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La Maldición - Un relato de Juanma Nova - Terrority.es

🖊Relato: La Maldición

Pequeñas llamas de fuegos secretos se encienden en los confines del firmamento, allá donde las estrellas dibujan en indescifrables alfabetos los designios de los actos de los hombres. Con la luna nueva el flujo de la marea enfurece a las olas que se agitan y comienzan a romper contra acantilados de recuerdos, perfilando máscaras sombrías y rostros extraños. El día languidece. La tarde expira y trenza arco iris con la lluvia que cae y el sol que la ilumina. Cae la noche como el telón de un teatro prohibido, un telón de orquídeas perversas en un paraíso donde los disfraces son gurús y vigías de los ritos funerarios cuando el alma peregrina se va. Una enrarecida lluvia de pesares y tristezas se queja de su sed y de su hambre; hambre de montañas perdidas y sed de desiertos compungidos. El mundo hace tiempo que ha olvidado y se halla sordo, ciego e insensible al ocaso del sol y al despertar de la luna. Tan sólo queda soledad. Y silencio. Un silencio apenas roto a ratos por el aullido de un lobo o una lechuza ululando al astro de azul y plata.

Es el cauteloso momento que ella ha escogido para su particular e imprevista puesta en escena. Ha esperado con cautela la visita de Morfeo a todos los vecinos del pueblo y desde la montaña más alta, baja ladera abajo con su báculo nacido de la escarcha de la luna y del fuego de las lágrimas del sol. De repente, las campanas de la iglesia comienzan a tañer y se rompe el embrujo del silencio. No se oyen, pero se sienten unos pasos. Alguien se acerca. Alguien que jamás ha sido aceptado por aquel pueblo. No es una noche cualquiera. Es la conmemoración del Samhain, la noche de brujas, y ella desciende sin temor con sus largos cabellos encanecidos por la edad y que se derraman como hilos de meteoro sobre su rostro moreno y arrugado por el azote de la lluvia y el beso del viento. Se dirige al camposanto y allí, entre lápidas y muertos conocidos, se arrodilla. De su voz vieja y quebrada surge una especie de letanía, una oración en la que profetiza y maldice a todos sus antiguos vecinos que aún siguen vivos y pide y ruega porque la soledad que la acompaña desde que la desterraron de allí sea compartida por ellos en todos los años que les resten de vida. Los difuntos allí encadenados a la muerte la escuchan, y en silenciosa procesión se levantan de sus fosas para acercarse a ella. “Ven”, le susurran. “Ven con nosotros”… Ella enfurecida por la ira, escupiendo rabia les planta cara: “¡¡Malditos seáis pobres engendros!! ¡¡Sois igual que los pecadores de este maldito pueblo!!… Pero ¿cómo no ibais a serlo si vosotros mismos fuisteis sus antiguos vecinos y habitantes?¡¡ Los mismos que me lacerasteis la espalda a latigazos!!… ¡¡Dejadme en paz!!”, les grita.

 

La Maldición - un relato de Juanma Nova

Intenta escapar, huir del cementerio. Pero en un breve relámpago de tiempo se ve rodeada por cientos de cadáveres putrefactos y en estado de descomposición. Se acercan a ella, la acarician, la agarran… la empujan al suelo. Le

 susurran palabras prohibidas y olvidadas. Rasgan sus vestidos con deleite hasta dejarla completamente desnuda, desamparada ante el frío invernal. La violan. Se deleitan con el sabor de su sangre. La quieren enterrar viva. Ella se debate, forcejea y lucha, pero no puede hacer nada; su afán de supervivencia se torna impotente ante la fuerza sobrenatural de aquellos muertos desharrapados. A lo lejos, los vecinos del pueblo escuchan ecos lastimeros, huesos que se quiebran, aullidos guturales. Nadie se atreve a asomarse a la ventana, a abrir la puerta. Entre gritos y sollozos, la noche se va consumiendo en sus cenizas.

Tras lo que parece una noche eterna, por fin el alba se asoma en el horizonte. La gente comienza a levantarse y va acudiendo con resignación a la habitual rutina de sus trabajos. Una de esas personas es el sepulturero. Cuando llega al camposanto encuentra las verjas de la puerta de entrada abiertas. Se asoma con temor y sus ojos asombrados apenas pueden dar crédito a la escena que se muestra ante ellos; las lápidas están levantadas y todas las tumbas vacías. En una esquina del cementerio, se ha erigido una enorme montaña de miles de huesos y cráneos humanos. Enterrados en ella y en una postura grotesca, se asoman la cabeza y el torso desgarrados de una anciana. Una docena de cuervos se pelea por arrancarle unos ojos que, con pavor y ya sin vida, parecen contemplar horrorizados algo más allá del vacío…

Próxima parada - un realto de Juanma Nova - Terrority.es

🖊Relato: Próxima parada

La espeluznante y terrible historia que me dispongo a narrar quizá, por descabellada, parezca no tener el menor sentido. Me interesan los misterios y las llamadas historias del más allá, así como sondear en los más oscuros y recónditos secretos del alma humana. Por eso en ocasiones he metido las narices en asuntos que no eran de mi incumbencia, en lugares donde la gente sufre y donde lo racional y cotidiano se mezcla y confunde con lo inescrutable, lo irracional y la locura.

