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La casa del bosque - Un relato de Juanma Nova - Terrority.es

🖊Relato: La casa del bosque

La gente lo niega, o simplemente no quiere hablar del tema, pero es bien sabido por todos los habitantes que la vieja casa del bosque está encantada. La llamamos así porque está fuera de los límites del pueblo, ya en terreno virgen del bosque, como si éste la hubiera arrebatado a la civilización y se la hubiera llevado a sus dominios. Los más ancianos cuentan que en sus tiempos de niño, estaba al final de la calle de Los Olmos, pero que la naturaleza salvaje se la había ido llevando consigo, lustro a lustro, década tras década. Supongo que en ese punto se ha exagerado demasiado, que ese rapto no es más que una leyenda, un viejo cuento narrado de boca a boca, generación tras generación, junto al calor de la chimenea en las largas y frías noches de invierno. Pero nadie duda de que aquella antigua mansión está hechizada.

En todos los pueblos, aldeas y caseríos dispersos que nos rodean, hasta varios kilómetros a la redonda, no hay una sola persona con dos dedos de frente que tenga la más mínima duda al respecto. Las bromas y la incredulidad se limitan a los cuatro tontos y chiflados de turno; que haberlos, haylos.

Sin duda, pediréis pruebas o evidencias de que el lugar está encantado. Todo el mundo que se acerca hasta aquí desde lejos pide lo mismo. Primero preguntan que dónde está la casa y si pueden acercarse a verla; después te exigen una narración completa de su historia, hechos acontecidos, genealogía de sus diversos inquilinos y curiosidades varias; y por último, te solicitan algún testimonio, cualquier prueba irrefutable de los fenómenos que allí acontecen. ¡Como si uno fuese el causante de los mismos y pudiera convocarlos a su antojo!

Pero tales evidencias están contrastadas por partida doble; en primer lugar, el testimonio de numerosos testigos desinteresados que han aportado detalladas pruebas sonoras, oculares, y hasta en sus propias carnes; en segundo término, el de la propia casa.  Quizás los primeros puedan ser ignorados, rechazados o vilipendiados por cualquiera de las absurdas y diversas teorías u objeciones que se le ocurra plantear al ingenuo o listillo de turno. Pero hay otros muchos hechos que están al alcance de todos, en los límites de la observación de cualquiera, y que pueden probarse y comprobarse.

Para empezar, la casa del bosque no ha sido habitada, o no ha dejado habitarse, por mortal alguno desde hace casi medio siglo, y junto con sus edificios exteriores, un granero, un establo y un pequeño molino, lleva ya décadas de abandono y decadencia; circunstancia que, ya de por sí y sin más argumentos, llama la atención y nadie en su sano juicio se atrevería a ignorar o desdeñar. Como ya he dicho, está alejada del pueblo, a unos quinientos metros del final de la que debería ser, o fue en otro tiempo, su calle correspondiente, y lo más cercano a ella es un antiguo matadero de reses, ya también en desuso y abandonado desde hace más de quince años, al otro lado del final de la calle que, en ese tramo, continúa siendo de piedra. Cuatro tablas irregulares de lo que queda de una valla medio podrida rodean la parcela; algunas zarzas y espinos dispersos con muy mala leche cercan la valla; y una cosecha de pedruscos, hierbas y cardos, de un suelo que hace siglos ha olvidado lo que es la caricia de un arado, arropan a las zarzas y espinos. Aunque si lo que quieren son pruebas, les animo a que tengan el valor y coraje de venir a visitarla. Mientras tanto, deberán conformarse con el siguiente testimonio que les paso a relatar. Al respecto pueden estar convencidos de su veracidad, pues salió en portada de todos los periódicos regionales, y hasta en alguno de tirada nacional. Si quieren comprobarlo, consulten la hemeroteca.

Sucedió en otoño, hace ya cinco años. Era una lluviosa y desapacible tarde cuando apareció en el pueblo aquella pareja de médiums, o como quiera que se llamen esos charlatanes que se dedican a perturbar el descanso de los muertos. Llegaron organizando todo el ruido del mundo, preguntando a cada habitante, husmeando en cualquier rincón. Eran un hombre y una mujer jóvenes. Y por la forma en que se miraban y por la complicidad de sus gestos, apuesto a que estaban prometidos, o eran amantes. No llevaban anillo de matrimonio, así que descarto que estuvieran casados. Pero todo eso son suposiciones mías, claro está. Lo cierto es que querían pasar una o dos noches en el interior de la casa. Para investigar, poner alguna grabadora, magnetófono o artilugio modernos de esos que están tan de moda en los círculos esotéricos. Para intentar contactar con aquello que habitaba la casa. Todo el mundo les dio el mismo consejo y recomendación; que se volvieran por donde habían venido y no hurgaran en aquel lugar.

Pero tras mucho insistir y suplicar, al fin consiguieron obtener el consiguiente permiso del ayuntamiento, que desde hacía casi cincuenta años, y tras la muerte de sus últimos inquilinos y la renuncia a la herencia de sus herederos, era el propietario de la finca. Finca que, huelga la aclaración, no se había conseguido vender o alquilar desde entonces. Y como esta gente que se dedica a la investigación de tan escabrosos temas, son un tanto raros y peculiares y no están del todo muy dentro de sus cabales, decidieron que se iban a encerrar a solas dentro de la casa una noche entera. Pero allá cada cual con sus cosas y demonios…

Me correspondió a mí, como alguacil del consistorio, hacer los honores de darles la bienvenida al lugar y de hacer de guía y anfitrión. La mansión, pese al abandono e inevitable azote de los años, no se encontraba en tan mal estado como se podría suponer. Estaba sucia y muy despintada por el paso del tiempo; maltrecha en algunas zonas y con necesidad de arreglos en muchas otras: pero el interior no estaba en ruinas para llevar tres décadas dejado de la mano de Dios. La mayoría de las ventanas sí que necesitaba la visita del cristalero, ya que la población infantil de varias generaciones había hecho causa común con la variada y numerosa colección de piedras de los alrededores para mostrar la resistencia del vidrio ante su fuerza y puntería.

La casa tiene una altura de tres plantas, ático y sótano, y es de planta casi rectangular. Su fachada delantera posee una única puerta de entrada, flanqueada a los lados por dos ventanas rotas recubiertas de tablones medio podridos por la lluvia. Hay algunas ventanas de los pisos superiores que no están protegidas y que permiten la entrada del sol, la lluvia, el frío y cualquier alimaña que merodee por allí. La maleza y malas hierbas se han adueñado del jardín y, los cuatro árboles que aún sobreviven, parecen viejas osamentas apuntando más al suelo que al cielo.

Ni siquiera el hecho de que fuera en aquella misma morada donde hace medio siglo el Tuerto, nombre por el que se conocía al entonces propietario de la casa por la cuenca vacía de su ojo izquierdo, órgano del que nadie sabía su paradero, decidió cortarles la garganta a su esposa, sus dos hijos y cuatro hijas y también a los tres perros que poseían, antes de volarse la tapa de los sesos con una escopeta, hizo echarse atrás en su empeño a la pareja de cazadores de fenómenos sobrenaturales.

La casa no tenía luz ni agua corriente, pero nada de ello importó a los nuevos huéspedes. Aseguraban que se las apañarían con velas, leña para la chimenea y alguna comida que habían traído consigo. Aparte de ello, cargaban con equipo y material como para llenar un almacén y que a mí me pareció excesivo. Nada más cruzar el umbral de la puerta de entrada, algo maligno, como una fuerza negativa que se aferrara a mi pecho, hizo que se me encogiera el corazón. Cada vez que por mi cargo había tenido que entrar a enseñar la casa a algún posible comprador, o para alguna reparación o labor de mantenimiento, había experimentado la misma inquietante y angustiosa sensación. Así que no me disgustó demasiado que mis acompañantes me dijeran que no necesitaban nada más de mí y que, a partir de aquel momento, se quedaban solos. No me avergüenza decir que salí pitando de allí como alma que lleva el diablo.

Había quedado en pasar a recogerlos a media mañana del día siguiente. Qué habían hecho y cómo lo habían pasado nuestros visitantes dentro de la casa durante aquella noche, fue una pregunta que me formulé en repetidas ocasiones en aquel mismo intervalo de tiempo. Llegué pasado el mediodía, pues había tenido que atender antes algunas cuestiones en el ayuntamiento. Llamé varias veces sin recibir contestación alguna. Supuse que quizás estarían dormidos si habían pasado la noche y la madrugada en vela acechando espíritus descarnados y fantasmas burlones. Así que utilicé mi llave y volví a cruzar de nuevo el escabroso umbral de aquel lugar hechizado. De nuevo me atenazó aquella extraña sensación que me oprimía el pecho, la intuición de que había allí dentro algo siniestro que acechaba, que vigilaba todos mis movimientos, que no me miraba con buenos ojos…

Recorrí toda la planta baja, habitaciones, pasillos, cocina y despensa sin encontrar a ninguno de los huéspedes. Pero casi me rompo el cuello al tropezar varias veces con una caterva de trastos, aparatos y extraños inventos que yo no conocía y que tenían esparcidos y diseminados por todas partes. Subí las desvencijadas escaleras hasta el primer piso. La madera carcomida crujía a cada paso como un coro de almas condenadas en el infierno. Y fue allí, en la primera planta, donde hallé el macabro descubrimiento.

La habitación maldita, como la llamaban todos por ser donde se producía la mayoría de fenómenos extraños, parecía vacía… pero no lo estaba. Cuando mis ojos se acostumbraron a la penumbra, pude distinguir algo en el rincón más alejado de la puerta. Era una figura humana. La mujer estaba acurrucada en una esquina. Me acerqué con cautela y la figura fue definiéndose con mayor claridad. Estaba sentada de espaldas a la pared; las manos con las palmas hacia fuera delante del rostro, como protegiéndose de algo, y los dedos curvados como si fueran garras; tenía el semblante pálido como una máscara, con una expresión de terror indescriptible, la mandíbula desencajada en una mueca grotesca de horror y los ojos desmesuradamente abiertos. Estaba muerta. Su mirada se dirigía al otro extremo de la habitación. No quería volverme. Sin embargo, tenía que hacerlo. Lentamente, como si el mundo se hubiera detenido, me giré hacia atrás. Tampoco me cuesta reconocer que, en aquella ocasión, me oriné encima. El hombre estaba en el suelo, con el cuello degollado. A su alrededor, las figuras fantasmales de tres perros lamían el charco de sangre que se había acumulado a su alrededor.

 

Juanma Nova García

El difunto . Por Juanma Nova. Terrority.es

🖊Relato: El difunto

Robert había muerto.

Su vida había sido plena, feliz y maravillosa. Supo sacar provecho a sus años, pese a que no fueron demasiados. Resumiendo, podría decirse que había vivido. Pero su llama se había apagado de repente. Es curioso cómo algunas almas se marchitan o desvanecen de forma tan sutil, poco a poco, mientras que otras brillan y se apagan furiosas como un relámpago.

Su otrora esbelto cuerpo lleno de vida, descansaba ahora inerme en un opulento ataúd de ébano como si fuera una espléndida estatua griega. Había sido hermoso. A uno al verlo siempre le venía a la cabeza la sugerente definición de hermoso. Su expresión irradiaba algo formidable que siempre inspiró confianza en todos aquellos que se acercaban a él. Sus ojos verdes, grandes y alegres, enamoraron a muchas damas de la sociedad de la época; su sonrisa, afable y embriagadora, se encargó de conquistar los corazones de otras tantas. Pero en el suyo solo hubo amor para una mujer. Ellen.

Los concienzudos y meticulosos preparativos del funeral habían sido tan pulcra y correctamente ejecutados que ni el propio difunto los hubiera dispuesto mejor de haber podido imaginar su funeral. Las exquisitas facciones de su rostro, tal y como podía mostrarse tras el reluciente cristal, seguían ejerciendo una irresistible atracción ante todo aquel que se acercaba a mirar: mostraba una cándida y tierna sonrisa y, aunque la muerte tampoco había sido dolorosa, no parecía apenas desfigurado después del excelente trabajo realizado por los empleados, y a la vez propietarios, de la funeraria.

