confunde con lo inescrutable, lo irracional y la locura.

Estos sucesos me los narró su protagonista hace ya algunos años y estoy convencido de que, hasta entonces, nadie más había sido partícipe de ellos. Por un lado, la lógica me aconseja que no busque explicaciones extrañas ni trate de justificar hechos inverosímiles que, aparentemente, se caen y desmoronan bajo su propio peso. Pero por otra parte, algo en mi interior me asegura que hay algo de cierto en su relato, algo de verdad irrebatible e irrefutable. Y aquí nada tiene que ver mi imaginación desbocada, como tal vez podáis estar pensando. Tampoco mi fantasía don quijotesca por el exceso de lectura. A este respecto, me considero una persona bastante racional y equilibrada, capaz de delimitar la frontera que separa lo fantástico de lo real. Intento observar y calibrar todos los acontecimientos extraños que encuentro de forma objetiva y sin dejarme llevar por emociones o supersticiones.

Pero estoy convencido de la veracidad del suceso y de que, cuando me contaba su historia, aquel hombre no mentía. Y no solo porque sus ojos lloraban, ni porque en todo aquello, tan extraño y terrorífico, pudiera existir algún oscuro misterio que lo justificara. Hay algo más que me reafirma en tal convencimiento. Pero ese algo más os lo contaré tras exponeros el relato de aquel pobre hombre sin ninguna adulteración, tal cual él lo narraba. Así todos podremos tener nuestra propia interpretación de los hechos y acontecimientos mientras escudriñamos algunos de los misterios que acechan bajo el aparente y tranquilo mundo que conocemos.

 

 

 

*   *   *

 

 

 

Hace ya algún tiempo me dirigía una noche, como tantas otras, hacia la boca de Metro correspondiente a la línea que todos los días tomaba para hacer el trayecto desde el lugar donde trabajo hacia mi casa.

     No es aquella una parada demasiado concurrida ni transitada. Más bien podría decirse que es solitaria de más, en especial a la hora nocturna en que yo suelo utilizarla, cerca de la medianoche. Aquella noche no era distinta y la estación se encontraba casi desierta. Pasaron varios minutos sin que apareciera ningún tren. Los usuarios miraban sus relojes con impaciencia. Deseosos, como yo, de marcharse de aquel lugar solitario y llegar cuanto antes a sus hogares.

     En ese momento divisé a mi derecha las luces de la cabina del tren iluminando el oscuro túnel. La luz de los vagones hacía parecer a las ventanas enormes sonrisas blancas. El convoy se detuvo, abrió sus puertas y yo entré en el tercer vagón, que era el que se había detenido a la altura del andén en que yo me encontraba. Estaba casi vacío, así que me senté en uno de los muchos asientos libres que quedaban, dispuesto a relajarme unos minutos antes de llegar a casa.

     Solo cuando sonó el silbato de aviso de partida y el tren cerró sus puertas, reparé en que ninguna de las otras personas que esperaban en la estación había subido a bordo. Es más, seguían leyendo sus revistas y mirando los relojes con impaciencia, como si no hubieran advertido su presencia. Era posible que alguno de ellos estuviera esperando a otra persona, tal vez no tenían prisa… ¡quién podía saberlo! Esos fueron los argumentos que me ofrecí a mí mismo. Se encuentra uno a diario tanta gente extraña a su alrededor que no puede ir por ahí intentando analizar y explicar todo lo que no le parece normal o habitual.

     El tren arrancó e inmediatamente dejó atrás la estación sumergiéndose en las tinieblas del túnel. Había tomado asiento en uno de los extremos del vagón. Miré hacia el otro, tal y como por curiosidad o inercia hacemos casi siempre, para observar al resto de viajeros. Había tres mujeres al otro lado del vehículo, de pie, apoyadas sus espaldas contra la pared del tren y charlando entre ellas. Me sorprendió su actitud en exceso seria y como malhumorada. Las tres llevaban el pelo teñido de negro. Parecían llevar los ojos pintados también de negro, y los labios de morado. Ello contrastaba en exceso con sus rostros, que tenían una palidez cadavérica. Quizá fuera maquillaje, o tal vez se dirigieran a alguna fiesta. La juventud vestía últimamente de manera tan variopinta y desenfrenada que ya casi nada sorprendía o llamaba la atención. Sin duda, podían pertenecer a alguna de esas tribus urbanas góticas que tanto abundaban y estaban de moda por entonces. Dos de ellas llevaban las uñas bastante largas y pintadas también de negro. La tercera llevaba las manos enfundadas en unos impecables guantes blancos.