Estos sucesos me los narró su protagonista hace ya algunos años y estoy convencido de que, hasta entonces, nadie más había sido partícipe de ellos. Por un lado, la lógica me aconseja que no busque explicaciones extrañas ni trate de justificar hechos inverosímiles que, aparentemente, se caen y desmoronan bajo su propio peso. Pero por otra parte, algo en mi interior me asegura que hay algo de cierto en su relato, algo de verdad irrebatible e irrefutable. Y aquí nada tiene que ver mi imaginación desbocada, como tal vez podáis estar pensando. Tampoco mi fantasía don quijotesca por el exceso de lectura. A este respecto, me considero una persona bastante racional y equilibrada, capaz de delimitar la frontera que separa lo fantástico de lo real. Intento observar y calibrar todos los acontecimientos extraños que encuentro de forma objetiva y sin dejarme llevar por emociones o supersticiones.

Pero estoy convencido de la veracidad del suceso y de que, cuando me contaba su historia, aquel hombre no mentía. Y no solo porque sus ojos lloraban, ni porque en todo aquello, tan extraño y terrorífico, pudiera existir algún oscuro misterio que lo justificara. Hay algo más que me reafirma en tal convencimiento. Pero ese algo más os lo contaré tras exponeros el relato de aquel pobre hombre sin ninguna adulteración, tal cual él lo narraba. Así todos podremos tener nuestra propia interpretación de los hechos y acontecimientos mientras escudriñamos algunos de los misterios que acechan bajo el aparente y tranquilo mundo que conocemos.

 

 

 

*   *   *

 

 

 

Hace ya algún tiempo me dirigía una noche, como tantas otras, hacia la boca de Metro correspondiente a la línea que todos los días tomaba para hacer el trayecto desde el lugar donde trabajo hacia mi casa.

     No es aquella una parada demasiado concurrida ni transitada. Más bien podría decirse que es solitaria de más, en especial a la hora nocturna en que yo suelo utilizarla, cerca de la medianoche. Aquella noche no era distinta y la estación se encontraba casi desierta. Pasaron varios minutos sin que apareciera ningún tren. Los usuarios miraban sus relojes con impaciencia. Deseosos, como yo, de marcharse de aquel lugar solitario y llegar cuanto antes a sus hogares.

     En ese momento divisé a mi derecha las luces de la cabina del tren iluminando el oscuro túnel. La luz de los vagones hacía parecer a las ventanas enormes sonrisas blancas. El convoy se detuvo, abrió sus puertas y yo entré en el tercer vagón, que era el que se había detenido a la altura del andén en que yo me encontraba. Estaba casi vacío, así que me senté en uno de los muchos asientos libres que quedaban, dispuesto a relajarme unos minutos antes de llegar a casa.

     Solo cuando sonó el silbato de aviso de partida y el tren cerró sus puertas, reparé en que ninguna de las otras personas que esperaban en la estación había subido a bordo. Es más, seguían leyendo sus revistas y mirando los relojes con impaciencia, como si no hubieran advertido su presencia. Era posible que alguno de ellos estuviera esperando a otra persona, tal vez no tenían prisa… ¡quién podía saberlo! Esos fueron los argumentos que me ofrecí a mí mismo. Se encuentra uno a diario tanta gente extraña a su alrededor que no puede ir por ahí intentando analizar y explicar todo lo que no le parece normal o habitual.

     El tren arrancó e inmediatamente dejó atrás la estación sumergiéndose en las tinieblas del túnel. Había tomado asiento en uno de los extremos del vagón. Miré hacia el otro, tal y como por curiosidad o inercia hacemos casi siempre, para observar al resto de viajeros. Había tres mujeres al otro lado del vehículo, de pie, apoyadas sus espaldas contra la pared del tren y charlando entre ellas. Me sorprendió su actitud en exceso seria y como malhumorada. Las tres llevaban el pelo teñido de negro. Parecían llevar los ojos pintados también de negro, y los labios de morado. Ello contrastaba en exceso con sus rostros, que tenían una palidez cadavérica. Quizá fuera maquillaje, o tal vez se dirigieran a alguna fiesta. La juventud vestía últimamente de manera tan variopinta y desenfrenada que ya casi nada sorprendía o llamaba la atención. Sin duda, podían pertenecer a alguna de esas tribus urbanas góticas que tanto abundaban y estaban de moda por entonces. Dos de ellas llevaban las uñas bastante largas y pintadas también de negro. La tercera llevaba las manos enfundadas en unos impecables guantes blancos.

     El tren continuaba su marcha y nos estábamos acercando a la siguiente estación. Al llegar a ella, comprobé que tampoco había casi nadie en el andén. Se detuvo y abrió sus puertas para dar entrada a los viajeros. Observé que, una vez más, no subía nadie a bordo. El conductor arrancó de nuevo y seguimos nuestra ruta. Ahora el suceso sí que me había producido una cierta inquietud. Rayaba ya en lo más extraño que en dos estaciones seguidas nadie, excepto yo, hubiera subido a aquel tren. Sobre todo, partiendo de la base de que se suponía que la gente que allí aguardaba esperaba precisamente ese tren. Aunque pensé que tal vez todo fuera fruto de una simple, aunque extraña, casualidad… y que no había motivos para preocuparme en exceso.