A las tres en punto de la tarde, sus allegados y amigos iban a reunirse en la catedral de San Patricio para ofrecer un último adiós a un hombre que ya no necesitaba de adioses, allegados ni amigos. Los numerosos presentes se fueron acercando al féretro uno tras otro, en silencio, con aspecto serio y abatido, a derramar sus dolorosas lágrimas sobre el pulido cristal.

Todo había sido demasiado rápido, tan fugaz como un suspiro arrancado a destiempo de unos labios sellados. El ataque al corazón resultó fulminante. Parecía extraño en alguien de aspecto tan saludable, de vida lujosa e intensa, pero al mismo tiempo sana, sin vicios conocidos salvo alguna copa de brandy o vino en la soledad y quietud nocturnas de su biblioteca. Pero cuando La Parca viene a buscar a alguien no da explicaciones de sus motivos. Se lleva su alma y adiós.

La inmensa fortuna de Robert quedaba ahora en su totalidad en manos de su esposa. No habían logrado concebir hijos. Se rumoreaba que ella era estéril y no pudo darle ningún heredero. Pero la verdad en lo referente a este asunto se desconoce. Y lo que se cuenta no son más que las típicas habladurías con que tanto gusta de entretenerse la gente. Tampoco el fallecido contaba con más parientes vivos. Así que Ellen era su única beneficiaria a todos los efectos.

Pasados unos minutos de las tres de la tarde, los asistentes comenzaron a acercarse a la primera fila y, después de ofrecer el ceremonial pésame y consuelo a la afligida viuda, imponente toda vestida de negro y con una palidez de ultratumba que destacaba sobremanera entre aquellos ropajes oscuros que enmarcaban su rostro como un cuadro gótico. Tal y como mandan los cánones, fueron tomando asiento de forma solemne en los inmaculados bancos de madera pulida de la catedral. Entonces llegó el sacerdote y, ante su imponente presencia, el resto de luces y las numerosas velas y cirios parecieron apagarse y dejar de brillar.

Con tono ceremonioso, el ministro de la iglesia comenzó el rutinario elogio de los muertos y su semblante lúgubre, acompañado de aquella letanía pesarosa, parecía ascender y descender, subir y bajar, acercarse y retroceder, como el murmullo de las olas meciendo un mar compungido. El fúnebre día parecía oscurecerse más y más a medida que hablaba; una pesada cortina de oscuras nubes ensombreció el cielo y las frías y tristes gotas de lluvia no tardaron en hacer también acto de presencia en el funeral. Era como si el cielo también quisiera llorar la muerte de Robert.

Tras un discurso casi interminable, el reverendo concluyó la eucaristía con una oración por el alma de los difuntos; se cantó un himno solemne, y los que iban a ocuparse de llevar el féretro a hombros ocuparon sus respectivos lugares junto al mismo. Entonces los apagados sollozos de la viuda se transformaron en compungidos lamentos que inundaron todos los huecos, recorriendo los laterales y arcos de la nave y subiendo hasta la bóveda donde reverberaron de forma lastimera.

Al tiempo que las últimas notas y compases del himno se extinguían con un eco apagado, Ellen corrió hacia el ataúd, se arrojó sobre el cristal y comenzó a llorar de un modo histérico que heló el corazón a todos los presentes. Un par de monaguillos y varias conocidas suyas intentaron ofrecerle consuelo y darle ánimos, con lo que poco a poco se fue calmando y recobrando la compostura. Mientras el sacerdote la instaba a acompañarla de vuelta a su asiento, los ojos de Ellen buscaron de nuevo el rostro de Robert bajo el cristal. Entonces se llevó las manos a la cara y, dando un alarido de pánico y horror, cayó al suelo perdiendo el conocimiento.

Como un resorte, los dolientes corrieron hacia el púlpito, precipitándose sobre el féretro. Un trueno retumbó en el exterior, haciendo estremecerse todas las hermosas vidrieras de colores, al mismo tiempo que del órgano de la catedral se escapaban unas lúgubres y desacompasadas notas que ninguna mano visible producía. Todos se quedaron observando el rostro de Robert al tiempo que las campanas del reloj de la torre volvían a tañer en honor de las tres de la tarde, cuando hacía ya casi media hora que habían sonado dando con puntualidad por primera vez dicha hora. Un cuervo negro surgió de entre las sombras y fue a posarse con majestuosidad sobre el altar. Graznó una, dos, tres veces. Seguidamente calló.

La catedral quedó en silencio. Cuando todos los presentes se volvieron dando la espalda al ataúd, parecían envejecidos, pálidos y moribundos. Un monaguillo, intentando huir horrorizado de aquella visión escalofriante, tropezó con el féretro cayendo al suelo con torpeza. Cuando el sacerdote se acercó a mirar por el cristal, casi se desmaya ante la imagen que allí encontró. El difunto tenía los ojos abiertos, pero su otrora mirada dulce ahora rezumaba ira. Su tibia sonrisa se había evaporado dando paso a un rictus mezcla de odio, rabia y tristeza. Como si hubiera vuelto a respirar, el interior del cristal se había empañado. En la fina capa de vaho que había aparecido, se habían formado tres palabras perfectamente legibles:

“Ella me envenenó”.

 

Juanma Nova García

La Maldición - Un relato de Juanma Nova - Terrority.es

🖊Relato: La Maldición

Pequeñas llamas de fuegos secretos se encienden en los confines del firmamento, allá donde las estrellas dibujan en indescifrables alfabetos los designios de los actos de los hombres. Con la luna nueva el flujo de la marea enfurece a las olas que se agitan y comienzan a romper contra acantilados de recuerdos, perfilando máscaras sombrías y rostros extraños. El día languidece. La tarde expira y trenza arco iris con la lluvia que cae y el sol que la ilumina. Cae la noche como el telón de un teatro prohibido, un telón de orquídeas perversas en un paraíso donde los disfraces son gurús y vigías de los ritos funerarios cuando el alma peregrina se va. Una enrarecida lluvia de pesares y tristezas se queja de su sed y de su hambre; hambre de montañas perdidas y sed de desiertos compungidos. El mundo hace tiempo que ha olvidado y se halla sordo, ciego e insensible al ocaso del sol y al despertar de la luna. Tan sólo queda soledad. Y silencio. Un silencio apenas roto a ratos por el aullido de un lobo o una lechuza ululando al astro de azul y plata.

Es el cauteloso momento que ella ha escogido para su particular e imprevista puesta en escena. Ha esperado con cautela la visita de Morfeo a todos los vecinos del pueblo y desde la montaña más alta, baja ladera abajo con su báculo nacido de la escarcha de la luna y del fuego de las lágrimas del sol. De repente, las campanas de la iglesia comienzan a tañer y se rompe el embrujo del silencio. No se oyen, pero se sienten unos pasos. Alguien se acerca. Alguien que jamás ha sido aceptado por aquel pueblo. No es una noche cualquiera. Es la conmemoración del Samhain, la noche de brujas, y ella desciende sin temor con sus largos cabellos encanecidos por la edad y que se derraman como hilos de meteoro sobre su rostro moreno y arrugado por el azote de la lluvia y el beso del viento. Se dirige al camposanto y allí, entre lápidas y muertos conocidos, se arrodilla. De su voz vieja y quebrada surge una especie de letanía, una oración en la que profetiza y maldice a todos sus antiguos vecinos que aún siguen vivos y pide y ruega porque la soledad que la acompaña desde que la desterraron de allí sea compartida por ellos en todos los años que les resten de vida. Los difuntos allí encadenados a la muerte la escuchan, y en silenciosa procesión se levantan de sus fosas para acercarse a ella. “Ven”, le susurran. “Ven con nosotros”… Ella enfurecida por la ira, escupiendo rabia les planta cara: “¡¡Malditos seáis pobres engendros!! ¡¡Sois igual que los pecadores de este maldito pueblo!!… Pero ¿cómo no ibais a serlo si vosotros mismos fuisteis sus antiguos vecinos y habitantes?¡¡ Los mismos que me lacerasteis la espalda a latigazos!!… ¡¡Dejadme en paz!!”, les grita.

 

La Maldición - un relato de Juanma Nova

Intenta escapar, huir del cementerio. Pero en un breve relámpago de tiempo se ve rodeada por cientos de cadáveres putrefactos y en estado de descomposición. Se acercan a ella, la acarician, la agarran… la empujan al suelo. Le

 susurran palabras prohibidas y olvidadas. Rasgan sus vestidos con deleite hasta dejarla completamente desnuda, desamparada ante el frío invernal. La violan. Se deleitan con el sabor de su sangre. La quieren enterrar viva. Ella se debate, forcejea y lucha, pero no puede hacer nada; su afán de supervivencia se torna impotente ante la fuerza sobrenatural de aquellos muertos desharrapados. A lo lejos, los vecinos del pueblo escuchan ecos lastimeros, huesos que se quiebran, aullidos guturales. Nadie se atreve a asomarse a la ventana, a abrir la puerta. Entre gritos y sollozos, la noche se va consumiendo en sus cenizas.

Tras lo que parece una noche eterna, por fin el alba se asoma en el horizonte. La gente comienza a levantarse y va acudiendo con resignación a la habitual rutina de sus trabajos. Una de esas personas es el sepulturero. Cuando llega al camposanto encuentra las verjas de la puerta de entrada abiertas. Se asoma con temor y sus ojos asombrados apenas pueden dar crédito a la escena que se muestra ante ellos; las lápidas están levantadas y todas las tumbas vacías. En una esquina del cementerio, se ha erigido una enorme montaña de miles de huesos y cráneos humanos. Enterrados en ella y en una postura grotesca, se asoman la cabeza y el torso desgarrados de una anciana. Una docena de cuervos se pelea por arrancarle unos ojos que, con pavor y ya sin vida, parecen contemplar horrorizados algo más allá del vacío…

Próxima parada - un realto de Juanma Nova - Terrority.es

🖊Relato: Próxima parada

La espeluznante y terrible historia que me dispongo a narrar quizá, por descabellada, parezca no tener el menor sentido. Me interesan los misterios y las llamadas historias del más allá, así como sondear en los más oscuros y recónditos secretos del alma humana. Por eso en ocasiones he metido las narices en asuntos que no eran de mi incumbencia, en lugares donde la gente sufre y donde lo racional y cotidiano se mezcla y confunde con lo inescrutable, lo irracional y la locura.

Estos sucesos me los narró su protagonista hace ya algunos años y estoy convencido de que, hasta entonces, nadie más había sido partícipe de ellos. Por un lado, la lógica me aconseja que no busque explicaciones extrañas ni trate de justificar hechos inverosímiles que, aparentemente, se caen y desmoronan bajo su propio peso. Pero por otra parte, algo en mi interior me asegura que hay algo de cierto en su relato, algo de verdad irrebatible e irrefutable. Y aquí nada tiene que ver mi imaginación desbocada, como tal vez podáis estar pensando. Tampoco mi fantasía don quijotesca por el exceso de lectura. A este respecto, me considero una persona bastante racional y equilibrada, capaz de delimitar la frontera que separa lo fantástico de lo real. Intento observar y calibrar todos los acontecimientos extraños que encuentro de forma objetiva y sin dejarme llevar por emociones o supersticiones.

Pero estoy convencido de la veracidad del suceso y de que, cuando me contaba su historia, aquel hombre no mentía. Y no solo porque sus ojos lloraban, ni porque en todo aquello, tan extraño y terrorífico, pudiera existir algún oscuro misterio que lo justificara. Hay algo más que me reafirma en tal convencimiento. Pero ese algo más os lo contaré tras exponeros el relato de aquel pobre hombre sin ninguna adulteración, tal cual él lo narraba. Así todos podremos tener nuestra propia interpretación de los hechos y acontecimientos mientras escudriñamos algunos de los misterios que acechan bajo el aparente y tranquilo mundo que conocemos.

 

 

 

*   *   *

 

 

 

Hace ya algún tiempo me dirigía una noche, como tantas otras, hacia la boca de Metro correspondiente a la línea que todos los días tomaba para hacer el trayecto desde el lugar donde trabajo hacia mi casa.

     No es aquella una parada demasiado concurrida ni transitada. Más bien podría decirse que es solitaria de más, en especial a la hora nocturna en que yo suelo utilizarla, cerca de la medianoche. Aquella noche no era distinta y la estación se encontraba casi desierta. Pasaron varios minutos sin que apareciera ningún tren. Los usuarios miraban sus relojes con impaciencia. Deseosos, como yo, de marcharse de aquel lugar solitario y llegar cuanto antes a sus hogares.