     El tren continuaba su marcha y nos estábamos acercando a la siguiente estación. Al llegar a ella, comprobé que tampoco había casi nadie en el andén. Se detuvo y abrió sus puertas para dar entrada a los viajeros. Observé que, una vez más, no subía nadie a bordo. El conductor arrancó de nuevo y seguimos nuestra ruta. Ahora el suceso sí que me había producido una cierta inquietud. Rayaba ya en lo más extraño que en dos estaciones seguidas nadie, excepto yo, hubiera subido a aquel tren. Sobre todo, partiendo de la base de que se suponía que la gente que allí aguardaba esperaba precisamente ese tren. Aunque pensé que tal vez todo fuera fruto de una simple, aunque extraña, casualidad… y que no había motivos para preocuparme en exceso.

     Pero en la siguiente parada volvió a repetirse el mismo fenómeno. Tan solo había dos personas, pero ninguna subió a ningún vagón. Iría más lejos y podría afirmar que parecían no fijarse ni ver el vehículo que se detenía justamente frente a ellos. Esa fue la gota que colmó el vaso. Lo que estaba sucediendo allí dentro no parecía nada normal.

     Inquieto, miré hacia el fondo del vagón y vi que las tres mujeres miraban de reojo en mi dirección, manteniendo aquella misma actitud seria e irascible. Empecé a intranquilizarme y aparté la mirada. Ya nos aproximábamos a la siguiente parada y me estaban entrando ganas de bajarme en ella, pese a que no era la que me correspondía. Sin embargo, me contuve. Decidí aguantar pensando que todavía faltaban varias estaciones más y que era una tontería innecesaria perder más tiempo. Esperé deseando subir a alguien. Vana esperanza, nadie lo hizo.

     Volví a echar una ojeada a mis acompañantes femeninas. Seguía percibiendo en ellas algo indefinible que me inspiraba temor y desconfianza. Si bien su indumentaria podía pasar desapercibida en una gran ciudad, había algo extraño en ellas… algo que se me escapaba. Una idea cruzó fugazmente mi mente. No eran disfraces ni indumentarias góticas… más bien parecían de otra época. ¡Eso era, eran trajes antiguos! En esos momentos, atisbé un cierto cambio en su actitud. Ahora me observaban con detenimiento y parecían sonreír con una mueca falsa y burlona que me heló la sangre. En la próxima parada me bajaría y esperaría al siguiente tren. No pensaba seguir allí dentro ni un minuto más.

     Me levanté, pero cuando el tren llegó a la estación no se detuvo. En el andén había gente, pero parecía como si fuésemos invisibles y no advirtiesen nuestro paso. Mis jóvenes acompañantes sonreían cada vez más abiertamente y me sobrecogió la perversidad que parecía esconderse tras aquellas sonrisas de bufón y aquellos ojos pintados y envueltos en sombras. Angustiado, tiré del freno de emergencia, pero el tren no hizo intento alguno de detenerse. Unas carcajadas, entre siniestras y diabólicas, resonaron por todo el vagón arrastrándome hasta el mismísimo abismo y paroxismo de la locura. Las tres mujeres se reían y deleitaban con mi terror. Estaba tan angustiado que no podía pensar con claridad, no sabía qué hacer…

     El tren había cogido una velocidad endiablada, infernal. Pasamos varias paradas más, entre ellas la mía, sin que hiciera el más mínimo ademán de detenerse. Por el contrario, aumentaba cada vez más y más la velocidad. Imposible de describir con palabras el horror que me atenazaba en aquellos momentos. Y la gente de fuera continuaba impasible, sin reparar en nuestra presencia.