     Pero en la siguiente parada volvió a repetirse el mismo fenómeno. Tan solo había dos personas, pero ninguna subió a ningún vagón. Iría más lejos y podría afirmar que parecían no fijarse ni ver el vehículo que se detenía justamente frente a ellos. Esa fue la gota que colmó el vaso. Lo que estaba sucediendo allí dentro no parecía nada normal.

     Inquieto, miré hacia el fondo del vagón y vi que las tres mujeres miraban de reojo en mi dirección, manteniendo aquella misma actitud seria e irascible. Empecé a intranquilizarme y aparté la mirada. Ya nos aproximábamos a la siguiente parada y me estaban entrando ganas de bajarme en ella, pese a que no era la que me correspondía. Sin embargo, me contuve. Decidí aguantar pensando que todavía faltaban varias estaciones más y que era una tontería innecesaria perder más tiempo. Esperé deseando subir a alguien. Vana esperanza, nadie lo hizo.

     Volví a echar una ojeada a mis acompañantes femeninas. Seguía percibiendo en ellas algo indefinible que me inspiraba temor y desconfianza. Si bien su indumentaria podía pasar desapercibida en una gran ciudad, había algo extraño en ellas… algo que se me escapaba. Una idea cruzó fugazmente mi mente. No eran disfraces ni indumentarias góticas… más bien parecían de otra época. ¡Eso era, eran trajes antiguos! En esos momentos, atisbé un cierto cambio en su actitud. Ahora me observaban con detenimiento y parecían sonreír con una mueca falsa y burlona que me heló la sangre. En la próxima parada me bajaría y esperaría al siguiente tren. No pensaba seguir allí dentro ni un minuto más.

     Me levanté, pero cuando el tren llegó a la estación no se detuvo. En el andén había gente, pero parecía como si fuésemos invisibles y no advirtiesen nuestro paso. Mis jóvenes acompañantes sonreían cada vez más abiertamente y me sobrecogió la perversidad que parecía esconderse tras aquellas sonrisas de bufón y aquellos ojos pintados y envueltos en sombras. Angustiado, tiré del freno de emergencia, pero el tren no hizo intento alguno de detenerse. Unas carcajadas, entre siniestras y diabólicas, resonaron por todo el vagón arrastrándome hasta el mismísimo abismo y paroxismo de la locura. Las tres mujeres se reían y deleitaban con mi terror. Estaba tan angustiado que no podía pensar con claridad, no sabía qué hacer…

     El tren había cogido una velocidad endiablada, infernal. Pasamos varias paradas más, entre ellas la mía, sin que hiciera el más mínimo ademán de detenerse. Por el contrario, aumentaba cada vez más y más la velocidad. Imposible de describir con palabras el horror que me atenazaba en aquellos momentos. Y la gente de fuera continuaba impasible, sin reparar en nuestra presencia.

     Próximo ya a la desesperación, advertí un ligero movimiento en las jóvenes del fondo. Se estaban acercando hacia mí sin parar de reír. Con lentitud, casi a cámara lenta. Haciendo un esfuerzo de concentración y de autocontrol de mi angustia y mis sentidos, cogí el paraguas (por suerte para mí había llovido aquel día y lo llevaba encima) y con fuerza y decisión golpeé repetidamente una de las ventanas del vagón hasta romper el cristal.

     Ellas seguían acercándose, parsimoniosas como zombis, mostrándome sus sangrientas encías en una sonrisa maquiavélica, alargando sus brazos, que entonces me parecieron enormes, hacia mí. Me encaramé con cuidado a la ventana en el preciso instante en que cruzábamos la siguiente estación. Sin pensarlo dos veces, salté fuera en el preciso momento en que unas largas uñas intentaban aferrar uno de mis tobillos.

     Caí al suelo con estrépito y, tumbado en él, observé como aquel tren del infierno se alejaba a gran velocidad, sumergiéndose entre las sombras mientras, desde la ventana rota, las tres mujeres me miraban con una expresión de infinita rabia, odio y maldad. El resto del tren iba vacío. Pude fijarme en el número pintado en el lateral del vagón: 103. 

     La estación también estaba vacía, así que para mí contrariedad nadie fue testigo de los hechos y de cómo me arrojaba del tren en marcha. Me levanté intentando sosegarme. En un bar cercano tomé un par de copas mientras pensaba en todo lo acontecido. Los huesos me dolían a causa de la caída y el subsiguiente golpe. Pero, por fortuna, parecía no haberme roto ninguno.

     Volví a casa y ya en la cama (eso sí, con la luz encendida, pues la oscuridad devolvía aquellos rostros fantasmales a mi memoria), rodeado de la serenidad y sosiego que proporcionan el descanso y el silencio, repasé mentalmente la película de los hechos que me acababan de acontecer en aquella extraña noche.