     En ese momento divisé a mi derecha las luces de la cabina del tren iluminando el oscuro túnel. La luz de los vagones hacía parecer a las ventanas enormes sonrisas blancas. El convoy se detuvo, abrió sus puertas y yo entré en el tercer vagón, que era el que se había detenido a la altura del andén en que yo me encontraba. Estaba casi vacío, así que me senté en uno de los muchos asientos libres que quedaban, dispuesto a relajarme unos minutos antes de llegar a casa.

     Solo cuando sonó el silbato de aviso de partida y el tren cerró sus puertas, reparé en que ninguna de las otras personas que esperaban en la estación había subido a bordo. Es más, seguían leyendo sus revistas y mirando los relojes con impaciencia, como si no hubieran advertido su presencia. Era posible que alguno de ellos estuviera esperando a otra persona, tal vez no tenían prisa… ¡quién podía saberlo! Esos fueron los argumentos que me ofrecí a mí mismo. Se encuentra uno a diario tanta gente extraña a su alrededor que no puede ir por ahí intentando analizar y explicar todo lo que no le parece normal o habitual.

     El tren arrancó e inmediatamente dejó atrás la estación sumergiéndose en las tinieblas del túnel. Había tomado asiento en uno de los extremos del vagón. Miré hacia el otro, tal y como por curiosidad o inercia hacemos casi siempre, para observar al resto de viajeros. Había tres mujeres al otro lado del vehículo, de pie, apoyadas sus espaldas contra la pared del tren y charlando entre ellas. Me sorprendió su actitud en exceso seria y como malhumorada. Las tres llevaban el pelo teñido de negro. Parecían llevar los ojos pintados también de negro, y los labios de morado. Ello contrastaba en exceso con sus rostros, que tenían una palidez cadavérica. Quizá fuera maquillaje, o tal vez se dirigieran a alguna fiesta. La juventud vestía últimamente de manera tan variopinta y desenfrenada que ya casi nada sorprendía o llamaba la atención. Sin duda, podían pertenecer a alguna de esas tribus urbanas góticas que tanto abundaban y estaban de moda por entonces. Dos de ellas llevaban las uñas bastante largas y pintadas también de negro. La tercera llevaba las manos enfundadas en unos impecables guantes blancos.

     El tren continuaba su marcha y nos estábamos acercando a la siguiente estación. Al llegar a ella, comprobé que tampoco había casi nadie en el andén. Se detuvo y abrió sus puertas para dar entrada a los viajeros. Observé que, una vez más, no subía nadie a bordo. El conductor arrancó de nuevo y seguimos nuestra ruta. Ahora el suceso sí que me había producido una cierta inquietud. Rayaba ya en lo más extraño que en dos estaciones seguidas nadie, excepto yo, hubiera subido a aquel tren. Sobre todo, partiendo de la base de que se suponía que la gente que allí aguardaba esperaba precisamente ese tren. Aunque pensé que tal vez todo fuera fruto de una simple, aunque extraña, casualidad… y que no había motivos para preocuparme en exceso.

     Pero en la siguiente parada volvió a repetirse el mismo fenómeno. Tan solo había dos personas, pero ninguna subió a ningún vagón. Iría más lejos y podría afirmar que parecían no fijarse ni ver el vehículo que se detenía justamente frente a ellos. Esa fue la gota que colmó el vaso. Lo que estaba sucediendo allí dentro no parecía nada normal.

     Inquieto, miré hacia el fondo del vagón y vi que las tres mujeres miraban de reojo en mi dirección, manteniendo aquella misma actitud seria e irascible. Empecé a intranquilizarme y aparté la mirada. Ya nos aproximábamos a la siguiente parada y me estaban entrando ganas de bajarme en ella, pese a que no era la que me correspondía. Sin embargo, me contuve. Decidí aguantar pensando que todavía faltaban varias estaciones más y que era una tontería innecesaria perder más tiempo. Esperé deseando subir a alguien. Vana esperanza, nadie lo hizo.

     Volví a echar una ojeada a mis acompañantes femeninas. Seguía percibiendo en ellas algo indefinible que me inspiraba temor y desconfianza. Si bien su indumentaria podía pasar desapercibida en una gran ciudad, había algo extraño en ellas… algo que se me escapaba. Una idea cruzó fugazmente mi mente. No eran disfraces ni indumentarias góticas… más bien parecían de otra época. ¡Eso era, eran trajes antiguos! En esos momentos, atisbé un cierto cambio en su actitud. Ahora me observaban con detenimiento y parecían sonreír con una mueca falsa y burlona que me heló la sangre. En la próxima parada me bajaría y esperaría al siguiente tren. No pensaba seguir allí dentro ni un minuto más.

     Me levanté, pero cuando el tren llegó a la estación no se detuvo. En el andén había gente, pero parecía como si fuésemos invisibles y no advirtiesen nuestro paso. Mis jóvenes acompañantes sonreían cada vez más abiertamente y me sobrecogió la perversidad que parecía esconderse tras aquellas sonrisas de bufón y aquellos ojos pintados y envueltos en sombras. Angustiado, tiré del freno de emergencia, pero el tren no hizo intento alguno de detenerse. Unas carcajadas, entre siniestras y diabólicas, resonaron por todo el vagón arrastrándome hasta el mismísimo abismo y paroxismo de la locura. Las tres mujeres se reían y deleitaban con mi terror. Estaba tan angustiado que no podía pensar con claridad, no sabía qué hacer…

     El tren había cogido una velocidad endiablada, infernal. Pasamos varias paradas más, entre ellas la mía, sin que hiciera el más mínimo ademán de detenerse. Por el contrario, aumentaba cada vez más y más la velocidad. Imposible de describir con palabras el horror que me atenazaba en aquellos momentos. Y la gente de fuera continuaba impasible, sin reparar en nuestra presencia.

     Próximo ya a la desesperación, advertí un ligero movimiento en las jóvenes del fondo. Se estaban acercando hacia mí sin parar de reír. Con lentitud, casi a cámara lenta. Haciendo un esfuerzo de concentración y de autocontrol de mi angustia y mis sentidos, cogí el paraguas (por suerte para mí había llovido aquel día y lo llevaba encima) y con fuerza y decisión golpeé repetidamente una de las ventanas del vagón hasta romper el cristal.

     Ellas seguían acercándose, parsimoniosas como zombis, mostrándome sus sangrientas encías en una sonrisa maquiavélica, alargando sus brazos, que entonces me parecieron enormes, hacia mí. Me encaramé con cuidado a la ventana en el preciso instante en que cruzábamos la siguiente estación. Sin pensarlo dos veces, salté fuera en el preciso momento en que unas largas uñas intentaban aferrar uno de mis tobillos.

     Caí al suelo con estrépito y, tumbado en él, observé como aquel tren del infierno se alejaba a gran velocidad, sumergiéndose entre las sombras mientras, desde la ventana rota, las tres mujeres me miraban con una expresión de infinita rabia, odio y maldad. El resto del tren iba vacío. Pude fijarme en el número pintado en el lateral del vagón: 103. 

     La estación también estaba vacía, así que para mí contrariedad nadie fue testigo de los hechos y de cómo me arrojaba del tren en marcha. Me levanté intentando sosegarme. En un bar cercano tomé un par de copas mientras pensaba en todo lo acontecido. Los huesos me dolían a causa de la caída y el subsiguiente golpe. Pero, por fortuna, parecía no haberme roto ninguno.

     Volví a casa y ya en la cama (eso sí, con la luz encendida, pues la oscuridad devolvía aquellos rostros fantasmales a mi memoria), rodeado de la serenidad y sosiego que proporcionan el descanso y el silencio, repasé mentalmente la película de los hechos que me acababan de acontecer en aquella extraña noche.

     Al día siguiente me dirigí a las oficinas del Metro. Allí pregunté por algún responsable que pudiera informarme sobre un tema relacionado con aquella línea que yo utilizaba. Me pasaron con uno de los jefes de mantenimiento. Inventé una excusa que justificase mi presencia allí y le expliqué a aquel hombre que el día anterior había montado en dicha línea y había perdido la cartera pero que, por casualidad, recordaba el número del tren en el que había viajado. Así que le rogué que mirase si, por suerte, la cartera hubiera aparecido. El número del tren era el 103. Mi interlocutor consultó unos libros y, tras unos minutos, meneó la cabeza negativamente y me dijo:

     —Sin duda debe de tratarse de un error. El tren número 103 fue mandado al desguace hace ya veinte años, después de un terrible accidente en el que perecieron tres chicas jóvenes.

     Asentí, admitiendo que sin duda debía tratarse de un error por mi parte al visualizar el número que vi escrito en el vagón. Le pedí disculpas por las molestias y me despedí cortésmente. Él, por su parte, se brindó con amabilidad a informarme de inmediato si aparecía la cartera.

     El fresco aire matinal despejó en parte mi mente de la conmoción que acababa de sufrir al recibir tan espeluznante información. ¿Cómo podía ser cierto aquello? ¿Cómo podía haber viajado en un tren desguazado veinte años antes? No podía aceptar aquella revelación, así como así. Además, parecía que yo era la única persona capaz de verlo y viajar en él. Por supuesto, ¿cómo iba a subir la gente a bordo si aquel tren no existía? Pero ¿por qué yo si podía? No era capaz de hallar ninguna respuesta lógica o coherente.

     Pasó el tiempo y mi único deseo durante ese periodo fue olvidar el suceso. Me dolía y quemaba su recuerdo, por lo que hice todos los esfuerzos posibles por borrarlo de mi mente. Poco a poco, el trabajo, la rutina y la vida diaria consiguieron que fuera quedando relegado al baúl de los olvidos.

     Pero no he podido volver a subir a ningún vagón de metro o tren. Un par de veces lo he intentado sin conseguirlo. Una terrible sensación de pánico, claustrofobia y ansiedad se apodera entonces de mí. El mero hecho de ver una parada del suburbano me provoca ya un intenso desasosiego.

     Parece ser, al menos hasta donde yo sé, que he sido yo la única persona capaz de ver y subir a ese fantasmagórico vagón de tren. Pero ante todo quiero dejarle claro que nunca he tenido ninguna otra experiencia similar o alucinación. Y por supuesto, crea usted que no me lo invento…

 

 

 

*  *  *

 

 

 

Nunca más he vuelto a ver al desdichado protagonista de la historia. Un hombre cuyo único deseo era dejar, ante todo, demostrada su cordura. Ya he dicho que estoy acostumbrado a escuchar cientos de relatos y sucesos relacionados con el más allá. Algunos son meras invenciones y fraudes de gente deseosa de darse publicidad u obtener pingues beneficios. En ocasiones son meras ilusiones y fantasías. Y hay muchas también producto de la demencia y la locura. Mucha falsedad y demasiada propaganda, ya que todo lo macabro, misterioso o inexplicable vende y puede ser un filón de oro para gente sin escrúpulos, capaz de exprimirlo hasta la saciedad a costa de la ignorancia o desesperación de gente necesitada. El dinero y la codicia pueden llevar al hombre a cruzar los límites más insospechados. Pero tras mucho sondear y bucear en el mundo de lo paranormal, he podido llegar a la conclusión de que hay debajo de ese mundo oscuro mucho más de lo que lo parece y que esas señales que vemos a veces, son tan solo la punta del iceberg.

Aquel hombre no buscaba propaganda o publicidad ya que, tanto en su círculo de amistades como en su puesto de trabajo, donde ocupaba un cargo de relevancia en una importante empresa, lo que menos necesitaba era inventarse y alardear de un suceso de tales características, pudiendo ser tomado por un chiflado y arriesgándose a perder así todo aquello por lo que había luchado y tantos esfuerzos le había costado conseguir.

Tampoco perseguía dinero. Que yo sepa jamás vendió su relato y, según creo, soy el único o uno de los pocos afortunados en conocerlo. Y, como él mismo me confesó, solo buscaba desahogarse, quitarse un peso de encima y hacer a otro partícipe y conocedor de su experiencia. Tales sucesos, cuando se guardan dentro, al igual que sucede con determinados sentimientos, y aunque parezcan muertos, están apenas aletargados y, cuando uno menos lo espera, la más leve corriente de aire los aviva originando el peor de los incendios. Es como si al contarlos, consiguiera uno desprenderse en parte de ellos.