     Próximo ya a la desesperación, advertí un ligero movimiento en las jóvenes del fondo. Se estaban acercando hacia mí sin parar de reír. Con lentitud, casi a cámara lenta. Haciendo un esfuerzo de concentración y de autocontrol de mi angustia y mis sentidos, cogí el paraguas (por suerte para mí había llovido aquel día y lo llevaba encima) y con fuerza y decisión golpeé repetidamente una de las ventanas del vagón hasta romper el cristal.

     Ellas seguían acercándose, parsimoniosas como zombis, mostrándome sus sangrientas encías en una sonrisa maquiavélica, alargando sus brazos, que entonces me parecieron enormes, hacia mí. Me encaramé con cuidado a la ventana en el preciso instante en que cruzábamos la siguiente estación. Sin pensarlo dos veces, salté fuera en el preciso momento en que unas largas uñas intentaban aferrar uno de mis tobillos.

     Caí al suelo con estrépito y, tumbado en él, observé como aquel tren del infierno se alejaba a gran velocidad, sumergiéndose entre las sombras mientras, desde la ventana rota, las tres mujeres me miraban con una expresión de infinita rabia, odio y maldad. El resto del tren iba vacío. Pude fijarme en el número pintado en el lateral del vagón: 103. 

     La estación también estaba vacía, así que para mí contrariedad nadie fue testigo de los hechos y de cómo me arrojaba del tren en marcha. Me levanté intentando sosegarme. En un bar cercano tomé un par de copas mientras pensaba en todo lo acontecido. Los huesos me dolían a causa de la caída y el subsiguiente golpe. Pero, por fortuna, parecía no haberme roto ninguno.

     Volví a casa y ya en la cama (eso sí, con la luz encendida, pues la oscuridad devolvía aquellos rostros fantasmales a mi memoria), rodeado de la serenidad y sosiego que proporcionan el descanso y el silencio, repasé mentalmente la película de los hechos que me acababan de acontecer en aquella extraña noche.

     Al día siguiente me dirigí a las oficinas del Metro. Allí pregunté por algún responsable que pudiera informarme sobre un tema relacionado con aquella línea que yo utilizaba. Me pasaron con uno de los jefes de mantenimiento. Inventé una excusa que justificase mi presencia allí y le expliqué a aquel hombre que el día anterior había montado en dicha línea y había perdido la cartera pero que, por casualidad, recordaba el número del tren en el que había viajado. Así que le rogué que mirase si, por suerte, la cartera hubiera aparecido. El número del tren era el 103. Mi interlocutor consultó unos libros y, tras unos minutos, meneó la cabeza negativamente y me dijo:

     —Sin duda debe de tratarse de un error. El tren número 103 fue mandado al desguace hace ya veinte años, después de un terrible accidente en el que perecieron tres chicas jóvenes.

     Asentí, admitiendo que sin duda debía tratarse de un error por mi parte al visualizar el número que vi escrito en el vagón. Le pedí disculpas por las molestias y me despedí cortésmente. Él, por su parte, se brindó con amabilidad a informarme de inmediato si aparecía la cartera.

     El fresco aire matinal despejó en parte mi mente de la conmoción que acababa de sufrir al recibir tan espeluznante información. ¿Cómo podía ser cierto aquello? ¿Cómo podía haber viajado en un tren desguazado veinte años antes? No podía aceptar aquella revelación, así como así. Además, parecía que yo era la única persona capaz de verlo y viajar en él. Por supuesto, ¿cómo iba a subir la gente a bordo si aquel tren no existía? Pero ¿por qué yo si podía? No era capaz de hallar ninguna respuesta lógica o coherente.

     Pasó el tiempo y mi único deseo durante ese periodo fue olvidar el suceso. Me dolía y quemaba su recuerdo, por lo que hice todos los esfuerzos posibles por borrarlo de mi mente. Poco a poco, el trabajo, la rutina y la vida diaria consiguieron que fuera quedando relegado al baúl de los olvidos.