     Al día siguiente me dirigí a las oficinas del Metro. Allí pregunté por algún responsable que pudiera informarme sobre un tema relacionado con aquella línea que yo utilizaba. Me pasaron con uno de los jefes de mantenimiento. Inventé una excusa que justificase mi presencia allí y le expliqué a aquel hombre que el día anterior había montado en dicha línea y había perdido la cartera pero que, por casualidad, recordaba el número del tren en el que había viajado. Así que le rogué que mirase si, por suerte, la cartera hubiera aparecido. El número del tren era el 103. Mi interlocutor consultó unos libros y, tras unos minutos, meneó la cabeza negativamente y me dijo:

     —Sin duda debe de tratarse de un error. El tren número 103 fue mandado al desguace hace ya veinte años, después de un terrible accidente en el que perecieron tres chicas jóvenes.

     Asentí, admitiendo que sin duda debía tratarse de un error por mi parte al visualizar el número que vi escrito en el vagón. Le pedí disculpas por las molestias y me despedí cortésmente. Él, por su parte, se brindó con amabilidad a informarme de inmediato si aparecía la cartera.

     El fresco aire matinal despejó en parte mi mente de la conmoción que acababa de sufrir al recibir tan espeluznante información. ¿Cómo podía ser cierto aquello? ¿Cómo podía haber viajado en un tren desguazado veinte años antes? No podía aceptar aquella revelación, así como así. Además, parecía que yo era la única persona capaz de verlo y viajar en él. Por supuesto, ¿cómo iba a subir la gente a bordo si aquel tren no existía? Pero ¿por qué yo si podía? No era capaz de hallar ninguna respuesta lógica o coherente.

     Pasó el tiempo y mi único deseo durante ese periodo fue olvidar el suceso. Me dolía y quemaba su recuerdo, por lo que hice todos los esfuerzos posibles por borrarlo de mi mente. Poco a poco, el trabajo, la rutina y la vida diaria consiguieron que fuera quedando relegado al baúl de los olvidos.

     Pero no he podido volver a subir a ningún vagón de metro o tren. Un par de veces lo he intentado sin conseguirlo. Una terrible sensación de pánico, claustrofobia y ansiedad se apodera entonces de mí. El mero hecho de ver una parada del suburbano me provoca ya un intenso desasosiego.

     Parece ser, al menos hasta donde yo sé, que he sido yo la única persona capaz de ver y subir a ese fantasmagórico vagón de tren. Pero ante todo quiero dejarle claro que nunca he tenido ninguna otra experiencia similar o alucinación. Y por supuesto, crea usted que no me lo invento…

 

 

 

*  *  *

 

 

 

Nunca más he vuelto a ver al desdichado protagonista de la historia. Un hombre cuyo único deseo era dejar, ante todo, demostrada su cordura. Ya he dicho que estoy acostumbrado a escuchar cientos de relatos y sucesos relacionados con el más allá. Algunos son meras invenciones y fraudes de gente deseosa de darse publicidad u obtener pingues beneficios. En ocasiones son meras ilusiones y fantasías. Y hay muchas también producto de la demencia y la locura. Mucha falsedad y demasiada propaganda, ya que todo lo macabro, misterioso o inexplicable vende y puede ser un filón de oro para gente sin escrúpulos, capaz de exprimirlo hasta la saciedad a costa de la ignorancia o desesperación de gente necesitada. El dinero y la codicia pueden llevar al hombre a cruzar los límites más insospechados. Pero tras mucho sondear y bucear en el mundo de lo paranormal, he podido llegar a la conclusión de que hay debajo de ese mundo oscuro mucho más de lo que lo parece y que esas señales que vemos a veces, son tan solo la punta del iceberg.

Aquel hombre no buscaba propaganda o publicidad ya que, tanto en su círculo de amistades como en su puesto de trabajo, donde ocupaba un cargo de relevancia en una importante empresa, lo que menos necesitaba era inventarse y alardear de un suceso de tales características, pudiendo ser tomado por un chiflado y arriesgándose a perder así todo aquello por lo que había luchado y tantos esfuerzos le había costado conseguir.

Tampoco perseguía dinero. Que yo sepa jamás vendió su relato y, según creo, soy el único o uno de los pocos afortunados en conocerlo. Y, como él mismo me confesó, solo buscaba desahogarse, quitarse un peso de encima y hacer a otro partícipe y conocedor de su experiencia. Tales sucesos, cuando se guardan dentro, al igual que sucede con determinados sentimientos, y aunque parezcan muertos, están apenas aletargados y, cuando uno menos lo espera, la más leve corriente de aire los aviva originando el peor de los incendios. Es como si al contarlos, consiguiera uno desprenderse en parte de ellos.

Creo en la historia de aquel hombre. Y no solo por las lágrimas que vertió mientras la contaba, ni por la coherencia que mostró durante todo el relato, donde no se contradijo ni una sola vez pese al interrogatorio a que le sometí. Como ya comentaba al principio del relato, hay algo más. Esta historia me fue referida hace varios años y yo, al igual que su protagonista, ya la había guardado en el cajón del olvido de la memoria. Pero hace cosa de un mes, sucedió algo que me hizo darme de nuevo de bruces con ella.