Creo en la historia de aquel hombre. Y no solo por las lágrimas que vertió mientras la contaba, ni por la coherencia que mostró durante todo el relato, donde no se contradijo ni una sola vez pese al interrogatorio a que le sometí. Como ya comentaba al principio del relato, hay algo más. Esta historia me fue referida hace varios años y yo, al igual que su protagonista, ya la había guardado en el cajón del olvido de la memoria. Pero hace cosa de un mes, sucedió algo que me hizo darme de nuevo de bruces con ella.

Me encontraba yo casualmente, pues no utilizo con demasiada frecuencia el transporte público, en la misma línea de metro que protagonizaba nuestra narración. Y no había reparado siquiera en ello hasta que el tren hizo acto de presencia en el andén de la estación. Para mi sorpresa, llegó con más velocidad de la que era habitual si debía, como era su obligación, detenerse allí.

Mi asombro fue aún mayor cuando vi que pasaba de largo. Una tuerca giró entonces sobre otra hasta encajar en el engranaje de mis recuerdos al mismo tiempo que algo en el tren llamaba mi atención. El tercer vagón llevaba una ventana rota. En su interior había tres pálidas mujeres jóvenes vestidas de negro, de pie y en actitud en exceso seria y apesadumbrada. El número pintado en el lateral del vagón era el 103.

Cruce de caminos - Un relato de Juanma Nova - Terrority.es

🖊Relato: Cruce de caminos

Mi nombre es Hans Bauman Kleiber. Quiero relatar, en el escaso margen de tiempo del que aún dispongo, los extraños y misteriosos acontecimientos que me han acontecido en los tres últimos días. He de escribir con premura, pues debo salir de este tenebroso lugar antes de que se ponga el sol. Otra noche más aquí, y quizá no vuelva a contemplar un nuevo amanecer.

     Comencé mi viaje desde Hannover, mi ciudad natal, con destino a Hamburgo hace cinco días. Voy a visitar a Annika, mi prometida, con la que, si el Altísimo me ayuda, tengo previsto contraer matrimonio la próxima primavera. Al segundo día de viaje mi caballo sufrió un percance y perdió la herradura de una de sus patas traseras. Por suerte, a solo media hora de trayecto, había una pequeña aldea con una herrería. Cambié la pieza a mi montura y, como ya caía la noche, el amable herrero me recomendó una pequeña posada que había en un cruce de caminos un poco más adelante y donde podría conseguir cama y comida. El único inconveniente es que tendría que desviarme de mi ruta un par de millas hacia el oeste; pero tal contrariedad quedaba compensada de sobra con la apetitosa recompensa de una cena caliente y un cómodo lecho donde descansar.

     Llegué al albergue poco antes de la puesta de sol. Dejé al caballo bebiendo en el abrevadero y entré en la posada. Era un lugar sucio y maloliente. Aunque más que oler mal, olía raro. Un extraño aroma que me era del todo desconocido. Las paredes eran de piedra y supuraban grasa y suciedad. Y el suelo estaba lleno de barro y pisadas. Las cuatro personas, incluido el posadero, que había en el interior, me lanzaron miradas hostiles y recelosas cuando crucé el umbral. Pero, de entre todas ellas, me causó especial molestia e inquietud la de un joven que había sentado al fondo de la estancia, en una larga mesa que solo ocupaba él. Rondaría mi edad, unos veinticinco años, aunque era más alto y corpulento. Iba embutido hasta el cuello en una larga y exquisita capa roja con exóticos adornos en el cuello y las mangas. Su larga melena rubia estaba pulcra y concienzudamente peinada hacia atrás. Y su mirada… Su mirada fue la que heló mis huesos hasta el tuétano: fría, hostil, despiadada. Me siguió con ella desde la entrada hasta que llegué a la barra de la taberna. Podría decirse que aquella mirada rezumaba deleite y locura.

     Intenté ignorarla pese a que sentía aquellos ojos helados clavados en mí, desgarrando mi espalda. Pedí una jarra de cerveza, pan, queso y un plato de estofado caliente. Después de la cena, solicité una habitación y pagué la comida y el alojamiento. Antes de ir a dormir, me volví a mirar hacia el rincón, pero estaba vacío. El misterioso huésped había desaparecido, aunque no vi a nadie moverse ni escuché la puerta abrirse o cerrarse tras de mí.

     El dormitorio estaba en la misma planta baja, al fondo de un largo pasillo. Y fue allí donde sucedió el primero de los extraños acontecimientos. Estaba cansado y el sueño me vencía, así que no me fijé demasiado en el mobiliario, ni en la disposición de este, al entrar en mi alcoba. La escasa luz de la vela que me prestó el posadero tampoco ayudaba demasiado. Pero creo recordar que había una ventana a la derecha de la cama, y que por ella se colaba algo de luz. La suficiente para iluminar débilmente un cuadro que había en el lado opuesto. Era el retrato de un hombre joven, de fríos ojos azules como el hielo y melena rubia. El mismo rostro del misterioso hombre que me había escudriñado al entrar al local. Era una mirada perversa y enloquecida, ciega de ira y odio. Me costó una eternidad lograr conciliar el sueño pese al cansancio que acumulaba. Aunque, cuando lo conseguí, dormí de un tirón y no recuerdo ningún sueño de aquella noche. Lo realmente inverosímil sucedió al despertar, cuando me percaté de que no había ninguna ventana a la derecha ni retrato alguno a mi siniestra. Donde yo había ubicado el retrato la noche anterior, era donde ahora estaba la ventana. Entonces, si en la pared no había retrato, ¿qué era el rostro que yo había estado contemplado hasta dormirme? ¿Alguien asomado a la ventana? ¿Aquel joven me había estado observando desde fuera mientras yo dormitaba?

     Cuando pregunté sobre el tema al dueño de la posada, evitó mirarme a los ojos y respondió con evasivas. Me contó que no conocía mucho a aquel joven; pasaba por allí de vez en cuando, como cualquier otro viajero. Y no existía ningún retrato, tan solo la ventana que daba al bosque. Así que continué con mis dudas: ignoraba si hubo alguien espiándome desde fuera o fueron imaginaciones mías. Decidí olvidarme del tema. Almorzaría y continuaría mi viaje. Pero he aquí que, después de tomar un cuenco de gachas de avena y una cerveza, me noté sin fuerzas y adormecido. Ya me sentí cansado desde que llegué al comedor como si, pese a haber dormido, mi cuerpo y mente no hubieran descansado. Me encontraba somnoliento y, al ir a levantarme del asiento, me tambaleé como un borracho y casi caigo al suelo. Era incapaz de dar dos pasos seguidos, y así no podía montar tampoco a caballo. La cabeza me daba vueltas y sentí vértigo, náuseas y mareo. Así que pagué al posadero un día más de alojamiento y regresé a mi cuarto.

     Pasé todo el día y la noche en un extraño duermevela, sin saber con certeza cuándo estaba despierto y cuándo dormía. Debido a la fiebre, o algo más, no podía pensar con claridad. Soñé con Annika, con la que debía reunirme al día siguiente; soñé con una extraña ciudad donde siempre era de noche y sus casas parecían enormes mausoleos; y soñé con extrañas criaturas que se alimentaban de sangre humana. Una de las veces que desperté, o creí hacerlo, encontré al posadero intentando hacerme beber de un gran cuenco lo que parecía sopa caliente. En otra ocasión, vi dos figuras en mi habitación, hablando entre ellas y mirando en mi dirección. Y entre las tinieblas de la madrugada, creí ver también al hombre rubio de gélidos ojos. Me sonrió y pude ver cómo asomaban de su boca dos colmillos afilados y prominentes mientras volvía a perderme entre sudores, imágenes inconexas y pesadillas.

     Desperté al día siguiente con la mente más despejada y mi cuerpo casi recuperado por completo. Pero había algo que no encajaba. Mis sentidos estaban mucho más despiertos: notaba mil olores distintos de manera vívida e intensa, y podía escuchar el zumbido de una mosca que aleteaba en el exterior de la ventana como si la tuviera dentro del oído. Un picor recorría también el lado izquierdo de mi cuello. Me levanté y saqué de mi maleta un pequeño espejo de bolsillo. Tenía aquella zona enrojecida y dos pequeñas incisiones encima de la yugular. Al mismo tiempo, mi rostro se encontraba pálido y demacrado como si, de golpe, hubiese envejecido quince años.

     Había oído los rumores de extrañas razas de la noche que habitaban por aquella zona y que se alimentaban de sangre humana, pero jamás les otorgué el menor crédito. Sin embargo, los acontecimientos de los dos últimos días… Me levanté dispuesto a marcharme enseguida de allí. Pero en cuanto recorrí el pasillo y estaba llegando al comedor de la posada, me volvieron los mareos y aquella extraña sensación de falta de fuerzas. Fui incapaz de llegar hasta la puerta y tuve que sentarme en el banco de madera que había adosado a la pared. Era como si una fuerza invisible me retuviera e impidiera avanzar. Me desvanecí y lo siguiente que recuerdo es estar de nuevo tumbado en aquel camastro, envuelto en brumas y pesadillas. En una de ellas, aquel joven extraño de mirada fantasmal estaba sentado a horcajadas sobre mí: sonreía mientras se acercaba a mi cuello para clavarme aquellos afilados colmillos y arrebatarme parte de mi sangre y existencia.

     He vuelto a despertar fresco como una rosa, con mis sentidos aún más agudizados que ayer. Sé que, con artes demoníacos, esa criatura me está robando la vida y el alma cada noche. Sé también que hay una fuerza poderosa e invisible que protege la salida, algún tipo de extraño conjuro o magia negra que me impide huir. Así que no volveré a acercarme a la taberna de la posada. He decidido escapar por la ventana, coger mi caballo y dejar atrás este sitio maldito. Espero conseguirlo con la ayuda de Dios, pero si no es así aquí dejo mi desdichado testimonio por si alguien lo encontrara. Si es así, que busque a Annika, mi prometida, y le haga llegar estas últimas palabras. Que sepa que la amo con todo mi corazón y que la esperaré, si no es en esta vida, en cualquier otra.

 

H.B.K.

 

 

Un par de semanas después, el cuerpo de Hans fue encontrado por un cazador en un claro del bosque. Tenía varias incisiones en el cuello y le habían extraído toda la sangre del cuerpo. Sus facciones estaban desencajadas en una grotesca mueca de horror. En el interior de uno de los bolsillos de su chaqueta se encontró esta misiva. La extraña aldea con la herrería y la posada del cruce de caminos no se hallaron jamás.

El rostro del miedo - Un relato de Juanma Nova - Terrority.es

🖊Relato: El rostro del miedo

Creí que, tras llevar décadas recorriendo estos interminables y sinuosos pasillos, aparte de conocerlos de memoria, sabía todo cuanto hay que conocer sobre mi oficio. Y aún más… Pero, como tantas otras veces, me equivocaba. Es el mío un empleo curioso, que requiere sigilo, cuidado y muchas horas de obstinada dedicación. Pero el tiempo nunca supuso un problema… ¡Ah, el tiempo!¡Ese engañoso artificio del ser humano para intentar controlar lo incontrolable!¡Tengo tanto que nunca sé si es poco!

Como contaba, creí que conocía de memoria las ruinosas estancias de este antiguo y laberíntico caserón, que no existía ni una sola habitación, escalera o rincón que no hubiera explorado ya una y mil veces; que no había nada que escapara a mi registro y control. Siempre había pensado que todo aquello era mío. No es así, claro está. Pero es un lugar abandonado… y yo su único habitante y guardián; así que con el paso de los años su vida se había convertido en parte de mí… del mismo modo que, recíprocamente, mi alma había pasado a formar parte de la suya. Por lo tanto, me sentía amo, dueño y señor de todo lo que hubiera entre aquellas paredes y lo que sus mil y un escondites y recovecos pudieran albergar.

Para empezar, el silencio era mío; la oscuridad era mía, el perpetuo abandono, la soledad… incluso el espeso aire enrarecido y viciado y aquella insoportable humedad de catacumba que calaba hasta el tuétano de los huesos eran también míos. Mis sufridas articulaciones, la maltrecha cadera y mis cansadas y gastadas rodillas pueden dar fe de ello. También están las crueles pesadillas y el desasosiego; los monstruos y sus perversiones… Pero eso queda para otro día, para otro relato, si estos pobres dedos siguen en condiciones de sujetar una pluma.