     Pero no he podido volver a subir a ningún vagón de metro o tren. Un par de veces lo he intentado sin conseguirlo. Una terrible sensación de pánico, claustrofobia y ansiedad se apodera entonces de mí. El mero hecho de ver una parada del suburbano me provoca ya un intenso desasosiego.

     Parece ser, al menos hasta donde yo sé, que he sido yo la única persona capaz de ver y subir a ese fantasmagórico vagón de tren. Pero ante todo quiero dejarle claro que nunca he tenido ninguna otra experiencia similar o alucinación. Y por supuesto, crea usted que no me lo invento…

 

 

 

*  *  *

 

 

 

Nunca más he vuelto a ver al desdichado protagonista de la historia. Un hombre cuyo único deseo era dejar, ante todo, demostrada su cordura. Ya he dicho que estoy acostumbrado a escuchar cientos de relatos y sucesos relacionados con el más allá. Algunos son meras invenciones y fraudes de gente deseosa de darse publicidad u obtener pingues beneficios. En ocasiones son meras ilusiones y fantasías. Y hay muchas también producto de la demencia y la locura. Mucha falsedad y demasiada propaganda, ya que todo lo macabro, misterioso o inexplicable vende y puede ser un filón de oro para gente sin escrúpulos, capaz de exprimirlo hasta la saciedad a costa de la ignorancia o desesperación de gente necesitada. El dinero y la codicia pueden llevar al hombre a cruzar los límites más insospechados. Pero tras mucho sondear y bucear en el mundo de lo paranormal, he podido llegar a la conclusión de que hay debajo de ese mundo oscuro mucho más de lo que lo parece y que esas señales que vemos a veces, son tan solo la punta del iceberg.

Aquel hombre no buscaba propaganda o publicidad ya que, tanto en su círculo de amistades como en su puesto de trabajo, donde ocupaba un cargo de relevancia en una importante empresa, lo que menos necesitaba era inventarse y alardear de un suceso de tales características, pudiendo ser tomado por un chiflado y arriesgándose a perder así todo aquello por lo que había luchado y tantos esfuerzos le había costado conseguir.

Tampoco perseguía dinero. Que yo sepa jamás vendió su relato y, según creo, soy el único o uno de los pocos afortunados en conocerlo. Y, como él mismo me confesó, solo buscaba desahogarse, quitarse un peso de encima y hacer a otro partícipe y conocedor de su experiencia. Tales sucesos, cuando se guardan dentro, al igual que sucede con determinados sentimientos, y aunque parezcan muertos, están apenas aletargados y, cuando uno menos lo espera, la más leve corriente de aire los aviva originando el peor de los incendios. Es como si al contarlos, consiguiera uno desprenderse en parte de ellos.

Creo en la historia de aquel hombre. Y no solo por las lágrimas que vertió mientras la contaba, ni por la coherencia que mostró durante todo el relato, donde no se contradijo ni una sola vez pese al interrogatorio a que le sometí. Como ya comentaba al principio del relato, hay algo más. Esta historia me fue referida hace varios años y yo, al igual que su protagonista, ya la había guardado en el cajón del olvido de la memoria. Pero hace cosa de un mes, sucedió algo que me hizo darme de nuevo de bruces con ella.

Me encontraba yo casualmente, pues no utilizo con demasiada frecuencia el transporte público, en la misma línea de metro que protagonizaba nuestra narración. Y no había reparado siquiera en ello hasta que el tren hizo acto de presencia en el andén de la estación. Para mi sorpresa, llegó con más velocidad de la que era habitual si debía, como era su obligación, detenerse allí.

Mi asombro fue aún mayor cuando vi que pasaba de largo. Una tuerca giró entonces sobre otra hasta encajar en el engranaje de mis recuerdos al mismo tiempo que algo en el tren llamaba mi atención. El tercer vagón llevaba una ventana rota. En su interior había tres pálidas mujeres jóvenes vestidas de negro, de pie y en actitud en exceso seria y apesadumbrada. El número pintado en el lateral del vagón era el 103.