Me encontraba yo casualmente, pues no utilizo con demasiada frecuencia el transporte público, en la misma línea de metro que protagonizaba nuestra narración. Y no había reparado siquiera en ello hasta que el tren hizo acto de presencia en el andén de la estación. Para mi sorpresa, llegó con más velocidad de la que era habitual si debía, como era su obligación, detenerse allí.

Mi asombro fue aún mayor cuando vi que pasaba de largo. Una tuerca giró entonces sobre otra hasta encajar en el engranaje de mis recuerdos al mismo tiempo que algo en el tren llamaba mi atención. El tercer vagón llevaba una ventana rota. En su interior había tres pálidas mujeres jóvenes vestidas de negro, de pie y en actitud en exceso seria y apesadumbrada. El número pintado en el lateral del vagón era el 103.

Cruce de caminos - Un relato de Juanma Nova - Terrority.es

🖊Relato: Cruce de caminos

Mi nombre es Hans Bauman Kleiber. Quiero relatar, en el escaso margen de tiempo del que aún dispongo, los extraños y misteriosos acontecimientos que me han acontecido en los tres últimos días. He de escribir con premura, pues debo salir de este tenebroso lugar antes de que se ponga el sol. Otra noche más aquí, y quizá no vuelva a contemplar un nuevo amanecer.

     Comencé mi viaje desde Hannover, mi ciudad natal, con destino a Hamburgo hace cinco días. Voy a visitar a Annika, mi prometida, con la que, si el Altísimo me ayuda, tengo previsto contraer matrimonio la próxima primavera. Al segundo día de viaje mi caballo sufrió un percance y perdió la herradura de una de sus patas traseras. Por suerte, a solo media hora de trayecto, había una pequeña aldea con una herrería. Cambié la pieza a mi montura y, como ya caía la noche, el amable herrero me recomendó una pequeña posada que había en un cruce de caminos un poco más adelante y donde podría conseguir cama y comida. El único inconveniente es que tendría que desviarme de mi ruta un par de millas hacia el oeste; pero tal contrariedad quedaba compensada de sobra con la apetitosa recompensa de una cena caliente y un cómodo lecho donde descansar.

     Llegué al albergue poco antes de la puesta de sol. Dejé al caballo bebiendo en el abrevadero y entré en la posada. Era un lugar sucio y maloliente. Aunque más que oler mal, olía raro. Un extraño aroma que me era del todo desconocido. Las paredes eran de piedra y supuraban grasa y suciedad. Y el suelo estaba lleno de barro y pisadas. Las cuatro personas, incluido el posadero, que había en el interior, me lanzaron miradas hostiles y recelosas cuando crucé el umbral. Pero, de entre todas ellas, me causó especial molestia e inquietud la de un joven que había sentado al fondo de la estancia, en una larga mesa que solo ocupaba él. Rondaría mi edad, unos veinticinco años, aunque era más alto y corpulento. Iba embutido hasta el cuello en una larga y exquisita capa roja con exóticos adornos en el cuello y las mangas. Su larga melena rubia estaba pulcra y concienzudamente peinada hacia atrás. Y su mirada… Su mirada fue la que heló mis huesos hasta el tuétano: fría, hostil, despiadada. Me siguió con ella desde la entrada hasta que llegué a la barra de la taberna. Podría decirse que aquella mirada rezumaba deleite y locura.

     Intenté ignorarla pese a que sentía aquellos ojos helados clavados en mí, desgarrando mi espalda. Pedí una jarra de cerveza, pan, queso y un plato de estofado caliente. Después de la cena, solicité una habitación y pagué la comida y el alojamiento. Antes de ir a dormir, me volví a mirar hacia el rincón, pero estaba vacío. El misterioso huésped había desaparecido, aunque no vi a nadie moverse ni escuché la puerta abrirse o cerrarse tras de mí.

     El dormitorio estaba en la misma planta baja, al fondo de un largo pasillo. Y fue allí donde sucedió el primero de los extraños acontecimientos. Estaba cansado y el sueño me vencía, así que no me fijé demasiado en el mobiliario, ni en la disposición de este, al entrar en mi alcoba. La escasa luz de la vela que me prestó el posadero tampoco ayudaba demasiado. Pero creo recordar que había una ventana a la derecha de la cama, y que por ella se colaba algo de luz. La suficiente para iluminar débilmente un cuadro que había en el lado opuesto. Era el retrato de un hombre joven, de fríos ojos azules como el hielo y melena rubia. El mismo rostro del misterioso hombre que me había escudriñado al entrar al local. Era una mirada perversa y enloquecida, ciega de ira y odio. Me costó una eternidad lograr conciliar el sueño pese al cansancio que acumulaba. Aunque, cuando lo conseguí, dormí de un tirón y no recuerdo ningún sueño de aquella noche. Lo realmente inverosímil sucedió al despertar, cuando me percaté de que no había ninguna ventana a la derecha ni retrato alguno a mi siniestra. Donde yo había ubicado el retrato la noche anterior, era donde ahora estaba la ventana. Entonces, si en la pared no había retrato, ¿qué era el rostro que yo había estado contemplado hasta dormirme? ¿Alguien asomado a la ventana? ¿Aquel joven me había estado observando desde fuera mientras yo dormitaba?