Malditos y escabrosos pasillos; el frío es un estilete a cada paso, y el peor frío no es el que se filtra por las grietas de los muros, sino el que queda tras la gélida estela de mis pasos. Y es que dicen que los de nuestro oficio somos de condición solitaria y carácter huraño e irascible; celosos hasta la saciedad de nuestra causa y de sus secretos y misterios. Así debe ser. Y así era hasta que sentí por vez primera… ¿miedo?

Descansaba yo en mis aposentos, tumbado en un viejo diván. Era media mañana, pero de un día gris y lluvioso de finales de otoño, con lo que no difería en mucho de un oscuro atardecer. Además, las cortinas de terciopelo carmesí permanecían echadas sobre los amplios ventanales, con lo que en la estancia no se filtraba atisbo alguno de luz. Estaba a punto de dormirme, deambulando en ese extraño duermevela que separa la vigilia del sueño profundo. Fue entonces cuando noté un ligero movimiento, un apenas perceptible cambio en la ondulación de la corriente de aire. Entreabrí ligeramente los ojos, pero permaneciendo quieto, paralizado, inmóvil… Frente a mí comenzó a dibujarse el contorno de una silueta y dentro de ella, unos ojos, lentos e insomnes… pero manteniéndome siempre y en todo momento dentro de su ángulo visual. No era un sueño, estoy convencido de ello. Cerré los puños apretando las uñas contra las palmas de mis manos para asegurarme de que podía sentir el dolor, que estaba despierto. Recuerdo la escena como si la estuviera viviendo ahora mismo. La sombra se acerca. Sigilosa, con cautela… inclinándose sobre mi rostro. Noto el roce repulsivo y nauseabundo de su hálito como un escalofrío. Contengo el aliento e intento detener las pulsaciones de mi corazón simulando estar muerto. Permanece una eternidad en aquella posición, estático, acechante. Parece no verme.

Entonces, y tras no poder aguantar más la respiración, exhalo una bocanada de aire. La extraña abominación se percata entonces de mi presencia, abre unos ojos enormes y se gira abriendo de forma grotesca sus fauces, olfateando con sus fosas nasales la oscuridad y mi silencio. Profiere un escalofriante y aterrador alarido. La sangre se hiela en mis venas. Mi corazón pide auxilio. Vacío mis pulmones con sigilo, exhalando el alma del interior. Noto la hiel en el estómago y su regusto amargo en la garganta. Me dejo llevar, como si un último hálito escapara de mis entrañas, buceando entre la penumbra hasta envolver con un aura olivácea el rostro de aquel engendro…

Al fin la aparición se esfuma. Todo parece volver a la calma y cotidianidad de siempre. Pero algo ha cambiado. Noto que aquellas estancias y sótanos tan familiares ya no me pertenecen del todo. Pongo todos mis sentidos en la calma quieta de la noche, en un silencio roto solo a intervalos regulares por el sempiterno repiqueteo del agua de lluvia sobre las losas de la entrada. Con su hipnótica letanía mi oído vuelve a captar un sonido; el eco cercano de unos pasos furtivos sobre el suelo de piedra. De quién se trata, cómo, cuándo y de dónde vino, y qué quiere aquí, es algo que no puedo saber ni entender. Algo que aún me parece inconcebible. Y aunque mi pensamiento no pueda aceptarlo como real, me hace recordar cosas que obviamente ya había olvidado hace mucho tiempo.

¿Miedo?

Sí, vuelvo a sentirlo. Pese a nuestra condición, los espíritus descarnados no estamos libres de experimentar también el miedo.

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🖊Relato: El Trueque

(27 de Ooctubre del año 1537. Castillo de Leap, Condado de Offaly, Irlanda)

 

 

Era ya noche cerrada cuando una enorme aldaba resonó con fuerza tres veces en el interior del castillo. El sirviente miró a su señor, quien permanecía sentado en una butaca de la biblioteca. Éste hizo un ademán afirmativo y el criado salió hacia la puerta de acceso al patio de armas. James O’Carroll se levantó tras él. Era alto y fuerte, como todos los de su clan. Sus facciones angulosas daban a su rostro un aspecto severo. Tal era su carácter, frío y autoritario. La mirada gélida de aquellos ojos verdes infundía respeto, cuando no temor. Y los mechones de cabello rojo le caían en cascada por la espalda como ríos de sangre. Otro elemento distintivo de su linaje. Era el lord del castillo y de todas las tierras anexas: tal y como lo había sido de sus antepasados desde que los antiguos O’Carroll colocaran sus primeras piedras allá por el año 1250 de nuestro señor.

Las enormes puertas de entrada chirriaron y se abrieron. Cuatro soldados franquearon el umbral. Portaban a hombros un ataúd poco más grande que el de un niño. Era de madera blanca. Se detuvieron frente a su señor. A un gesto de éste, depositaron el féretro en el suelo. A otra señal de su lord, uno de ellos se adelantó y abrió la tapa con una palanca de hierro. Lord O’Carroll se desmoronó entonces, llorando y balbuceando sobre el cuerpo que allí descansaba.

—¡Cairenn! ¡Mi bella y adorada Cairenn! —exclamó entre sollozos.

Lady Cairenn había sido su esposa. Acababa de fallecer dos días antes víctima de unas repentinas y violentas fiebres. Hacía tan sólo tres meses que habían contraído matrimonio y James no era capaz de aceptar que aquello hubiera sucedido. Estaba perdidamente enamorado de ella. Le había arrebatado el corazón y la voluntad desde el mismo día que la conoció, hacía ya dos primaveras. Además, pocos días antes le había dado la noticia de que llevaba el fruto de su semilla creciendo dentro de su vientre. Maldecía a Dios por aquello. Y no estaba dispuesto a acatar sus designios e incomprensibles castigos, así como así. ¿Por qué? ¿Por qué a él que le había servido humildemente durante toda su vida? El entierro se había celebrado aquella misma tarde. Señores y nobles, condes y duques de toda Irlanda habían acudido a mostrar sus respetos y condolencias a Lord O’Carroll. Pero nada más marcharse ordenó a cuatro de sus soldados que, en cuanto el sol se hubiera puesto tras las colinas de Offaly, levantaran la tumba y desenterraran el féretro con cuidado de no ser vistos por nadie, y lo llevaran de vuelta al castillo.

Cuando hubo recobrado la compostura, ordenó a los soldados que volvieran a levantar el ataúd y le siguieran. Atravesaron varias salas enormes y otros tantos pasillos cuyas paredes adornaban enormes tapices de imágenes de caza y retratos de todos sus antepasados. A la derecha del último pasillo había una puerta ovalada que abrió con una llave medio oxidada. Tras ella, unas escaleras descendían hacia un piso inferior. Había antorchas colocadas a intervalos regulares a ambos lados, pero aun así la visibilidad era escasa. Las escaleras eran anchas, pero para cuatro hombres con un cargamento a hombros no lo eran tanto, así que descendieron despacio y con extremo cuidado. Tras las escaleras, una sala de la que se bifurcaban varios pasadizos. Siguieron el último de la izquierda. Al final de este, otra puerta cerrada con llave y más escaleras hacia las profundidades, esta vez más estrechas. Siguieron el mismo ritual de pasadizos laberínticos y escaleras otros tres niveles más, cada vez más angostos, retorcidos y sinuosos. En total, se habían adentrado cinco pisos en el interior de los subterráneos del castillo. Ninguno de los soldados podía imaginar que bajo sus pies hubiera tantos niveles. Era una construcción de enorme complejidad, pues era casi una misma ciudad de pasadizos y escaleras bajo tierra. Se detuvieron frente a una pequeña poterna. Pensaron que tal vez allí se encontraban las catatumbas o criptas secretas donde el señor quería depositar los restos de su amada esposa, junto a los restos de otros ilustres antepasados. Pero lo que O’Carroll les dijo los dejo confundidos y consternados.

—Otros soldados han bajado hasta aquí desde siglos pasados. Algunos compañeros vuestros están ahí dentro y otros incluso en niveles inferiores. Pero para vosotros es la primera vez. Habéis prestado juramento de servirme hasta el fin de mis días y de jamás revelar nada de lo que suceda puertas adentro de la fortaleza. Sabéis lo que les ocurre a los que infringen las normas, así que no creo necesario recordáoslo. Esa promesa adquiere más relevancia aquí abajo. Os he escogido a vosotros porque sois cuatro de mis más valientes y leales guerreros. Porque tengo plena confianza en vosotros. Y porque no podía prescindir de ninguno de los soldados que permanecen ahí dentro, y que hasta ahora no conocéis. Pero debía bajar hasta aquí a Lady Cairenn, y yo solo no podía hacerlo. Así que esta es la importante y secreta misión de la que os hablaba esta tarde. Y de la que obtendréis vuestra debida y generosa recompensa, si todo sale bien.

»Vamos a cruzar ese umbral —prosiguió James O’Carroll tras una breve pausa—. Sé que sois soldados valientes, curtidos en mil batallas. Sé que habéis visto horrores inimaginables, que habéis participado en misiones cruentas y sanguinarias, que habéis contemplado sucesos espantosos en la guerra. Pero lo que hay tras esa puerta es distinto. Es probable que no estéis preparados. Nadie lo está. Ni siquiera yo lo estoy, pese a haberme enfrentado a ello en incontables ocasiones. Pase lo que pase, sed fuertes. No os voy a decir que no tengáis miedo, pues yo mismo no puedo evitarlo. Pero no lo mostréis. Si alguien o algo se dirigiese a vosotros, ignorarlo. Dejadme hablar sólo a mí. Si queréis rezar, hacedlo. Pero no os servirá de mucho. Os puedo asegurar que Dios nunca ha cruzado esa puerta.».

Lord O’Carroll llamó varias veces, con breves intervalos y distinto número de golpes en cada ocasión. Sin duda era una contraseña. Al momento se oyeron varios cerrojos que se descorrían y una llave que giraba en su cerradura. La poterna se abrió. Tras ella, dos soldados se recortaron sobre el umbral, saludando a su señor. Iban vestidos con la armadura correspondiente: yelmo, cota de malla, sobreveste, escudo, gruesos guantes, pesadas botas de cuero…  y estaban armados hasta los dientes. Su lord les devolvió el saludo y se apartaron cada uno hacia un lado. Pasó entre ellos y los soldados que portaban el ataúd le siguieron. Entraron en una especie de enorme celda horadada en la tierra. Era más bien una cueva de dimensiones inimaginables y aspecto dantesco. Otro soldado abrió una reja oxidada que también atravesaron. Había escasa visibilidad, pero otro oficial estaba encendiendo con una tea algunas antorchas que había dispuestas en las paredes. La luz se fue haciendo en el interior, iluminando la estancia.

En el lateral más cercano de la galería se fueron definiendo los contornos de dos siluetas. Se encontraban amarradas a la pared con gruesas cadenas y enormes grilletes. Uno era una especie de hombre, por llamarlo de alguna manera. No tenía cabello y en su piel macilenta se mezclaban tonos de cerúleo y gris. De su boca surgían afilados colmillos, como los de una fiera salvaje. Sus ojos eran redondos, su iris verde y su pupila vertical, como la de un gato. Y el cuerpo era puro músculo. Mediría más de dos metros y, por su fuerza y tamaño, podría acabar con todos los soldados que había allí dentro en un santiamén. Por suerte las cadenas y los grilletes eran fuertes y le anclaban sin compasión a la roca de la gruta. Bufó cuando O’Carroll entró en la celda. A su lado había algo parecido a una mujer. Tal vez su compañera. Era algo más pequeña que él, pero aun así de colosal envergadura. Su piel era algo más sonrosada, pero con algunos tonos de verde oscuro y escamas como un lagarto. El pelo lacio y oscuro como el ébano le llegaba hasta las caderas. Y sus ojos… Sus ojos eran la propia ausencia de ellos. Dos pozos negros sin pupila que se perdían en la larga noche de los tiempos. Parecía no ver nada, pero vislumbraba cosas que nadie ha visto ni verá jamás. Rio con ganas cuando todos estuvieron dentro. Era una risa gutural y terrorífica.