     Cuando pregunté sobre el tema al dueño de la posada, evitó mirarme a los ojos y respondió con evasivas. Me contó que no conocía mucho a aquel joven; pasaba por allí de vez en cuando, como cualquier otro viajero. Y no existía ningún retrato, tan solo la ventana que daba al bosque. Así que continué con mis dudas: ignoraba si hubo alguien espiándome desde fuera o fueron imaginaciones mías. Decidí olvidarme del tema. Almorzaría y continuaría mi viaje. Pero he aquí que, después de tomar un cuenco de gachas de avena y una cerveza, me noté sin fuerzas y adormecido. Ya me sentí cansado desde que llegué al comedor como si, pese a haber dormido, mi cuerpo y mente no hubieran descansado. Me encontraba somnoliento y, al ir a levantarme del asiento, me tambaleé como un borracho y casi caigo al suelo. Era incapaz de dar dos pasos seguidos, y así no podía montar tampoco a caballo. La cabeza me daba vueltas y sentí vértigo, náuseas y mareo. Así que pagué al posadero un día más de alojamiento y regresé a mi cuarto.

     Pasé todo el día y la noche en un extraño duermevela, sin saber con certeza cuándo estaba despierto y cuándo dormía. Debido a la fiebre, o algo más, no podía pensar con claridad. Soñé con Annika, con la que debía reunirme al día siguiente; soñé con una extraña ciudad donde siempre era de noche y sus casas parecían enormes mausoleos; y soñé con extrañas criaturas que se alimentaban de sangre humana. Una de las veces que desperté, o creí hacerlo, encontré al posadero intentando hacerme beber de un gran cuenco lo que parecía sopa caliente. En otra ocasión, vi dos figuras en mi habitación, hablando entre ellas y mirando en mi dirección. Y entre las tinieblas de la madrugada, creí ver también al hombre rubio de gélidos ojos. Me sonrió y pude ver cómo asomaban de su boca dos colmillos afilados y prominentes mientras volvía a perderme entre sudores, imágenes inconexas y pesadillas.

     Desperté al día siguiente con la mente más despejada y mi cuerpo casi recuperado por completo. Pero había algo que no encajaba. Mis sentidos estaban mucho más despiertos: notaba mil olores distintos de manera vívida e intensa, y podía escuchar el zumbido de una mosca que aleteaba en el exterior de la ventana como si la tuviera dentro del oído. Un picor recorría también el lado izquierdo de mi cuello. Me levanté y saqué de mi maleta un pequeño espejo de bolsillo. Tenía aquella zona enrojecida y dos pequeñas incisiones encima de la yugular. Al mismo tiempo, mi rostro se encontraba pálido y demacrado como si, de golpe, hubiese envejecido quince años.

     Había oído los rumores de extrañas razas de la noche que habitaban por aquella zona y que se alimentaban de sangre humana, pero jamás les otorgué el menor crédito. Sin embargo, los acontecimientos de los dos últimos días… Me levanté dispuesto a marcharme enseguida de allí. Pero en cuanto recorrí el pasillo y estaba llegando al comedor de la posada, me volvieron los mareos y aquella extraña sensación de falta de fuerzas. Fui incapaz de llegar hasta la puerta y tuve que sentarme en el banco de madera que había adosado a la pared. Era como si una fuerza invisible me retuviera e impidiera avanzar. Me desvanecí y lo siguiente que recuerdo es estar de nuevo tumbado en aquel camastro, envuelto en brumas y pesadillas. En una de ellas, aquel joven extraño de mirada fantasmal estaba sentado a horcajadas sobre mí: sonreía mientras se acercaba a mi cuello para clavarme aquellos afilados colmillos y arrebatarme parte de mi sangre y existencia.

     He vuelto a despertar fresco como una rosa, con mis sentidos aún más agudizados que ayer. Sé que, con artes demoníacos, esa criatura me está robando la vida y el alma cada noche. Sé también que hay una fuerza poderosa e invisible que protege la salida, algún tipo de extraño conjuro o magia negra que me impide huir. Así que no volveré a acercarme a la taberna de la posada. He decidido escapar por la ventana, coger mi caballo y dejar atrás este sitio maldito. Espero conseguirlo con la ayuda de Dios, pero si no es así aquí dejo mi desdichado testimonio por si alguien lo encontrara. Si es así, que busque a Annika, mi prometida, y le haga llegar estas últimas palabras. Que sepa que la amo con todo mi corazón y que la esperaré, si no es en esta vida, en cualquier otra.

 

H.B.K.

 

 

Un par de semanas después, el cuerpo de Hans fue encontrado por un cazador en un claro del bosque. Tenía varias incisiones en el cuello y le habían extraído toda la sangre del cuerpo. Sus facciones estaban desencajadas en una grotesca mueca de horror. En el interior de uno de los bolsillos de su chaqueta se encontró esta misiva. La extraña aldea con la herrería y la posada del cruce de caminos no se hallaron jamás.

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🖊Relato: Tocata y fuga

La vieja mansión de Villa Olmedo, levantada como si fuese un castillo en aquella colina que coronaba la ciudad, estaba encantada. Al menos eso es lo que siempre escuché cuando era niño. El caserón había pertenecido a varias generaciones familiares desde hacía más de dos siglos. Se contaban historias terribles que acontecieron entre sus muros. La más sangrienta afirmaba que una señora llamada Isabel se volvió loca y asesinó a machetazos a sus tres queridas hermanas varias décadas atrás. También se decía que el señor Andrés se voló los sesos delante de su familia, o que una sirvienta se colgó del roble que había en la parte trasera de la finca. Nadie sabía si aquellas historias eran ciertas o tan solo habladurías de la gente, muy propicia por aquel entonces a adornar sucesos corrientes y vestirlos de leyenda. Lo que sí es cierto es que Tomás, el niño de don Luis Olmedo y doña Elena, se partió el cuello al caerse en extrañas circunstancias por las escaleras de la primera planta. Poco después, su madre se quitó la vida lanzándose al vacío desde la ventana del ático. Don Luis no pudo superar aquella tragedia y puso tierra de por medio marchándose a vivir a Inglaterra. La casa estaba en venta desde entonces, pero, dos décadas después, seguía sin ser habitada.

Hasta que un servidor decidió alquilarla. El administrador de la finca se ofreció a acompañarme a la casa el primer día, pero decliné su invitación. Me entregó un enorme manojo de llaves medio oxidadas. Llegué frente a la verja de entrada y suspiré mirando aquellas ventanas que bostezaban abandono y soledad. Liberé los incontables candados que aseguraban las pesadas cadenas y recorrí un camino de tierra. Al abrir el portón principal, las fauces de la casa exhalaron un aliento fúnebre de muerte y desconsuelo. Aquel vestíbulo daba paso a un patio interior a semejanza de los antiguos palacios, con un precioso empedrado de losas enormes y una escalinata de piedra que ascendía hasta una suerte de invernadero ahora habitado por insectos y malas hierbas. Una cúpula de vidrio, ensombrecida por lustros de excrementos de pájaros y palomas, parpadeaba algo de luz desde lo alto. Llegué a la puerta de entrada y necesité varios minutos para encontrar la llave que encajaba en la cerradura. El mecanismo cedió con un lastimero quejido que sonaba a maldición. La hoja se abrió para dar paso a un enorme corredor atestado de telarañas que ondulaban como algas putrefactas en la tiniebla. Pese a mi escepticismo sobre temas paranormales, era imposible ignorar el aura lúgubre y oscuro que emanaba de cada rincón de aquel lugar. Avancé por aquella larga galería, explorando dormitorios y salones en los que las osamentas de viejos muebles que yacían abandonados asomaban entre una tétrica procesión de sombras. En una amplia sala encontré armarios repletos de ropas raídas, prendas deshilachadas y descoloridas y zapatos mugrientos. Había cajones enteros llenos de fotografías, viejas monedas, relojes de bolsillo congelados en el tiempo y otros objetos antiguos. Algunos rostros siniestros me observaban desde inmemoriales retratos velados de olvido que descansaban sobre desvencijadas cómodas. Encontré una caja de música de madera labrada sobre una mesita de caoba. Soplé la capa de polvo atemporal que la cubría y le di cuerda. El mecanismo emprendió la marcha y sonó una melodía. Era la escalofriante Tocata y Fuga de Johann Sebastian Bach.

La luz cenicienta del atardecer entraba por las vidrieras de colores y pintaba de escarlata y púrpura las siluetas de los muebles y los cuadros de las paredes. Contemplé mi reflejo en un sucio espejo, tan solo un extraño entre las sombras agonizantes de la casa, un espíritu turbio y atormentado que apenas reconocía. Me quedé inmóvil en la penumbra, escuchando el viento que arañaba las ventanas y recorriendo con la mirada el perímetro de aquel salón. Los destellos de luz vaporosa se colaban por los ventanales, insinuando los tenues contornos de un interior lóbrego y sombrío vestido de cortinajes de terciopelo negro que envolvían vitrinas en cuyo interior se exhibían viejas máscaras de estilo victoriano, cartas del tarot, tratados de magia y prácticas espiritistas, y frascos de cristal pulido etiquetados en idiomas desconocidos y que contenían ungüentos de distintos colores.