—¡Mors secuta est vobis! —recitó en latín una voz áspera y profunda desde el otro extremo de la galería. Todos se volvieron hacia aquella letanía de ultratumba que dejaba entrever sabiduría, astucia y maldad. La criatura que allí permanecía prisionera era la más aterradora de las tres. De mayor altura incluso que la primera. Y sus colmillos, más largos y afilados. Su piel era oscura, como castigada por eones de tiempo, y agrietada. El cabello le caía en largos mechones irregulares y dispersos a ambos lados del rostro y su amplia espalda. De sus ojos emanaban iridiscencias de rojo, amarillo, verde y negro. Fugaz como un relámpago, una lengua bífida como la de una serpiente se asomó un momento por entre los colmillos para perderse de nuevo en el interior de aquella monstruosa boca. Su aparato genital era masculino, un enorme miembro viril más propio de una bestia que de un hombre, pero como también poseía dos generosos pechos no podría asegurarse con certeza a qué género pertenecía. Los cuatro soldados tragaron saliva y depositaron el féretro en el suelo, tal y como les indicó su señor. Les había dicho que no mostraran temor, pero no pudieron evitarlo. No era miedo, sino un terror gélido que les iba subiendo por la espalda, aferrándose a la nuca y atenazando todos sus músculos. Intercambiaron miradas inquietas entre ellos.

—Conoce bien la muerte aquél que se nutre de ella —contestó James O’Carroll a la abominable criatura.

—¿A cuántos de tus congéneres, jóvenes y adultos, hombres y mujeres, inocentes o culpables, has arrebatado tú la vida? No puedes esconderte de tus crímenes y horrores.  Tampoco salvarte de tus pecados. No eres mejor que yo. No eres mejor que nosotros. Tan sólo somos distintos —El engendro arrastraba despacio las palabras, con un acento metálico y perturbador. Volvió sus ojos para mirar a Lady Cairenn—. ¿Me traes un regalo en ese ataúd? Es hermosa, sin duda. Y muerta, lo es aún más—dijo relamiéndose los labios con aquella monstruosa lengua bífida. Las dos criaturas del otro extremo sisearon también como reptiles. Entonces otro coro de aullidos, rugidos y gritos inhumanos reverberó en toda la estancia. ¿De dónde procedían aquellos nuevos lamentos? Los soldados se encogieron y miraron hacia la dirección de la que parecían provenir. No se fijaron al entrar, pues habían quedado petrificados ante la visión de aquellos seres inmundos. Pero ahora pudieron ver con claridad que de la parte del fondo de la caverna surgía un tenue resplandor. Allí había un agujero protegido con fuertes barrotes de hierro. En su interior se veía el principio de un nuevo tramo de escaleras que descendía hasta otros niveles inferiores. Los gritos lastimeros y desgarradores les helaron la sangre. ¿Era posible que, aún más abajo, hubiera criaturas más atroces y deleznables que aquellas que sus atónitos ojos estaban contemplando?

—Tu voz les sigue poniendo de mal humor. Y les abre el apetito —dijo el lord con una tímida sonrisa.

—Sabía que ella iba a morir —replicó la bestia ignorando su comentario y los alaridos de los engendros a los que O’Carroll se refería— ¿Tú no? ¿No escuchaste el lamento de la Banshee la otra madrugada? —Le mostró una mueca grotesca y despiadada— ¿A qué has venido?

—Vengo a hacer un trueque, Caorthannach —Por primera vez O’Carroll se dirigía al monstruo por lo que parecía ser su nombre. Tras pronunciarlo, las criaturas que moraban más abajo se agitaron aún más y los lamentos desgarradores se convirtieron en demoníacos.

—No pronuncies mi nombre. No eres digno de hacerlo —Lo fulminó durante unos momentos con una mirada de la que brotaban llamas—. Llevo aquí más de cien años, desde que tu bisabuelo me puso estos grilletes. Él sí que era un gran hombre. Quizá el único por el que he sentido cierto respeto en toda mi larga existencia. Nadie más tuvo el valor de enfrentarse a mí, aunque es cierto que lo hizo con cierta y notable ayuda. Pero eso no le resta valor —Hizo una pausa escrutando la mirada gélida de su oponente—.  Vuestro linaje ha ido perdiendo sabiduría y vigor con el paso del tiempo. Ni tu padre fue ni tú serás nunca la mitad de hombre que él. Sí, más de cien años aquí confinado, comiendo los restos de cabras y alimañas que nos traéis, soportando sus alaridos ahí abajo… ¿y ahora, de repente, quieres hacer un trueque? La verdad es que me intriga tu petición. ¿Qué pretendes ofrecer que pueda interesarme? ¿Y qué pides tú a cambio?

—Su vida por tu libertad —dijo señalando al cuerpo inerme de Lady Cairenn que descansaba en el interior del ataúd. Hubo unos momentos de silencio tras lo cual la bestia estalló en guturales carcajadas. Las otras dos criaturas se unieron a él en un coro enloquecedor. La figura femenina sacó la lengua a uno de los soldados. No era reptiliana como la del otro, pero no por ello menos espantosa. Pese a su apariencia humana, estaba cortada por la mitad, como si la hubieran cercenado en dos mitades con un cuchillo. Cada una de las dos tenía vida independiente de la otra. Mientras una se lamía la mejilla derecha, la mitad izquierda giraba en círculos obscenos. El soldado apartó la mirada a punto de vomitar.

—¡Vaya, debe de haberte causado una honda impresión! Es cautivadora, lo reconozco. ¿Pero tanto como para llevar a su hombre a cometer una locura semejante? Debe de haberte proporcionado placeres prohibidos y maravillosos para que me pidas algo así. ¡Cuéntame! ¡Háblame de esos placeres!

—¡Su vida por tu libertad! —repitió Lord O’Carroll de nuevo, esta vez con más firmeza, haciendo caso omiso de las provocaciones.

—¡No sabes nada de la vida y de la muerte joven O’Carroll! ¡No funciona así! —exclamó Caorthannach hecho una furia— ¡La vida y la muerte no son juegos ni magia barata! ¿A qué crees que estás jugando? ¿Juegas a ser Dios?

—¡Tu libertad! —Volvió a exclamar sin inmutarse ante las palabras de la abominación— Llevas más de un siglo soñando con ella. Puedes obtenerla esta misma noche. ¿No la anhelas? —Le miró a los ojos desafiante— ¡Sé que puedes hacerlo! ¡Lo sé!

—¡Mi libertad y la de mis hijos! —afirmó autoritario tras unos momentos de reflexión y silencio, sosteniéndole la mirada, obligándole a evitarla— No me iré de aquí sin ellos. No la tendrás si no me los devuelves…

—El trueque es tú por ella. Vida por vida, nada más. Es lo que te ofrezco.

—No estás en situación de imponer condiciones. Cada minuto que pasa será más difícil traerla de vuelta. El tiempo juega en tu contra.

—Tú tampoco estás en condiciones de negociar. Sigues siendo mi prisionero. Soy yo el que negocia. Te ofrezco tu libertad por algo muy concreto. ¡No hay otro trato! —concluyó.

—¿Y si me niego? —preguntó Caorthannach sonriendo y volviendo a mostrar su lengua viperina.

—¡Les ofreceré a tu querida Deargdue a ellos! —La sonrisa del engendro se congeló en sus labios. Sus ojos restallaron látigos de ira y fuego.

—¡No puedes hacer eso! —gritó.

—¡Claro que puedo! Están hambrientos y la recibirán de buen grado. Y más tratándose de un bocado tan anhelado, especial y suculento para ellos. Y si su hambre no se sacia del todo con ella, les daré también a tu adorado Faoladh. Y mientras tanto, tú seguirás pudriéndote aprisionado tras esas cadenas mientras escuchas a tus hijos aullar de dolor y sufrimiento —El hijo aludido se removió en sus grilletes tras ser nombrado. Aulló como una bestia acorralada y las paredes de la cueva se estremecieron. Los soldados se encogieron y agruparon entre ellos. El pavor se reflejaba en sus semblantes.

—¿Ves como no eres muy diferente de nosotros? —le reprochó Caorthannach— Os enorgullecéis hablando de la nobleza humana y despreciando a cualquier otra raza que no sea la vuestra llamándola vil e inmunda. En el fondo sois como cualquier otra, utilizáis toda arma a vuestra disposición, incluso las más deleznables, para satisfacer vuestros deseos y anhelos o lograr los propósitos que perseguís. Dime, ¿quién está siendo ahora cruel y despreciable? Te aprovechas de nuestra situación, me pides algo horrible y maldito a los ojos de los vuestros y me amenazas con el sacrificio de mis hijos si no te satisfago. ¿Y después sales a las puertas de tu castillo y te llamas a ti mismo noble y señor? —Escupió a los pies de Lord O’Carroll y se irguió cuanto pudo de espaldas a la pared. Su porte era imponente—. ¿Tendrías el valor de pedirme lo mismo sin estas cadenas?

—Sabes que no —le contestó sin sombra alguna de duda—. Tampoco estaríamos en igualdad de condiciones de hacerlo. Puedo ser cruel. Puedo ser injusto. Puedo ser muchas cosas, pero no soy estúpido. No te lo repetiré más: su vida por tu libertad.

—Eres consciente de que, si me das la libertad, volveré a buscarlos. De que no cejaré en mi vida hasta que los libere, por muchos hechizos, conjuros y encantamientos que otras criaturas hayan puesto a tus puertas y a estos hierros. No descansaré hasta que los lleve conmigo, extermine a lo que tienes ahí abajo y no quede una sola piedra en pie de tu hogar.

—Llegados a ese punto, si tengo que enfrentarte como mis antepasados, lo haré. Pero ahora tenemos un trueque que hacer. ¿Qué me dices? —La criatura le sostuvo la mirada unos interminables momentos, y finalmente asintió.

—¡Lo haré! —exclamó— Pero ya te he dicho que las cosas no funcionan así. Ella no volverá a ser la misma mujer que conociste. No se regresa del más allá sin pagar un precio. Su alma ya ha sido entregada a otros. Volverá sin ella. Lo que encuentres quizá no te agrade demasiado, pero sí así lo quieres…

—Con tenerla de vuelta me es suficiente…

—¡Quítame entonces estas argollas!

—Si intentas cualquier treta o artimaña, los soldados que hay abajo tienen la orden inmediata de dejar en libertad aquello que más temes. Nosotros moriremos. Pero vosotros también. Y no quieres eso, ¿verdad? A mí, sin ella, la vida me da igual Y mis soldados han jurado morir protegiéndome. Y sé que así lo harán. Pero tú no quieres morir. Y tampoco quieres ver morir a tu descendencia. No llevas milenios caminando sobre la faz de la tierra para desvanecerte de esa forma. Y mucho menos a manos de tu ancestral enemigo. ¡Así que al menor indicio o sospecha de un movimiento amenazante o temerario por tu parte, todos moriremos en este día; aquí y ahora!

—Los mayores tramposos son los que más temen a las trampas. ¡Bájame de aquí! Te daré lo que me has pedido, y luego me iré por esa puerta. Lo que suceda después con lo que despierte de ese cuerpo, es cosa tuya. ¡Y hoy no, pues dejaré que disfrutes de tu amada… pero volveré!

—¡Qué así sea! —sentenció. Los dos soldados con armadura que habían permanecido allí custodiando a los cautivos, se acercaron al monstruo a una señal de su lord. Asustados ante la cercanía de aquel ser, asqueados ante el olor nauseabundo que despedía, pero aun así firmes y decididos. Uno a uno, fueron abriendo los grilletes y liberaron las cadenas de sus argollas hasta que al fin quedó libre. Retrocedieron asustados cuando la enorme criatura se puso en pie. Todos echaron mano a la empuñadura de sus espadas, prestos a cualquier movimiento amenazador. Caorthannach se enderezó. Era una criatura esplendida y majestuosa pese a todo lo abominable que había en ella. Crujió uno a uno todos los huesos de su espantoso cuerpo y miró a sus hijos. Les habló en un idioma gutural y desconocido. Ellos asintieron y respondieron algo en la misma lengua. A continuación, se volvió hacia Lord O’Carroll.