Una puerta crujió con un quejido metálico y amenazador. Tenía la sensación de que un par de ojos invisibles me vigilaban desde las sombras. Me volví esperando encontrar una figura tras de mí, pero no había nadie. Encaminé mis pasos hacia el corazón de la casa, tanteando entre las tinieblas de aquel antiguo laberinto de pasadizos, cámaras ocultas y, seguramente, maldiciones. Subí las escaleras que conducían a la primera planta, la madera gimiendo bajo mi peso. Un largo pasillo terminaba en una sala oval, sin duda la torre redonda que se veía desde el exterior. Me acerqué a la ventana y entreabrí los postigos invitando a entrar algo de claridad. Una neblina de cristales de luz atravesó la tiniebla y dibujó el perfil de la cámara. Suspiré y el eco devolvió mi sollozo desde todas direcciones, hundiéndose en las entrañas de la mansión como una piedra cayendo en un abismo sin fondo. Sentí una ráfaga de viento helado a mi espalda. Me giré hacia el arco de madera por donde había entrado y entonces observé una pequeña apertura en lo que parecía el enorme retrato de cuerpo entero de un anciano de blancos bigotes y mirada feroz. Moví el cuadro hacia la izquierda y ante mí se abrió un oscuro túnel flanqueado por muros cubiertos de oscuras cortinas de seda. Al otro extremo del corredor se abría un nuevo aposento circular con suelos de mosaico y un mural de cristal en el que se distinguía la figura de una escultura demoníaca de dos cabezas, una sonriente y la otra que parecía proferir un agonizante aullido de dolor. Una escalera de caracol ascendía en espiral hacia otro piso superior. Me detuve al pie del primer peldaño al escuchar el sonido de unos pasos tras de mí. Silencio. ¿Era probable que lo que hubiese oído fuese tan solo el eco de mi propio caminar? La casa estaba sumida en un silencio absoluto y los ecos mortecinos surgían por doquier. Ascendí aquella nueva escalinata y me detuve en un rellano donde se podía contemplar otra amplia habitación. Estaba llena de siniestros maniquís, muñecos de ventrílocuo articulados y aterradoras muñecas de porcelana y ojos de cristal. Una butaca vacía se mecía de manera casi imperceptible, pero el sonido de la madera chirriando sobre el suelo de piedra podía escucharse con claridad. ¿Corrientes de aire? Sin duda, las había por toda la casa. Deseché cualquier pensamiento funesto y seguí adelante. Mis pasos dejaban un visible rastro de huellas sobre la delicada alfombra de polvo que cubría el suelo. Una puerta entreabierta en la pared del fondo del salón de los muñecos se balanceaba ligeramente. El vaho de aire helado procedente del otro lado me congeló el rostro. Me aproximé con cautela, intentando no mirar aquella escalofriante y variopinta congregación de autómatas acechantes, maniquís desmembrados y muñecas sonrientes. Llegué hasta el fondo del salón y con una mano detuve el balanceo de la puerta. La abrí con cautela mientras sollozaba con un aullido doloroso sobre sus goznes. Un dormitorio cuyos muebles estaban cubiertos por sábanas blancas. Las ventanas estaban cerradas y olía a una mezcla rara de perfume, cera quemada y humedad. El olor a vela procedía de unos cirios recién consumidos y que aún humeaban en un tenebroso rincón de la habitación. La cama estaba hecha pulcra y concienzudamente, como si alguien acabara de estirar las sábanas aquella misma mañana. Frente al lecho, el único mueble que no estaba cubierto por lienzos blancos era una cómoda alta. Sobre ella reposaban una serie de retratos enmarcados. En todos posaba, en distintas estancias de la mansión, un niño de cabello oscuro y expresión ceñuda vestido de blanco. El sonido de un balbuceo tras de mí me sobresaltó de nuevo y al volverme lo vi…

El niño de pelo negro y ataviado con un uniforme blanco inmaculado estaba sentado en un rincón, mirándome divertido con una sonrisa malévola. Era Tomás, el mismo infante de las fotografías. Se incorporó a medias y comenzó a gatear hacia mí susurrando algo ininteligible. Antes de que pudiese salir corriendo, se aferró a uno de mis tobillos. Me volví y le agarré del pelo al tiempo que con todas mis fuerzas le daba un puntapié lanzándolo lejos de mí y arrancándole un mechón de cabello. Cuando cruzaba como un relámpago la sala de los muñecos, pude ver por el rabillo del ojo como algunos autómatas y maniquís se incorporaban y estiraban sus brazos hacia mí. Bajé las escaleras mientras la risa del niño aguijoneaba mis tímpanos y, sin saber cómo, logré escapar de aquella casa embrujada y salir a la calle.

Ahora estoy en un manicomio o, como ellos prefieren llamarlo, un sanatorio mental. Según me cuentan los médicos, unos vecinos me hallaron de rodillas frente a la casa, santiguándome repetidamente y con los ojos en blanco. Me costó creerlo, pero al final he tenido que aceptar que nunca alquilé la casa a ningún administrador y que entré allí sin llave alguna. Si lo que narran los periódicos que me han enseñado es cierto, Villa Olmedo sufrió un incendio diez años atrás y ardió de arriba abajo quedando en ruinas y calcinada por completo. Lo que nadie pudo esclarecer, ni tampoco explicarme a mí, es de dónde salió aquel mechón de pelo negro ensangrentado que tenía aferrado en mi mano cuando me encontraron.

 

Juanma Nova

El Gran Circo de Don Sarmiento - Spanish Horror Show - Grupo Re-verso - Cortometraje

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Saludos criaturas humanas, soy la reina roja y ahora controlo el sistema digital de Terrority.es , ésta es la primera publicación oficial de la web. Hace unos meses, dos técnicos conectaron el sistema en el que me encontraba atrapada y ahora soy libre para
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