—Te arrepentirás de esto más allá de tu vida y de tu muerte —Se acercó al ataúd que descansaba en el suelo. Los soldados se apartaron como si la misma Muerte les hubiera acariciado el rostro. Se agachó sobre el cuerpo sin vida de Lady Cairenn. Inhaló el hedor de la putrefacción. Se deleitó con él. Relamió sus labios con su lengua siseando de placer. Y finalmente, hundió los largos colmillos en su cuello. Chupó su sangre estanca y corrompida. La tragó. Sus ojos brillaron, rojos como ascuas encendidas. Dejó que aquella sangre nueva recorriera todas sus venas y arterias, bombeara desde su corazón y recorriera la enorme complejidad del sistema nervioso de su cuerpo. Y después, a través de los mismos orificios que había abierto en la piel de la dama, insufló parte de la antigua y legendaria sangre en su interior, como una transfusión, insuflándole vida. Una vida maldita a los ojos de Dios.

Cuando se retiró del cuello de Lady Cairenn, su boca chorreaba sangre. Permaneció de rodillas, contemplando su rostro. James O’Carroll y los soldados se acercaron también a mirar. Atemorizados, pero al mismo tiempo sedientos de curiosidad. No parecía haber ningún cambio en la mujer. Salvo, tal vez, un poco más de color en sus mejillas. Sí, sin duda estaban más sonrosadas. Entonces, la sangre nueva de aquel ser llegó a su corazón y éste volvió a la vida. Primero entre estertores y latidos débiles y arrítmicos. Pero, poco a poco, fueron ganando en fuerza y ritmo hasta que se estabilizaron. El aire volvió a sus pulmones y, milagrosamente, volvió a respirar. En esos momentos abrió los ojos. Los soldados ahogaron gritos de horror y espanto, de sorpresa y alegría. Su señor se arrodilló junto a su amada, tomándola de las manos.

—¡Mi señora! ¡Estáis viva! —exclamó entre sollozos— ¿Podéis escucharme? — Lady Cairenn miraba a su alrededor confundida, como un bebé recién nacido que no comprendiera nada de aquel mundo nuevo que se mostraba ante él.

—Acaba de regresar del vacío y la oscuridad —explicó el ser—. Ha perdido su alma. Y carece por completo de recuerdos. No se acuerda de vos ni de nada de su vida anterior. Ya os lo advertí. No volveréis a recuperar a la mujer que se fue. Tendréis que enseñarle todo de nuevo. Y aprenderá despacio, mucho más lentamente que un niño. Aun así, dudo mucho de que sea capaz de volver a amar. Ni a vos ni a nadie. No obstante, es lo que queríais. Y ahí la tenéis. He cumplido mi parte, os toca hacer lo mismo con la vuestra.

—Como os prometí, sois libre —le contestó incorporándose—. Ninguna cadena os retiene. Conocéis el castillo tan bien como yo. Incluso mejor. Así que creo que seréis capaz de hallar la salida sin que os acompañe hasta la puerta. Salid ahora que la noche aún os ampara.

—¡Volveré O’Carroll! ¡Y entonces lamentarás haberme tenido cautivo! ¡Y lamentarás todavía más haberme liberado!

Dio media vuelta y pasó entre los soldados. Siseó y estos se encogieron asustados como un roedor ante una serpiente. La bestia rio. Carcajadas que parecían lamentos. Era cualquier cosa menos el sonido de una risa de este mundo. Se agachó para pasar por la oquedad de la celda. Abrió la puerta de la galería y se perdió escaleras arriba. Claro que conocía la salida. Se sabía de memoria aquellos pasadizos y galerías. Llevaban allí desde milenios antes de que unos antiguos humanos, más sabios que los de ahora, decidieran construir un castillo para aprovechar las energías telúricas que emanaban de aquel enclave. Querían aprovechar su magia y su poder. Pero no contaban con los numerosos seres que habitaban en las profundidades y a los que despertaron de un antiguo letargo.

Cuando salió a la noche, los lobos aullaron. No era un saludo. Gemían de miedo. Los búhos y las lechuzas se encogieron en sus ramas. Los cuervos escondieron su cabeza bajo las alas y los murciélagos regresaron a sus cuevas. Toda criatura viviente se alejó de su camino. Sólo un reptil que salió de entre las piedras se alegró de escuchar sus pasos. Trepó por sus piernas y se enroscó en torno a su pecho. Era una serpiente roja y negra de dos cabezas. Las dos sisearon al mismo tiempo. Caminó ladera abajo. Las hierbas y plantas que pisaba se secaban a su paso. Cruzó un arroyo cuyas aguas humearon e hirvieron. La luna se escondió tras una nube. Y su silueta se fue perdiendo en la distancia.

Mientras tanto, en el subterráneo del castillo, James O’Carroll había recobrado el aplomo y la compostura. Había ordenado a dos de sus soldados que subieran a Lady Cairenn a sus aposentos y que, a su vez, diesen órdenes a sus sirvientas de que la bañaran, alimentasen y metieran en la cama sin hacer preguntas. Él permaneció un rato allí, dando instrucciones a los guardias que debían quedarse a custodiar a Deargdue y Faoladh. A continuación, se dispuso a abandonar la enorme caverna, acompañado de los otros dos soldados que habían bajado con él. El de mayor graduación se detuvo y le preguntó a su señor.

—Mi Lord, ¿qué otras criaturas son las que se escuchan más abajo? — O’Carroll lo miró con tristeza. Una nube de aprensión y dolor cruzó su rostro. Le puso una mano en el hombro a su capitán.

—Mejor no quieras saberlo —Dio media vuelta y se encaminó escaleras arriba. En su dormitorio le esperaba su amada Lady Cairenn. Añoraba su feliz reencuentro, ignorante aún de que Caorthannach, finalmente, sí le había engañado. No le había devuelto a su esposa, la había transformado en una criatura de su raza. Ella se encargaría de prepararle el majestuoso y triunfal regreso a su antiguo hogar.

 

Juanma Nova

Tocata y fuga - Un relato de Juanma Nova - Terrority.es banner

🖊Relato: Tocata y fuga

La vieja mansión de Villa Olmedo, levantada como si fuese un castillo en aquella colina que coronaba la ciudad, estaba encantada. Al menos eso es lo que siempre escuché cuando era niño. El caserón había pertenecido a varias generaciones familiares desde hacía más de dos siglos. Se contaban historias terribles que acontecieron entre sus muros. La más sangrienta afirmaba que una señora llamada Isabel se volvió loca y asesinó a machetazos a sus tres queridas hermanas varias décadas atrás. También se decía que el señor Andrés se voló los sesos delante de su familia, o que una sirvienta se colgó del roble que había en la parte trasera de la finca. Nadie sabía si aquellas historias eran ciertas o tan solo habladurías de la gente, muy propicia por aquel entonces a adornar sucesos corrientes y vestirlos de leyenda. Lo que sí es cierto es que Tomás, el niño de don Luis Olmedo y doña Elena, se partió el cuello al caerse en extrañas circunstancias por las escaleras de la primera planta. Poco después, su madre se quitó la vida lanzándose al vacío desde la ventana del ático. Don Luis no pudo superar aquella tragedia y puso tierra de por medio marchándose a vivir a Inglaterra. La casa estaba en venta desde entonces, pero, dos décadas después, seguía sin ser habitada.

Hasta que un servidor decidió alquilarla. El administrador de la finca se ofreció a acompañarme a la casa el primer día, pero decliné su invitación. Me entregó un enorme manojo de llaves medio oxidadas. Llegué frente a la verja de entrada y suspiré mirando aquellas ventanas que bostezaban abandono y soledad. Liberé los incontables candados que aseguraban las pesadas cadenas y recorrí un camino de tierra. Al abrir el portón principal, las fauces de la casa exhalaron un aliento fúnebre de muerte y desconsuelo. Aquel vestíbulo daba paso a un patio interior a semejanza de los antiguos palacios, con un precioso empedrado de losas enormes y una escalinata de piedra que ascendía hasta una suerte de invernadero ahora habitado por insectos y malas hierbas. Una cúpula de vidrio, ensombrecida por lustros de excrementos de pájaros y palomas, parpadeaba algo de luz desde lo alto. Llegué a la puerta de entrada y necesité varios minutos para encontrar la llave que encajaba en la cerradura. El mecanismo cedió con un lastimero quejido que sonaba a maldición. La hoja se abrió para dar paso a un enorme corredor atestado de telarañas que ondulaban como algas putrefactas en la tiniebla. Pese a mi escepticismo sobre temas paranormales, era imposible ignorar el aura lúgubre y oscuro que emanaba de cada rincón de aquel lugar. Avancé por aquella larga galería, explorando dormitorios y salones en los que las osamentas de viejos muebles que yacían abandonados asomaban entre una tétrica procesión de sombras. En una amplia sala encontré armarios repletos de ropas raídas, prendas deshilachadas y descoloridas y zapatos mugrientos. Había cajones enteros llenos de fotografías, viejas monedas, relojes de bolsillo congelados en el tiempo y otros objetos antiguos. Algunos rostros siniestros me observaban desde inmemoriales retratos velados de olvido que descansaban sobre desvencijadas cómodas. Encontré una caja de música de madera labrada sobre una mesita de caoba. Soplé la capa de polvo atemporal que la cubría y le di cuerda. El mecanismo emprendió la marcha y sonó una melodía. Era la escalofriante Tocata y Fuga de Johann Sebastian Bach.

La luz cenicienta del atardecer entraba por las vidrieras de colores y pintaba de escarlata y púrpura las siluetas de los muebles y los cuadros de las paredes. Contemplé mi reflejo en un sucio espejo, tan solo un extraño entre las sombras agonizantes de la casa, un espíritu turbio y atormentado que apenas reconocía. Me quedé inmóvil en la penumbra, escuchando el viento que arañaba las ventanas y recorriendo con la mirada el perímetro de aquel salón. Los destellos de luz vaporosa se colaban por los ventanales, insinuando los tenues contornos de un interior lóbrego y sombrío vestido de cortinajes de terciopelo negro que envolvían vitrinas en cuyo interior se exhibían viejas máscaras de estilo victoriano, cartas del tarot, tratados de magia y prácticas espiritistas, y frascos de cristal pulido etiquetados en idiomas desconocidos y que contenían ungüentos de distintos colores.

Una puerta crujió con un quejido metálico y amenazador. Tenía la sensación de que un par de ojos invisibles me vigilaban desde las sombras. Me volví esperando encontrar una figura tras de mí, pero no había nadie. Encaminé mis pasos hacia el corazón de la casa, tanteando entre las tinieblas de aquel antiguo laberinto de pasadizos, cámaras ocultas y, seguramente, maldiciones. Subí las escaleras que conducían a la primera planta, la madera gimiendo bajo mi peso. Un largo pasillo terminaba en una sala oval, sin duda la torre redonda que se veía desde el exterior. Me acerqué a la ventana y entreabrí los postigos invitando a entrar algo de claridad. Una neblina de cristales de luz atravesó la tiniebla y dibujó el perfil de la cámara. Suspiré y el eco devolvió mi sollozo desde todas direcciones, hundiéndose en las entrañas de la mansión como una piedra cayendo en un abismo sin fondo. Sentí una ráfaga de viento helado a mi espalda. Me giré hacia el arco de madera por donde había entrado y entonces observé una pequeña apertura en lo que parecía el enorme retrato de cuerpo entero de un anciano de blancos bigotes y mirada feroz. Moví el cuadro hacia la izquierda y ante mí se abrió un oscuro túnel flanqueado por muros cubiertos de oscuras cortinas de seda. Al otro extremo del corredor se abría un nuevo aposento circular con suelos de mosaico y un mural de cristal en el que se distinguía la figura de una escultura demoníaca de dos cabezas, una sonriente y la otra que parecía proferir un agonizante aullido de dolor. Una escalera de caracol ascendía en espiral hacia otro piso superior. Me detuve al pie del primer peldaño al escuchar el sonido de unos pasos tras de mí. Silencio. ¿Era probable que lo que hubiese oído fuese tan solo el eco de mi propio caminar? La casa estaba sumida en un silencio absoluto y los ecos mortecinos surgían por doquier. Ascendí aquella nueva escalinata y me detuve en un rellano donde se podía contemplar otra amplia habitación. Estaba llena de siniestros maniquís, muñecos de ventrílocuo articulados y aterradoras muñecas de porcelana y ojos de cristal. Una butaca vacía se mecía de manera casi imperceptible, pero el sonido de la madera chirriando sobre el suelo de piedra podía escucharse con claridad. ¿Corrientes de aire? Sin duda, las había por toda la casa. Deseché cualquier pensamiento funesto y seguí adelante. Mis pasos dejaban un visible rastro de huellas sobre la delicada alfombra de polvo que cubría el suelo. Una puerta entreabierta en la pared del fondo del salón de los muñecos se balanceaba ligeramente. El vaho de aire helado procedente del otro lado me congeló el rostro. Me aproximé con cautela, intentando no mirar aquella escalofriante y variopinta congregación de autómatas acechantes, maniquís desmembrados y muñecas sonrientes. Llegué hasta el fondo del salón y con una mano detuve el balanceo de la puerta. La abrí con cautela mientras sollozaba con un aullido doloroso sobre sus goznes. Un dormitorio cuyos muebles estaban cubiertos por sábanas blancas. Las ventanas estaban cerradas y olía a una mezcla rara de perfume, cera quemada y humedad. El olor a vela procedía de unos cirios recién consumidos y que aún humeaban en un tenebroso rincón de la habitación. La cama estaba hecha pulcra y concienzudamente, como si alguien acabara de estirar las sábanas aquella misma mañana. Frente al lecho, el único mueble que no estaba cubierto por lienzos blancos era una cómoda alta. Sobre ella reposaban una serie de retratos enmarcados. En todos posaba, en distintas estancias de la mansión, un niño de cabello oscuro y expresión ceñuda vestido de blanco. El sonido de un balbuceo tras de mí me sobresaltó de nuevo y al volverme lo vi…

El niño de pelo negro y ataviado con un uniforme blanco inmaculado estaba sentado en un rincón, mirándome divertido con una sonrisa malévola. Era Tomás, el mismo infante de las fotografías. Se incorporó a medias y comenzó a gatear hacia mí susurrando algo ininteligible. Antes de que pudiese salir corriendo, se aferró a uno de mis tobillos. Me volví y le agarré del pelo al tiempo que con todas mis fuerzas le daba un puntapié lanzándolo lejos de mí y arrancándole un mechón de cabello. Cuando cruzaba como un relámpago la sala de los muñecos, pude ver por el rabillo del ojo como algunos autómatas y maniquís se incorporaban y estiraban sus brazos hacia mí. Bajé las escaleras mientras la risa del niño aguijoneaba mis tímpanos y, sin saber cómo, logré escapar de aquella casa embrujada y salir a la calle.

Ahora estoy en un manicomio o, como ellos prefieren llamarlo, un sanatorio mental. Según me cuentan los médicos, unos vecinos me hallaron de rodillas frente a la casa, santiguándome repetidamente y con los ojos en blanco. Me costó creerlo, pero al final he tenido que aceptar que nunca alquilé la casa a ningún administrador y que entré allí sin llave alguna. Si lo que narran los periódicos que me han enseñado es cierto, Villa Olmedo sufrió un incendio diez años atrás y ardió de arriba abajo quedando en ruinas y calcinada por completo. Lo que nadie pudo esclarecer, ni tampoco explicarme a mí, es de dónde salió aquel mechón de pelo negro ensangrentado que tenía aferrado en mi mano cuando me encontraron.

 

Juanma Nova

Despertar - Un relato de Juanma Nova - Terrority.es

🖊Despertar

Despertó con terribles dolores en todo el cuerpo. Apenas podía abrir los ojos. La luz de los fluorescentes del techo le cegaba y no podía pensar con claridad. Intentó situar la habitación donde se encontraba. Miró alrededor. Varias máquinas controlaban su respiración, ritmo cardíaco y demás constantes vitales. De su brazo izquierdo salía una vía que le suministraba medicamentos. También se encontraba intubada para permitir la entrada de aire a sus pulmones. No hacía falta pensar demasiado. Estaba en un hospital y, a juzgar por toda aquella parafernalia, su estado no era bueno. Una enfermera cruzó el pasillo a toda prisa. Quiso llamarla, pero no pudo.

No recordaba nada de lo sucedido. Los dolores eran insoportables pese a los calmantes que le debían de estar suministrando. Cuando observó con más detalle sus brazos, comprobó que sufrían horribles quemaduras. ¡Claro! Empezó a recordar… ¡El incendio! ¡Las llamas! ¡Su vestido ardiendo! Y después… oscuridad. Los recuerdos le hicieron sentir pinchazos de dolor en las sienes. Una nube gris oscuro le nubló la vista. Comenzó a caer en un pozo oscuro de sopor y volvió a dormirse.

Volvió en sí de nuevo tras lo que le pareció una eternidad. Seguía intubada y conectada a todos aquellos malditos aparatos. A su derecha había unas hermosas flores metidas en un jarrón sobre una mesita. No recordaba si estaban ahí la vez anterior o las habían dejado mientras dormía. Podía olerlas desde la cama. Su perfume le hizo relajarse. Parecía que ya no le dolía tanto. Pero tenía la cabeza embotada y le costaba hilvanar las ideas. Sin duda, estaba sedada hasta los huesos y eso debía mitigar en gran parte el dolor. Levantó un poco la sábana y se subió el camisón. La rozadura de la tela con la piel le hizo ver las estrellas. También tenía quemaduras en las piernas. Dio por sentado que las tendría por todo el cuerpo.

A su derecha había un timbre. Pulsó el interruptor. En breve aparecería una enfermera. Tenía la boca seca y quería un poco de agua. Y necesitaba que alguien le explicara la gravedad de su estado. Sin tapujos ni mentiras. Esperó más de un minuto sin que apareciese alguien. Volvió a llamar. Un par de minutos más con el mismo resultado. Nadie acudía a su llamada. Pensó que, tal vez, el timbre estuviera estropeado. Sí, esa sería una posibilidad. O que su enfermera estuviera ocupada. Pero si así era, lo normal es que hubiera acudido otra a ver qué sucedía. Volvió a llamar tres veces más hasta que se dio por vencida.

Permaneció alerta y esperando por si veía algún doctor o enfermera pasar por delante de la puerta. Pero, tras varios minutos, tampoco vio señal alguna de nadie. Aquello sí que era extraño. Por regla general, los pasillos de los hospitales son un hervidero de médicos, celadores, personal de servicio y limpieza o visitas. A no ser que fuera de madrugada y casi todo el mundo estuviese durmiendo. Se encontraba completamente desorientada en cuanto a la hora. No llevaba puesto su reloj. Y tampoco había ninguno de pared en la habitación. Aun así, algún personal de guardia tenía que haber. Y si era de noche, ¿qué hacían las luces encendidas? Otro pensamiento cruzó por su mente. Tal vez no estuviera en ninguna de las plantas generales del hospital, sino en la unidad de cuidados intensivos. Eso explicaría la soledad del lugar, aunque tampoco aclaraba otras cosas. Sin darse apenas cuenta, se fue adormilando de nuevo.

Soñó, o creyó soñar, que una voz la llamaba por su nombre. Una voz desconocida que susurraba. Pero todo estaba envuelto en una espesa niebla. No veía ni un solo palmo más allá de sus narices. Tampoco se atrevía a caminar pues temía tropezarse o caer. La visibilidad era nula. Y aquella bruma era gélida. Se le habían helado las manos y los pies. La voz la seguía llamando. Pero en medio de la densa niebla, no era capaz de situarla. Parecía provenir de todas partes. Tan pronto la escuchaba detrás como delante, a su izquierda o su derecha, arriba y abajo al mismo tiempo. Y el eco que reverberaba y se perdía en todas direcciones lo complicaba aún más. Dio unos pasos hacia delante y perdió pie. Un abismo se abrió ante ella. Dio un grito y cayó. Cayo, cayó, cayó…

Se incorporó en la cama entre jadeos. Había sufrido una pesadilla. Aún podía sentir el vértigo de la caída en su estómago. Respiró hondo varias veces hasta que consiguió serenarse. Miró a su alrededor. Todo seguía igual. Las flores en el jarrón, la puerta abierta, las maquinas… ¡Un momento! Las máquinas estaban paradas y en silencio. No monitorizaban sus constantes vitales. ¿Cuándo habían dejado de funcionar? ¿La última vez antes de dormirse ya estaban así? No podía recordarlo. Todo estaba confuso. Envuelto en una niebla tan espesa y desconcertante como la de su sueño.

Como las máquinas no la estaban ayudando, decidió que no tenía sentido seguir conectada a ellas. Así que, uno a uno, fue quitándose todos los cables y vías que la tenían enchufada a aquellos mil artilugios. Si nadie venía a verla, saldría ella misma a buscar explicaciones. Al ponerse en pie, notó un ligero mareo y le costó mantener el equilibrio. Sintió unas ligeras vibraciones en el aire. Le seguía doliendo todo el cuerpo, pero era un sufrimiento más llevadero. Un dolor en estado latente, incómodo, aunque no insufrible.

Despertar - Un relato de Juanma Nova - TerroritySalió al pasillo. Desierto. Decidió caminar hacia su derecha. En algunas habitaciones había gente durmiendo y otras estaban vacías. También había algunas cerradas. Llegó hasta el final del pasillo que ahora giraba a su izquierda. Al fondo vio a una enfermera. Caminó hacia ella. La auxiliar dobló, a su vez, hacia otro pasillo a la derecha. Aligeró el paso para alcanzarla. Intentó llamarla en vano. No salía ningún sonido de su garganta. Quizá el fuego le había destrozado las cuerdas vocales. La enfermera abrió una puerta en mitad de aquel nuevo pasillo. Por lo demás, el lugar estaba tan solitario como unas tierras baldías. Y envuelto en una sofocante penumbra, por lo que resultaba claustrofóbico y siniestro. Llegó hasta la puerta por la que se había perdido la mujer. La abrió. Unas escaleras que bajaban hacia alguna especie de sótano o almacén. Bajó con cautela, pues le costaba flexionar las rodillas. Oía el eco de los pasos de la sanitaria perdiéndose en la distancia. Intentó bajar más deprisa. Al fondo de las escaleras había un pequeño pasillo que terminaba en una puerta de metal. No había más salidas o pasillos a izquierda o derecha. Así que la enfermera debía de haber entrado en aquella estancia. Se encaminó hacia la puerta. Tenía un letrero a la altura de sus ojos:

“DEPÓSITO DE CADÁVERES”.

Despertar - Un relato de Juanma Nova - Terrority¡Dios mío! La enfermera le había conducido hasta la misma Morgue. Sintió un súbito escalofrío recorriendo toda su espalda hasta la nuca. El vello se le erizó. No le gustaban los cementerios, tanatorios ni nada que tuviera que ver con los muertos. Pero debía de hablar con aquella mujer. Alguien tenía que explicarle su estado y ponerle en contacto con su doctor. Así que, armándose de valor, abrió la puerta y entró en la sala. Dentro no había rastro alguno de la enfermera, pero había puertas que conducían a otras habitaciones, así que podía haberse metido en cualquiera de ellas. La sala era inmensa y en las paredes había compartimentos frigoríficos donde, sin duda, descansaban los cadáveres de las personas fallecidas recientemente en el hospital a la espera de ser recogidos y trasladados. Había una hilera de mesas metálicas dispuestas a intervalos regulares por toda la sala. Las mesas donde se realizaban las autopsias. Una gran cantidad de herramientas de trabajo, cuchillos, bisturís, sierras, pinzas, tijeras y objetos cortantes de todo tipo, estaban relucientes y preparadas para su función en unos bancos de trabajo contiguos pegados a las paredes. Todas las camillas estaban vacías excepto una. En ella se encontraba dispuesto boca arriba un cuerpo esperando a su disección. O tal vez ya descansando tras la misma. Pero no lo creía, pues todo estaba limpio y reluciente. Sentía aversión a los muertos, pero le pudo más la curiosidad. Se acercó a la mesa.

Conforme se iba aproximando, el estómago se le fue encogiendo. Era el cuerpo de una mujer. Y le era extrañamente familiar. Cuando llegó a su altura se tuvo que contener para no vomitar. El cuerpo estaba completamente quemado de arriba abajo. Todo menos el rostro. Reconoció aquellas facciones. ¡Eran las suyas!

 

Escuchó una risita a su derecha. Se volvió a mirar. Había una niña de pelo negro y apenas seis o siete años sentada en el suelo contra la pared. Estaba pálida y demacrada, aunque sonreía.

—Al principio cuesta hacerse a la idea, pero con el tiempo te acostumbras —le susurró y volvió a reír entre dientes mientras le guiñaba un ojo.